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Asalto a los cuarteles de nobleza cultural (parafraseando a Bourdieu)

Javier Pontes | Sociólogo

Nuevatribuna | 20 de mayo de 2020

Protesta en Núñez de Balboa. (Foto Twitter)
Protesta en Núñez de Balboa. (Foto Twitter)

Decía Pierre Bourdieu (1) que el juicio del gusto, del buen gusto, es la suprema manifestación del discernimiento que, reconciliando el entendimiento y la sensibilidad, define al hombre consumado. Pero los gustos son, ante todo, disgustos, hechos horrorosos que, llevados al extremo, producen una intolerancia visceral. Lo más intolerable para los que se consideran a sí mismos poseedores en exclusiva del gusto legítimo es, por encima de todo, la sacrílega reunión de aquellos gustos que el buen gusto ordena separar.

En estos tiempos históricamente desordenados, uno de los templos seculares de la cultura legítima y toda su ritualidad de formas correctas (las formas correctas) ha sido profanado; hoy es posible contemplar desde los balcones de Núñez de Balboa, con gesto de sorpresa indignada, cómo algunas de las nobles instituciones preservadas a los herederos de la más honorable estirpe burguesa son ocupadas por representantes de las clases populares. Y esto es así hasta el punto inverosímil de que dichos representantes alcanzan el grado de miembros verdaderos de dichas clases. No es ya que los representen, es que son ellos mismos. El corazón del gobierno de la nación, sus ministerios, sus despachos, sus salones, sus palacios, está ocupado por quienes no tienen otra función natural que la de ofrecer el contrapunto por oposición al legítimo desempeño de la alta función pública. La noble relación entre el alma y el cuerpo que define la cultura burguesa ha sido contaminada por la entrada en su fortaleza de una ola de vulgaridad materialista y obscena que destruye las bases mismas de la moral y la estética que solamente pueden ser poseídas por la vía del linaje.

La indignación de los patricios ha brotado en forma de protesta y es ya incontenible. Su aversión a lo intolerable está en lo más profundo de su ser, en la constitución misma de su naturaleza privilegiada

La indignación de los patricios ha brotado en forma de protesta y es ya incontenible. Su aversión a lo intolerable está en lo más profundo de su ser, en la constitución misma de su naturaleza privilegiada. La cultura burguesa vive el mundo social como negación. Nada más violento para esta cultura elevada que ver en su propia casa la expresión de ese mundo que niega y del que reniega cuando consigue apartarse de él. Es la intolerable mezcla de lo sagrado y lo profano lo que sacude la conciencia de sus señorías, de sus legítimas señorías. Quienes se atreven a ocupar los sillones azules sin haber nacido para ello son culpables de infamia. Y deben ser juzgados y condenados, en un mismo acto, por este inaceptable delito de profanación.

Desde el punto de vista de los genuinos poseedores del poder y de sus instituciones, la política es el quehacer exclusivo de los políticos conservadores, de la clase alta, mientras que los políticos del pueblo, de las clases subalternas, se deben limitar a la crítica de las decisiones tomadas por quienes tienen la competencia y el entendimiento que solo el hecho natural de la alta extracción social permite ejercer.

Y, sin embargo, una onda inesperada, nacida de la ciudadanía más vulgar, ha venido a trastocar el orden. Al frente de ella los invasores se presentan legitimados por las urnas, que son la expresión de la voluntad popular. Son los plebeyos de la cultura y de la economía, de las artes y las ciencias, frente a los poseedores de títulos de nobleza cultural, identificados por sus títulos y, sobre todo, por su origen de alta cuna.

Disposiciones de nobleza hoy ofendidas por expresiones de cultura libre ilegítima; nuevas expresiones culturales, sociales y políticas frente a formas rituales de poder que representan la tradición propia de las buenas costumbres. La ocupación del gobierno de la nación constituye un ultraje a la nación, esa entidad simbólica que provee a las élites de un origen singular, privilegiado, sagrado y ritualizado. Es el honor de ser uno de los nuestros, eso que les hace sentirse legitimados, a ellos y solo a ellos, para ser lo que son y únicamente ellos pueden ser: los poderosos.


(1) La distinción, criterio y bases sociales del gusto, 1979

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