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Amar, cohesionar, enorgullecer. ¿Quién es un patriota?

nuevatribuna.es | Enrique Corredera Nilsson | 08 de noviembre de 2019

Las elecciones están a la vuelta de la esquina. En pocas horas abrirán los colegios electorales, cerrando así un ciclo electoral que, en vez de haber girado en torno a temas como el 14% de paro, los sueldos bajos, el creciente coste de vivienda y electricidad, la falta de planes para la investigación (tanto da si pública o privada), la necesidad de mejorar el sistema sanitario tras años de deterioro, etc., ha estado marcado por algo muy distinto: La insistencia de unos cuantos (hombres casi todos) en darse golpes de pecho proclamando cuán patriotas son y cuán poco lo son los demás. Visto que no hay hueco para tratar los otros temas y que “ser un patriota” es lo que cuenta, no queda sino preguntarse, justo antes de meter la papeleta en la urna, cómo se define eso de ser un patriota y, sobre todo, quiénes son los patriotas.

Los mismos que han declarado que ellos son los patriotas y que “ser patriota” es lo más importante en estas elecciones, tienden a dar siempre el mismo tipo de respuestas: Aman la lengua, les preocupa la cohesión de España, creen que hay que sentirse orgullosos de ser españoles. Grandes palabras para altos designios: amar, cohesionar, enorgullecerse.

Aparentemente de esto quieren tales “patriotas” enorgullecerse. De amar ignorando y de cohesionar dejando a la gente tirada en campo y ciudad. Cabe consolarse, de todos modos. Si uno viene de fuera y no lo hace de los países ricos de la EU, la cosa es peor. Mucho peor

Predicar, sin embargo, no es lo mismo que dar trigo. Cuando se pasa de las palabras a los hechos la imagen que se recibe es, cuanto menos, extraña. Dicen amar la lengua, pero lo demuestran de maneras extrañas. Por una parte, no aprecian las de los demás, cosa extraña para quien ama una lengua. Por otra, algunos incluso insisten en que la imposición de la lengua es el mejor camino para defenderla. La lengua, el vehículo de seducción por excelencia. Peor aún, no sólo desprecian otras y de la suya parecen gustar más en conjugar el verbo imponer que el verbo seducir. Es que por la suya y lo que se puede hacer con ella tampoco parecen tener mucho interés. Unos, hace no mucho, insistieron en eliminar la Filosofía de la secundaria. Y, en conjunto, tienen escaso interés en todo aquello que tenga que ver con la lengua y el pensamiento que a través de ella pueda expresarse. Para muestra, un par de botones: Los recortes han venido del lado de la cultura, allí donde precisamente la lengua es vital. Sobre algunos de estos autoproclamados patriotas recaen sospechas acerca de la manera en que han obtenido sus certificaciones académicas (para las cuales un buen uso de la lengua es central) y hay unos terceros cuya idea es imponer su discurso y prohibir hablar a los demás. Apoyar al idioma democratizando la educación -es decir, dotándola de recursos en todos sus niveles-, apoyar a la lengua aceptando las demás como propias, apoyar la lengua para dialogar, les son ideas ajenas en diversos grados. Si así aman la lengua, cabe preguntarse cómo aman a las personas.

No sólo con el verbo amar tienen estas personas una relación, llamémosla, curiosa. Con el verbo cohesionar -cuando se trata de aplicarlo a las sociedades- tienen también una relación extraña. En lo que denominan como “problema territorial”, su propuesta pasa por suspender -o, directamente, eliminar- ciertas instituciones democráticas. Sobre atender a las diferentes cosas que una parte de la población demanda a través o en esas instituciones, no han dicho qué van a hacer. Cohesión territorial mediante suspensión institucional, curiosa solución. Es algo así como “si no te veo, no existes”. De igual manera les ocurre cuando se trata de salvar la brecha entre los cada vez más pequeños pueblos y un pequeño grupo de cada vez más grandes ciudades. El tren, el transporte que quizás mejor simbolice la cohesión y el deseo de unir y salvar distancias, pasa cada vez menos por los sitios que decrecen. No sólo es más difícil ir de los pueblos y ciudades pequeñas a las grandes ciudades. Es que cada vez es más difícil, literalmente, salir de las grandes ciudades sin recurrir al coche propio. Y esto del coche es posible mientras la red de gasolineras sea medianamente tupida porque es cosa de un par de años más y ya no habrá ni gasolineras, con lo que la opción del coche tampoco será la solución. Si esto ocurre con el transporte, qué decir de lo demás. Cohesionar dejando ambulatorios sin médicos, cohesionar cerrando escuelas, cohesionar sin una política agrícola cercana al pequeño y mediano campesino -pero con una para el terrateniente quien, curiosamente, muchas veces vive en la gran ciudad-. En las grandes ciudades no es que conjuguen cohesionar mucho mejor. Cohesionar convirtiendo la educación en un espacio segregado por el dinero. Cohesionar convirtiendo la educación universitaria en un chiringuito y la Formación Profesional… bueno, esa nada, que no sabemos si saben que existe. Cohesionar haciendo que los que más tienen paguen menos, aunque dependan tanto como los demás de la sociedad.

Aparentemente de esto quieren tales “patriotas” enorgullecerse. De amar ignorando y de cohesionar dejando a la gente tirada en campo y ciudad. Cabe consolarse, de todos modos. Si uno viene de fuera y no lo hace de los países ricos de la EU -o no EU pero con billetera bien rellena, porque a los autoproclamados patriotas les parece bien entregar visados a quien invierta cientos de miles de euros, sin preguntar de dónde viene el dinero ni qué interés tienen en España-, la cosa es peor. Mucho peor. El Mediterráneo -ese mar que también aman y que, en el caso del Mar Menor, han amado hasta matarlo- es testigo. Hay quien diría que eso es envilecerse y no enorgullecerse.

Visto lo visto, antes de votar, no queda sino preguntarse: ¿Quiénes son realmente los patriotas? ¿Lo son los de los golpes de pecho?¿O lo son los que se preguntan cómo cuidar las lenguas, los que quieren las lenguas para dialogar y entender la diferencia? ¿Los que entienden cohesionar una sociedad a través de la ayuda común organizada?¿Los que no quieren dejar a nadie tirado, ni en casa ni mucho menos en la costa? En resumen, ¿los que dicen, “lograr todo lo anterior es difícil, a veces nos vamos a equivocar, pero vayamos juntos y escuchémonos”, o los que repiten “patria, patria” y ofrecen miseria? Que cada cual busque su respuesta.


Enrique Corredera Nilsson | Historiador, docente asociado de la Universidad de Berna

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