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Adiós, Mario "Noé" Draghi

Antonio Mora Plaza | Economista

Nuevatribuna | 27 de octubre de 2019

Sede Banco Central Europeo en Fránckfort del Meno |Foto Nueva Tribuna
Sede Banco Central Europeo en Fránckfort del Meno |Foto Nueva Tribuna

En 1929, en plena depresión económica en USA y planetaria, los economistas de la época aconsejaban que no hicieran nada ni la Casa Blanca ni la Reserva Federal, porque el mercado acabaría arreglando la cuestión. Y la cuestión era que en USA el 25% de la población que deseaba trabajar y lo había hecho hacía muy poco estaba en el paro, es decir, en la miseria total, porque entonces no había ni siquiera eso que ahora hay con nombres varios de seguro de desempleo.

Roosevelt, que llegó a la presidencia de USA en  1933, hizo caso omiso a sus áureos consejeros económicos e inició un programa de gasto público, de subvenciones desde lo público y salvo al planeta de la crisis (el New Deal). Bueno, eso y la II Guerra Mundial con sus 60 millones de muertos. Lo de salvarlo es ironía, por tanto, pero lo cierto es que el presidente Roosevelt cambió la historia desde lo público.

Aunque la cosa no parecía tan dramática como entonces, a raíz del maridaje de especulares de fondos, bancos –principalmente en USA– y la especulación inmobiliaria –en España por la ley del suelo del Sr. Rato– en el año 2007 se iniciaba la siguiente más importante depresión desde la del 29 del siglo pasado.

Pero los ciudadanos de USA tenían la inmensa suerte de haber elegido presidente al Sr. Obama y cuando se presentó la crisis lanzó un programa de rescate de más de 700.000 millones de dólares, a la par que la Reserva Federal bajaba los tipos de interés. Pero por desgracia en Europa, en el BCE de la UE que gobernaba un tal Sr. Trichet que, contagiado del síndrome de Weimar del banco central alemán (el Bundesbank), se comportaba exclusivamente como un banco de bancos, es decir, no como un banco de los Estados y solo se preocupaba de prestar liquidez –aunque no barata– a los bancos cuando ya la recesión llevaba más de 3 años.

El desastre parecía imparable y las primas de riesgos de todos los países que no fuera el alemán –con el se compara los tipos de los bonos del resto de los Estados– aumentaban. Hacía tiempo que los economistas que estaban en las principales instituciones del planeta y de los bancos centrales no eran keynesianos y creían más en las teorías monetarias del Milton Friedman y de otros economistas de menor nivel (R. Lucas, por ejemplo). El desastre o la agravación de la crisis, combinando la austeridad por parte de políticos de derechas e, incluso, de izquierdas –en España era presidente el Sr. Zapatero, del PSOE– en el terreno de lo que los economistas llaman economía real con una política monetaria restrictiva y equivocada por el BCE, a diferencia de la política monetaria –a estancias del Sr. Obama– de la Reserva Federal.

Debieron verlo tan mal que llamaron a un economista italiano, de gran formación teórica pero no sospechoso de keynesianismo. Deberían pensar en Bruselas y en el propio BCE que el Sr. Draghi aportaría solamente su italianidad, pero que no cambiaria sustancialmente lo que hacía y, sobre todo, lo que no hacía, el Sr. Trichet al frente del BCE. También debió contar su papel privatizador en Italia, sus cargos en Goldman Sachs, el banco que especuló contra el dracma griego y la deuda griega en el 2002.

Es verdad, por tanto, que los antecedentes de Draghi eran casi delictivos –eso, sí, de cuello blanco–, pero todos tenemos un pasado. Los especulares inmobiliarios, banqueros y, sobre todo, los de los fondos de inversión, de pensiones, etc., seguían especulando contra el tipo de cambio del euro respecto al dólar y otras monedas con operaciones short selling, es decir, vendiendo las monedas que no tenian al contado al tipo actual, esperando que bajara el euro en el futuro para recomprar entonces más barato y hacer millonarios –por no decir billonarios– beneficios.

Francia y Alemania miraban con contento, Reino Unido desde la barrera –tenía y tiene su propia moneda– se frotaba las manos, pero si los españoles, portugueses, italianos y griegos y demás gente del sur de Europa fueran conscientes de la situación y de lo que se avecinaba, habrían mandado al Sr. Trichet y al resto de los dirigentes del BCE a la hoguera. Es metáfora, pero se entiende lo que podría haber significado si hubiera seguido el BCE con la misma política monetaria y de tipos.

Y nada más llegar el Sr. Draghi al BCE bajó los tipos de interés, lo que supone aumentar la oferta monetaria, es decir, los préstamos a los bancos privados por parte del BCE. Pero esto no parecía suficiente para detener la especulación de los mercaderes financieros y el 26 de julio del 2012 Mario Draghi pronuncia unas mágicas palabras diciendo que “haría todo lo posible para preservar el euro”. Y remató diciendo que haría sería lo necesario. Porque no estaba solo en juego el tipo de cambio del euro respecto al dólar, sino que nos jugábamos el ahondamiento de la crisis si no bajaban los tipos de interés. Esto desarmó a los especulares en los mercados de futuros y opciones del euro, porque ya no estaba garantizado que el precio del euro fuera a estar en su futuro más barato que lo que estaba.

Entonces se anunciaba una política de compra de títulos de deuda pública –también de títulos privados en los mercados– y, aunque la concreción de un calendario y la cuantía de las compras daba demasiadas pistas a los especulares, el sólo anuncio cambió la historia. Se tardó en llevar a cabo las compras anunciados de deuda pública por parte del BCE porque se iniciaron en el 2015 –la Quantitative Easing– con unos presupuestos de 60.000 millones, pero lo eran sine die, sin anunciar un final claro para evitar especulaciones contra el euro, y esto fue suficiente para cambar la historia económica de la UE en concreto, aunque no lo parezca. En contra de los agoreros de que tanta liquidez en el mercado podría suponer brotes peligrosos de la inflación –el síndrome de Weimar alemán– no ha sido así sino todo lo contrario, y hemos vivido en la práctica una deflación si se considera que la senda óptima de los precios es un aumento en torno al 2%.

Todo ello era suficiente para mandar al paro a todos los economistas y demás asesores de las instituciones europeas, pero no parece que haya sido así y los asesores de los nuevos goldman sachs de turno se quedaron al acecho para tiempos mejores donde seguir especulando en contra del interés general.

Ahora el Sr. Draghi abandona el BCE y deja de presidenta a la Sra. Lagarde, anterior presidenta del FMI, y de vicepresidente al Sr. De Guindos, que fuera ministro de Economía español cuando gobernaba el PP. Confiemos en la francesa porque el Sr. de Guindos tiene tres defectos peligrosos: es de escasa formación intelectual como macroeconomista –estudio en un colegio como el CUNEF y no en la universidad pública–, no se le conoce ninguna publicación, ningún paper, fue asesor del banco mencionado antes, el Lehman Brothers, que supuso la mayor quiebra bancaria de la historia, y, tercero, es un neoliberal de los que se astillan los cuernos ante la realidad antes de cambiar sus esquemas fundamentalistas aprendidos.

Haría bien, si el próximo gobierno es de izquierdas, de procurar el relevo en el BCE de este político de escasas luces, porque es de esperar que vaya a propugnar la subida de los tipos de interés desde su cargo a poco que lo haga la Reserva Federal o ante cualquier subida leve de la inflación. Y una subida de tipos vendría mal a todas las economías europeas –aunque bien para los bancos si ello supusiera aumentar los márgenes entre las operaciones de activo y de pasivo–, pero nos vendría fatal a los países mediterráneos. Mejor que se vaya para evitar riesgos.

        

 

 

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