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A vueltas con el Pacto y el terror

Jesús Mesa Montero |

Jesús Mesa Montero | 25 de agosto de 2017

Foto: Ministerio Interior
Foto: Ministerio Interior

El Pacto Antiyihadista debe ajustarse y reconsiderar las nuevas y complejas claves, re-pensarse, y no emplearse como mero embudo que promocione reformas penales draconianas, en muchos casos ineficaces 

En el imaginario colectivo se está barajando toda una suerte de casuística retroalimentada por los medios y los canales oficiales institucionales para dar explicaciones plausibles a los atroces actos de Cataluña, que han perturbado nuestra convivencia. Sin embargo, hay varios planteamientos previos a dirimir.

La hipótesis de la exclusión no se sostuvo nunca. ¿De qué manera los que esgrimen esta causa obvian que, hace un par de décadas, antes de los 90, con el mismo nivel de marginación, no se produjesen atentados de corte islamista en ningún territorio europeo?

A los que señalan la hipótesis de occidente como objetivo predilecto, cuna de la perdición y el pecado, ¿Cómo explican la proliferación de atentados en países musulmanes, que multiplican los acometidos en suelo europeo y les convierten en principales víctimas?

Dos doctrinas sunnitas rigoristas con mensajes cargados de odio y una interpretación violenta e intolerante del Corán campan a sus anchas disputándose la hegemonía del mundo musulmán con el beneplácito de gran parte del orbe occidental. Wahabismo y Salafismo. Ambas promocionadas encubierta e indirectamente por países del Golfo como Arabia Saudí y otros que, deliberadamente, se alinean en esta utopía del Califato como Qatar o Kuwait. Estos bolsillos financian radicalismo con el fin último de escalar posiciones geopolíticas en la región frente a Estados con mayoría musulmana democrática y laica. Las antípodas de Teherán, Bagdad o Damasco.

¿Cómo se explican entonces las relaciones, casi de pleitesía, de la monarquía española con la cúpula de estos países? ¿Por qué una postura tan laxa del gobierno con el wahabismo, cuyo dinero circula libremente, financia las principales mezquitas del planeta (M30) y los centros de adoctrinamiento coránicos fundamentalistas? ¿Qué justificación encuentran al hecho de que, bajo el epígrafe de "explosivos", más de 8000 toneladas han sido exportadas (sólo desde el puerto de Bilbao) en los últimos 10 meses, con destino al régimen saudí? Las posibles respuestas apuntan en un único sentido: el lucro cesante que supondría revisar nuestro vínculo económico con esta zona de la península arábica priman sobre lo que debería ser una cosa común, la política diplomática de Estado.

Se han señalado a ciertos líderes políticos a la hora de criticar estas relaciones internacionales. El Secretario General de Podemos, por ejemplo, ha sido llamado a la moderación, cuestionado por su afinidad con núcleos duros del eje anti-imperialista, véase Irán u Venezuela. Sin embargo, los críticos no parecen recordar que la representación de la imagen de España en el exterior y la función diplomática no recaen sobre Iglesias, sino sobre Felipe VI y el actual gobierno. Aquellos que hoy en día son cómplices de Estados que incumplen severamente los Derechos Humanos, y para más inri, están financiado y fomentando la masacre en Yemen.

Los pactos requieren de consenso, y el Pacto Antiyihadista ya no sólo se alimenta del guion promovido por PP y PSOE. Su rúbrica se alcanzó en febrero de 2015 y desde entonces muchas cosas han cambiado en el pulso político, ahora con nuevos actores. Entre otras cosas, se ha transformado la manera de hacer la guerra, de practicar la yihad. Existen divergencias en algunos flecos, lo cual no es óbice para que absolutamente todo el espectro político coincida en condenar, sin fisuras, el despreciable uso de la violencia terrorista. Más aún en un país como el nuestro que, desafortunadamente, lleva muchas lecciones de dolor aprendidas en estos términos. No obstante, hemos de ensalzar nuestra convivencia plural y democrática, con disparidad de visiones. Este es el punto que enriquece todo el debate: la proliferación de visiones, opiniones, ideas que no deberían si no mejorar la propuesta final de una base concreta en la lucha contra un desafío global, más allá de las nimias nomenclaturas “observador” o “firmante”.

El principal problema que enquista la situación es que estos acuerdos demandan afianzar dos dimensiones indivisibles. La primer es la interna, en cuyo oficio los diversos cuerpos de seguridad y defensa estatales han estado muy por encima de la situación con actuaciones sobresalientes. Aunque fallo, en clave interna, sería la variable del uso político que se le está cediendo al terrorismo para operacionalizar marketing político en la competencia partidista. Hay que discrepar frontalmente de quien está utilizando este dolor para arrebatar atractivo al contrincante político, o para discutir sobre la prelación de las lenguas en los comunicados y ruedas de prensa. Ante esto, madurez política es la receta.

En cuanto a la dimensión externa, hemos de tomar en consideración la postura internacional de España en torno a este fenómeno reinterpretado en un nuevo paradigma del terror: la violencia extrema con instrumentos cotidianos. ¿No resulta paradójico el acompañamiento y complacencia con la histórica política belicista norteamericana, cuyas aspiraciones ya desde tiempos soviéticos, han convertido en última instancia a Europa en un territorio más inseguro? ¿Por qué no se condena y se asumen estas irresponsabilidades?

Es más, la repuesta occidental ante cualquier atentado ha sido, desde el trío de las Azores, siempre la misma: bombardeo sistemático de objetivos urbanos lejanos, según el momento y necesidades geoestratégicas. ¿Cómo justificar esa guerra ilegal contra población civil e inocentes, en lugares de donde, además, no proceden sus verdugos, la mayoría de ellos nacidos y cooptados en occidente fruto del consumo masivo del marketing hollywoodense de ISIS?

Recogemos lo que en su día se sembró, pagando justos por pecadores. El Pacto Antiyihadista debe primero ajustarse y reconsiderar estas complejas claves, re-pensarse, y no emplearse como mero embudo que promocione reformas penales draconianas, en muchos casos ineficaces. Se deben asumir errores y también irresponsabilidades de una acción exterior paradójica; ser más rígidos en la prevención del adoctrinamiento pasivo y reconsiderar nuestro alineamiento con los Estados que sirven de paraguas ideológico y de vía de financiación directa a esta lucha califal del medievo. Mucho se está hablando de esto, aprovechemos la tesitura del asunto en agenda para exigirlo a nuestra clase política, gobernante y opositora.

Y hagamos todo ello, dando muestra de nuestra libertad y tolerancia. Porque vivimos en sociedades plurales y abiertas. Ha de evitarse la estigmatización, porque no existe correlación alguna entre inmigración y radicalización. Y porque, de lo contrario, si pasamos a vivir con el miedo dentro del cuerpo, reprimidos y divididos, entonces habrá triunfado con holgura la causa de estos fanáticos asesinos.

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