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10N Contra el fascismo

Pedro Luis Angosto |

Nuevatribuna | 07 de noviembre de 2019

A votar como nunca lo hemos hecho, con alegría, con decisión, con la más amplia de las sonrisas. Fascismo, nunca más.

Como consecuencia de los sucesos acaecidos en Catalunya el 1 de octubre de 2017, muchas personas con un desconocimiento brutal del pasado se permitieron el despropósito de calificar a España de Estado fascista, cosa que se ha vuelto a hacer durante estas últimas semanas. Se puede, aunque no se debe, desconocer la historia, pero en ese caso lo que sería adecuado y necesario sería meterse la lengua en cierta parte antes que darle rienda suelta y demostrar el grado de imbecilidad al que se puede llegar. Es cierto que las cargas policiales de aquel mes fueron desproporcionadas, impropias de una policía profesional que a estas alturas debiera saber hacer su trabajo sin odio, sin miedo, sin violencias extremas y con la serenidad que sólo puede salir del uso legítimo y proporcional de la fuerza que dimana de un Estado Democrático.

Dicho esto, conviene refrescar la memoria y recordar algunos de los signos externos del fascismo patrio, esa ideología salvaje, aniquiladora y totalitaria que impide no sólo la libre expresión del pensamiento y la opinión, sino la misma vida del disidente. En España sufrimos cuarenta años de nacional-catolicismo, o lo que es lo mismo, de fascismo castizo, ridículo y criminal. La policía no tenía que dar ninguna explicación para entrar en una casa, apalear a todos sus miembros, destrozar los enseres y llevarse a cualquiera de ellos a comisaría, al cuartelillo, a un descampado, molerlo a palos hasta reventar y tirarlo después en una fosa común sin que a ninguno de sus familiares, aterrorizados, se les ocurriese acudir a juez alguno para denunciar los hechos: en ese caso, lo más probable es que los familiares del asesinado también hubiesen corrido parecida suerte. No era posible tener una tendencia sexual diferente a la establecida por la santa iglesia católica, apostólica, romana y española so riesgo de ser sometido a la ley de vagos y maleantes, ley que permitía hacer con el homosexual o el transexual cualquier cosa que se le ocurriese al policía de turno, salvo que fuese de muy buena familia regimental, hecho que permitía cierta holgura mientras no trascendiese. Las mujeres no podían tener cuenta corriente y para sacar dinero de la cuenta común del matrimonio debían ser autorizadas por el marido, del mismo modo que era delito el adulterio protagonizado por la esposa y mérito el cometido por el hombre, que reforzaba de ese modo su hombría y su prestigio social.

Estamos en una encrucijada, la obligación de todos es votar en masa para cerrar las puertas definitivamente al franquismo y abrirlas a la vida.

En el fascismo, la vida no vale nada. Todo el sistema político está encaminado a defender a la oligarquía mediante la fuerza bruta y la creación de legiones de clientes incondicionales agradecidos a los que se les ha proporcionado un empleo, la posibilidad de tener una casita o una plaza en una facultad. Favores a los acólitos a cambio de fidelidad inquebrantable. Se puede decir que esto también sucede hoy, y puede que no le falte razón a quien tal cosa exponga. La diferencia está en el trato que se daba al disidente, desde tener a los hijos en el servicio militar durante años en castillos militares, hasta torturarlos hasta que confesasen el asesinato de Kennedy, hasta tirar al detenido por la ventana de un quinto piso de una comisaría y luego alegar que el hombre estaba loco y había optado por suicidarse. Las fuerzas de orden público, la policía del régimen podía ir a la tierra donde un hombre, azada en mano, cultivaba cuatro hortalizas para subsistir, llevarse lo que le diese la gana y obtener como respuesta el silencio y la resignación. La contestación, la indignación del agricultor podía ser solucionada de inmediato con una buena somanta de palos que sierviese de escarmiento al contestón y a sus vecinos.

No existía la ley, más que la que improvisaban según su particular antojo e interés, los hombres del régimen, desde los ministros, obispos, empresarios y banqueros de las alturas, hasta el alcalde, el concejal, el pedáneo o el municipal de turno. La detención de una persona no se comunicaba a nadie y no existía límite alguno para tenerla en dependencias policiales o en la cárcel, los jueces decidían según su entender fascista o siguiendo las indicaciones fascistas de gobernadores civiles y militares. Sólo la propiedad de los ricos era respetada, el resto de la riqueza del país, la de la inmensa mayoría estaba a su servicio y en cualquier momento podías ser desalojado de tu tierra, de tu casa, de tu monte porque así lo hubiese decidido un secretario, un director general o un presidente de la diputación. La policía pegaba, mucho, constantemente, pero además de pegar y lisiar en las calles, disparaba como si se tratase de una guerra, mataba sin reparos ni consecuencias, y torturaba sin piedad hasta extremos difícilmente explicables.

No, no me hablen de fascismo. La democracia española tiene muchos defectos, muchas taras del pasado, mucho que mejorar, mucho que aprender, muchos cascabeles que poner a quienes todavía manejan los poderes fácticos, pero no me hablen de fascismo. El fascismo puede estar, ahora sí, llamando a las puertas. Dejé de ver el debate electoral en el momento que escuché la primera intervención de Abascal, una persona sin ninguna formación, sin capacidad dialéctica alguna y, pese a la sonrisa obligada que le aconsejaron sus asesores, cargado de odio, del odio del ignorante que tiene cuatro ideas reaccionarias en la cabeza y las suelta esperando calar en quienes lo tienen todo por perdido y también desean la protección de una bandera, aunque luego sean pisoteados y amarrados. Ni ese señor ni su partido debieron estar en debate televisivo alguno: no se dan instrumentos democráticos a quienes quieren acabar con la democracia. Azuzar el odio contra los inmigrantes, contra las mujeres, contra quienes tienen una opción sexual propia, contra los derechos humanos esenciales, contra los diferentes y los disidentes no puede ser tolerado por un régimen democrático. Si quieren hablar, bien, que lo hagan, en su casa.

Lo han hecho muy mal quienes pudieron formar un gobierno de izquierda y no lo hicieron, fatal, sobre todo Pedro Sánchez que es el principal responsable de esta situación crítica. Pero por mal que lo hiciesen, no hay ningún motivo para abrir la puerta al fascismo, es decir, a la muerte, al abuso institucionalizado, a la corrupción absoluta, al machismo, al racismo, a la xenofobia y al clasismo más repugnante y casposo. Estamos en una encrucijada, la obligación de todos, tapándose las narices o con ellas al viento, es votar en masa para cerrar las puertas definitivamente al franquismo y abrirlas a la vida. Hoy es el principal objetivo, nuestra obligación. A votar como nunca lo hemos hecho, con alegría, con decisión, con la más amplia de las sonrisas. Fascismo, nunca más.

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