sábado 04.04.2020

Una crisis de paisaje

Mar menor
Mar menor

Primero hacemos un viaje, corto o largo no importa; paseamos, observamos el paisaje, lo fotografiamos. El estado de ánimo influye. Finalmente afloran los sentimientos y comienza esa difícil tarea de convertirlos en palabras. Un viaje por ejemplo al Mar Menor, a Santiago de la Ribera o a Lo Pagán. Casi no importa ya. La naturaleza no conoce fronteras. Tampoco importa que el corazón se rompa, que el pasado esté muerto en el presente.

A esto, a todo lo que está ocurriéndole al Mar Menor, el Consejero de Fomento e Infraestructuras de la Región de Murcia, Señor Diez de Revenga, lo llama “crisis de paisaje” e, incluso polemiza en las redes sociales con la periodista Rosa Roda sacando pecho con su afirmación. Y tiene razón Diez de Revenga cuando afirma que el paisaje es algo más, que Roda desconoce el Convenio Europeo del Paisaje que lo define como “cualquier parte del territorio tal  como lo percibe la población, cuyo carácter sea el resultado de la acción y la interacción de factores naturales y/o humanos”.

Para Diez de Revenga el paisaje son las edificaciones a la orilla del Mar Menor, los balnearios, los amarres de embarcaciones, los puertos deportivos, las playas artificiales, incluso lo cultivos de la zona sur de la laguna. En la reunión que mantuvo, junto al Consejero de Agua, el pasado 17 de diciembre en San Javier, para dar a conocer a los interlocutores sociales el contenido del borrador del Decreto-Ley de Protección Integral del Mar Menor, explicó que había que entender el Mar Menor como “un sistema socio ecológico, no solo como la masa de agua”. Dijo otras cosas, claro. Por ejemplo, que el deterioro de la masa de agua no coincide con el gran desarrollo urbanístico de la última década y media, que las actividades náuticas y deportivas son amables con el medio ambiente, que no es partidario de prohibir la navegación a motor porque per se no daña, que los puertos deportivos no contaminan el Mar Menor, que no hay estudios concluyentes que demuestren que los mismos tengan afectación hidrodinámica sobre la masa de agua, que en todo caso hay que acabar con los fondeos ilegales y regular velocidades excesivas, ruidos y motores de dos tiempos de carburación.

Sí, existe realmente una crisis de paisaje, y tal vez tenga más que ver con el cambio en la percepción que tienen los ciudadanos del Mar Menor como paisaje tal como establece el Convenio Europeo del Paisaje firmado en Florencia y que está en vigor desde 2008 en España. El problema, al menos para este articulista, es que salió de la reunión de presentación del Decreto-Ley con la duda de si se quería recuperar el Mar Menor o simplemente cambiar la percepción de la ciudadanía sobre el paisaje resultante de tanto desafuero.

Objetivamente es más sencillo lo segundo que lo primero. Pueden existir paisajes desolados que puedan ser agradables para el observador. Los bosques que rodean Chernóbil, o el río Segura a su paso por la ciudad de Murcia después de las obras que se están realizando para que la ciudad "se acerque" a su lámina de agua, sin ir más lejos. Porque si la agricultura no es responsable de la contaminación de la laguna, y tampoco lo son el desarrollo urbanístico o la presión turística sobre sus playas y aguas, ¿cuál es el problema?: la percepción de la ciudadanía del paisaje, aquello que lo afea y es desagradable a la vista.

Cambiemos pues el diálogo que se establece entre el Mar Menor y el observador. Toda la actuación política del Gobierno Regional va dirigida precisamente a ese cambio gratis total, sea mediante campañas tipo "Mar Menor, un destino multiexperiencial" o declaraciones del tipo "sus aguas son óptimas para el baño". Todo en orden salvo esas pequeñas cosas que no gustan o desagradan: peces muertos, el manto verde de las algas, la opacidad de sus aguas, el mal olor, la muerte, en definitiva, de una joya natural única en su tiempo. Y tampoco en esto es culpable el Gobierno Regional; lo es el Gobierno Central que ni hace ni deja hacer.

Hacia 1960, Juan Goytisolo escribió un relato breve que incluyó en su libro "Fin de fiesta". Se titula Mar Menor. Su lectura no aportará mucho a aquella generación que ronda los 60-70 años. La laguna que describe es aquella que conocieron nuestros padres y abuelos, a los que será difícil de convencer que lo importante no es el Mar Menor, sino la percepción que se tiene de él. tampoco convencerá a ecologistas más o menos jóvenes. Pero tal vez el relato de la NO verdad pueda aunar multitudes fáciles de convencer mediante un lenguaje seudocientífico. No obstante,la nefasta gestión de nuestra joya natural no puede salir gratis a una generación de políticos que ha gobernado 25 años obviando los problemas o dándoles patadas hacia el futuro. Por mi parte, transmitiré a mis descendientes lo que fue un mar que no nos merecíamos, tal fue nuestra actitud hacia el mismo.

Una crisis de paisaje