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viernes. 03.02.2023

“La civilización es sólo una coartada endeble para una destrucción brutal. El veneno sigue brotando y el sistema entero parece dispuesto a intoxicar hasta el último rincón del planeta, porque son más rentables la destrucción y la muerte que detener la máquina” (Subcomandante Insurgente Galeano)


La zorra en el gallinero

“Cuando se trata de salvar el planeta, una ballena equivale a mil árboles”.

La extravagante afirmación proviene de un estudio publicado por el FMI en el que se propone, en tono triunfalista, el desarrollo de canales “innovadores” para la protección de los grandes cetáceos -por ejemplo, mediante la financiación a los gobiernos para la creación de reservas marinas o áreas protegidas-, como vía de mitigación del cambio climático:

“El Fondo Monetario Internacional (FMI) estudió recientemente el trabajo que hacen las ballenas acumulando a lo largo de su vida toneladas de carbono en sus cuerpos (hasta el equivalente a mil árboles), que eliminan cuando mueren en el fondo de los mares y secuestran para siempre de la atmósfera. Los economistas del FMI estimaron el servicio natural de las ballenas –tomando el precio de mercado del CO2 más su aporte al turismo y a la pesca– en dos millones de dólares por ejemplar. Si se toma la población total de ballenas del mundo, la cuenta da aproximadamente un billón de dólares”.

El ejemplo anterior, por grotesco que pueda parecer, representa sólo un botón de muestra del desarrollo reciente de una ofensiva redoblada del capital financiero, bajo el auspicio de los poderes público-privados al servicio de las grandes corporaciones globales, en pos de aplicar la estrecha métrica mercantil a las funciones esenciales que sostienen el metabolismo de los ecosistemas y la biodiversidad del planeta. Todo ello, ni que decir tiene, con la omnipresente coartada de velar por su preservación, bajo uno de los mantras rituales de los apologistas de las «soluciones de mercado» y de las “finanzas verdes”: la naturaleza se destruye porque no se la valora.

La infinita nebulosa burocrática que orbita alrededor de los organismos de Naciones Unidas, se han puesto frenéticamente manos a la obra para desarrollar la financiarización de la naturaleza

Este masivo proceso mercantilizador ha sido profusamente acompañado por la creación de una neolengua tecnocrática bajo la rúbrica del “capital natural”: “mitigación compensatoria”, “naturaleza positiva”, “créditos de carbono”, “equivalencia ecológica”, “bonos verdes”, “servicios ecosistémicos” y una miríada de conceptos eufemísticos pergeñados por una pléyade de economistas ambientales y de think tanks del capital financiero global al lucrativo servicio de infinidad de lobbys corporativos, ONGs ambientalistas, fundaciones filantrópicas, organizaciones de partes interesadas -el nuevo Santo Grial de la “captura corporativa” de las instituciones internacionales- y demás “partenariados” público-privados que, bajo el manto de la infinita nebulosa burocrática que orbita alrededor de los organismos de Naciones Unidas, se han puesto frenéticamente manos a la obra para desarrollar la financiarización de la naturaleza.

Resulta realmente impúdica, dicho sea de paso, la desfachatez con la que las organizaciones internacionales encabezadas por la ONU, supuestamente encargadas de velar por la paz, los derechos humanos y la conservación de la naturaleza, se han puesto al servicio de las grandes corporaciones, con el poder financiero global en lugar muy destacado, para otorgar una pátina de respetabilidad democrática al masivo “lavado verde” perpetrado por el gran capital. Como muestran de manera grotesca los “partos de los montes” en los que han desembocado las, tan pomposas como inútiles, grandes cumbres “por el clima y la diversidad biológica”, la “captura corporativa” de los organismos multilaterales avanza a pasos agigantados. La palabra clave tanto en la COP27 (sobre el cambio climático) como en la COP15 (para la protección de la biodiversidad), las últimas pantomimas que ejemplifican el masivo ecoblanqueo practicado por los poderes globales bajo el patrocinio de Naciones Unidas, fue la de “financiarización”: lo que prima por tanto en los presuntos “esfuerzos” por la conservación es el descarnado lenguaje del dinero, nadando en las frías aguas del cálculo egoísta.

Y la mascarada va in crescendo. En la recientemente celebrada COP 15, el objetivo acordado de alcanzar un 30% de la superficie terrestre y marina del planeta bajo protección se financiará con instrumentos financieros “ingeniosos”, basados en la emisión de deuda a cargo de la banca globalista destinada a los gobiernos encargados de la protección de los parajes naturales: la servidumbre por deudas de los pueblos del Tercer Mundo deviene la única “medicina” eficaz prescrita por la máxima organización internacional para evitar la destrucción de la naturaleza y de sus diezmados pobladores. Cuanto más grave es la amenaza para las condiciones para una vida digna en un planeta habitable, mayor es el obsceno trampantojo institucional resultante de entregar en “bandeja de plata” el diseño y la implementación de las políticas climáticas a los máximos culpables del desastre.

Cuanto más grave es la amenaza para las condiciones para una vida digna en un planeta habitable, mayor es el obsceno trampantojo institucional

La “banca de especies”, los “créditos de humedales”, los “derivados de biodiversidad”, la “banca de mitigación” o los “mercados de futuros del CO2” son los innovadores instrumentos financieros que mueven, al menos potencialmente, billones de dólares a su alrededor. En la COP 26 celebrada en Glasgow –que resultó, para variar, un fracaso sin paliativos, incluso más que las anteriores– se presentó pomposamente la llamada “Alianza Financiera para las Cero Emisiones Netas”, el principal marco institucional de la coordinación del esfuerzo global de financiación bancaria en pos de la “sostenibilidad” ambiental: “130 billones de capital privado prometido para el cero neto, pero ni una sola norma para prevenir siquiera que un dólar sea invertido en combustibles fósiles”, era la amarga denuncia formulada por la la ONG Reclaim Finance.

La vertiginosa capitalización financiera de los procesos que sustentan el metabolismo de la vida natural, que lleva al paroxismo la certera crítica de Karl Polanyi a la omnipresencia del “mercado autorregulador” y de las “mercancías ficticias” (mano de obra, tierra y dinero) como arietes de la destrucción de las relaciones sociales y de los vínculos comunales bajo el capitalismo, se desarrolla principalmente en dos ámbitos estrechamente relacionados: los mercados de “compensación de emisiones” y los mercados de los “servicios de los ecosistemas”. El primero incluye el desarrollo, iniciado en el Protocolo de Kioto, de un inmenso ámbito financiero construido en base a los “mercados de carbono” («el comercio climático basado en un modelo de una mercancía molecular») y a la entelequia del “cero neto”. El masivo ecoblanqueo practicado por las grandes corporaciones, bajo la generosa advocación de Naciones Unidas, ha encontrado su eslogan favorito en la propaganda basada en la “neutralidad de carbono”:

“En los últimos años, más de 1500 empresas han anunciado sus compromisos “cero neto”, ante el aplauso de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC)”

Otro ejemplo paradigmático de la quimera de la “mitigación compensatoria” promovida por la gobernanza global son los pagos a los propietarios de tierras en países del Sur por parte de grandes “contaminadores” para preservar los bosques o pastizales en cuencas importantes. El esquema más destacado es REDD+ (Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación de los bosques), un gigantesco programa desarrollado por la ONU cuyo objetivo es la creación de “sumideros de carbono”, cuya función principal es compensar las emisiones generadas en un lugar plantando árboles en otro. Este es el nivel de “sofisticación” del tratamiento administrado a la emergencia climática a cargo de la sacrosanta institución multilateral que presuntamente vela por evitar el desastre ecológico global.

El masivo ecoblanqueo practicado por las grandes corporaciones, bajo la generosa advocación de ONU, ha encontrado su eslogan favorito en la propaganda basada en la “neutralidad de carbono”

El título del exhaustivo informe, coordinado por la organización ecologista “Amigos de la Tierra Internacional”, refleja meridianamente la monumental hipocresía que impregna tales prácticas: “La Gran Estafa: Cómo los Grandes Contaminadores imponen su agenda ‘cero neto’ para retrasar, engañar y negar la acción climática”.

Ni que decir tiene que el pretendido fundamento científico –a pesar de las ingentes cantidades de recursos y de poder financiero corporativo puestos al servicio del proyecto- de la nueva panacea ambientalista pergeñada por los tiburones de las finanzas globales brilla por su ausencia. El activista y científico Ashish Kothari enfatiza la toxicidad de la “peculiar” lógica subyacente:

“En primer lugar, una mentalidad que equipara la contaminación emitida o la tala de bosques en un lugar con la contaminación absorbida o la forestación realizada en otro lugar, es ecológica y socialmente ignorante (o deliberadamente negligente). (…) ¿Cómo puede la captura de una cantidad equivalente de carbono en otro lugar, compensar las emisiones o los impactos de las actividades asociadas como la minería del carbón, la fracturación hidráulica, los oleoductos y las líneas de transmisión)?”.

El mecanismo resulta de una perversión insuperable:

“El valor económico del bosque como compensación de carbono depende de que sigan existiendo emisiones excesivas de carbono. Sin esas emisiones, el bosque como sumidero de carbono carece de valor económico. Sin la destrucción de la biodiversidad, un hábitat como compensación de biodiversidad carece de valor económico. Las actividades de conservación de la naturaleza pasan a depender de las actividades de destrucción de la naturaleza”

Las actividades de conservación de la naturaleza pasan a depender de las actividades de destrucción de la naturaleza

El científico y profesor Arturo Villavicencio, miembro del IPCC y autor del excelente trabajo titulado gráficamente ‘Neoliberalizando la naturaleza’, destaca el carácter profundamente paradójico de la perversa interacción entre destrucción y negocio que comporta esta “nueva frontera” de la acumulación, un grotesto quid pro quo que tiene como escenario el planeta entero:

“Uno de los aspectos más peligrosos del discurso es la idea de la mitigación compensatoria. No importa el daño que una actividad económica ocasione a la naturaleza siempre y cuando se pueda compensar en otro sitio. Las actividades de protección y conservación de la naturaleza pasan a depender de las actividades de destrucción de la naturaleza”.

No se trata, en definitiva, más que de ofrecer una burda pátina “ambientalista” que no obstaculice ni un ápice la buena marcha de los negocios.

En el segundo caso, reproduciendo la misma absurda lógica de pretender ahormar la infinita complejidad del tejido de la vida dentro del corsé monetario, se trataría de aplicar la métrica de la valorización mercantil a los “servicios de los ecosistemas” en aras, ni que decir tiene, de favorecer su preservación.

Como muestra el magnífico estudio titulado, reveladoramente, “El capitalismo clandestino y la financiarización de los territorios y la naturaleza”, el modus operandi de los “pagos por servicios ambientales” no difiere en absoluto del mantra habitual de los gestores de la gobernanza capitalista acerca de la necesidad de extender la “lógica del valor” a todos los procesos que sirven de sustento al metabolismo socionatural:

“Nuestros territorios también se están integrando en los mercados mundiales de capitales por medio de la redefinición de la naturaleza como una colección de servicios ecosistémicos normalizados, comparables y cuantificables (que proporcionan alimentos y agua, regulan el clima, apoyan los ciclos de los nutrientes y la producción de oxígeno, aportan beneficios recreativos, etc.). La idea tras esto es dar un valor económico o monetario a la naturaleza, basado en la suposición de que la principal razón por la que los bosques, pastizales y otras áreas naturales son destruidos es que su valor económico es invisible”.

No se trata más que de ofrecer una burda pátina “ambientalista” que no obstaculice ni un ápice la buena marcha de los negocios

El principio subyacente a la lógica del capital natural resulta por tanto perfectamente “natural”: continuar con el business as usual como si no hubiera un mañana, pretendiendo ilusoriamente compensar los daños ecológicos irreversibles a través de la valoración monetaria de los “servicios de los ecosistemas” y de la denominada “equivalencia ecológica”, una condición fundamental para la mitigación compensatoria que crea la absurda ilusión de que la degradación ambiental causada por el carácter depredador del capital puede ser compensada por acciones de reparación, sin afectar a la integridad y a la capacidad de regeneración de los ecosistemas.

Legiones de biólogos, ambientalistas y demás científicos naturales se alían con economistas, financistas, burócratas, consultores y auditores expertos en finanzas “verdes” para desarrollar, con los caudalosos fondos del partenariado público-privado financiado pródigamente por las grandes corporaciones, un nuevo campo de acumulación de capital ficticio, totalmente carente de sustrato productivo alguno al tratarse de procesos naturales, ajenos al trabajo humano y a los mecanismos de la valorización del capital. El resultado es una perversión absoluta -un genuino “pacto con el diablo”- de los estándares científicos y ético-morales de sus investigaciones, sometidos a los intereses pecuniarios del capital privado y totalmente postrados al servicio de la ocultación del acelerado choque de la actual organización social con los límites biofísicos planetarios. La acusada renuencia, llevada en ocasiones a extremos ridículos, de una gran parte de la comunidad científica y de las publicaciones de “reconocido prestigio” en el ámbito ecologista, a atribuir el destrozo ambiental global que presenciamos en pleno desarrollo al sistema basado en las heladas aguas del cálculo egoísta –reflejada en la represión sistemática del uso del término “capitalismo” para designar al culpable del ecocidio- resulta la mejor prueba de esa “captura” corporativa de la “mejor ciencia disponible” en aras de ocultar la catástrofe en ciernes.

El resultado es una perversión absoluta de los estándares científicos y ético-morales de sus investigaciones, sometidos a los intereses pecuniarios del capital privado

Al respecto de esta paradoja, el investigador Bram Büscher refiere sarcásticamente «que es particularmente sorprendente observar la manera en la que los científicos naturales, que normalmente se enorgullecen de su rigurosidad, rehúsan aplicar el mismo rigor cuando extienden su trabajo al campo de las ciencias sociales, incluida la economía.

Como resalta Villavicencio, el grado de absurdidad de tales prácticas cuestiona gravemente la integridad científico-moral de sus proponentes:

«A propósito de la valoración de los servicios ecológicos en Estados Unidos, D. Simpson se plantea la pregunta: ¿esperan los promotores de esos ejercicios de valoración que sus cifras sean tomadas realmente en serio?»

El hecho cierto es que las imperiosas exigencias de valorización de la renqueante maquinaria capitalista mediante la explotación desaforada del negocio de la destrucción del planeta vivo son razones más poderosas que el respeto al mínimo rigor exigido en las investigaciones de las ciencias naturales.

Y es que realmente hay mucho en juego. El festín que olfatean los tiburones de las finanzas globales es potencialmente opíparo, demasiado suculento para parar mientes en escrúpulos ético-morales:

«El trabajo mencionado, calificado con sutileza por Martínez Alier y Roca Jusmet como «desafortunado», estimó el valor de los servicios de la naturaleza a nivel global entre 16 y 54 billones de dólares anuales; es decir, un valor promedio de 33 billones de dólares, apro­ximadamente el doble del PIB mundial de 1997″

El festín que olfatean los tiburones de las finanzas globales es potencialmente opíparo, demasiado suculento para parar mientes en escrúpulos ético-morales

El balance de la última mascarada organizada por Naciones Unidas no deja, según el título de un informe crítico, lugar a dudas de quiénes están al timón de la nave del negocio de la destrucción: “COP26: al mando, los financiadores de los peores contaminadores»:

“¿Cómo hemos llegado a este punto? En cuestión de unos años, el ‘cero neto’ ha pasado de ser un concepto recluido en la discusión científica hasta convertirse en el enfoque predominante tanto para las corporaciones como para los gobiernos. Parecería obvio que poner a empresas como JP Morgan Chase, BlackRock, BNP Paribas y a muchos otros, todos ellos actores financieros con interés significativo en las actividades de generación de carbono en todo el mundo, a conducir el esfuerzo global sobre finanzas privadas y cambio climático es como dejar que el zorro cuide el gallinero. No obstante lo sorprendente de la iniciativa, eso es lo que está sucediendo”.

Qué duda cabe que confiar al gigante de Wall Street JP Morgan Chase, el mayor financiador de la industria de los combustibles fósiles, la conducción del esfuerzo financiero global contra el cambio climático tiene la misma eficacia que poner a la zorra a cuidar el gallinero. 

La mejor prueba de lo anterior es que mientras tanto, como concluye el demoledor dossier titulado “La banca en el caos climático”, el business as usual de los amos de la fábrica de dinero resulta completamente inmune a la omnipresente cháchara del ecoblanqueo:

“La conclusión es que incluso en un año en el que los compromisos de cero emisiones estaban de moda, el sector financiero continuó con su conducta habitual frente al caos climático: durante los seis años transcurridos desde el pomposo Acuerdo de París, la financiación de los sectores fosilistas por parte de la gran banca too big to fail ha seguido aumentando hasta alcanzar la mareante cifra de 4,6 billones de dólares”.

De esta manera, la extensión del proyecto neoliberal hacia la esfera de la naturaleza, que ignora completamente, para más inri, el desarrollo real de los territorios que coloniza y la relevancia que tienen los derechos de los pueblos originariosque protegen y conviven con la biodiversidad de forma armónicaprivilegia como solución las mismas estructuras y procesos que producen los irreversibles daños ecológicos que presuntamente se trataría de atajar.

El investigador y periodista Cory Morningstar resume las siniestras implicaciones de dejar en manos de los tiburones de Wall Street la preservación de los procesos que sustentan los delicados equilibrios del tejido de la vida:

“Rockefeller y otros dejan que los mercados dicten lo que en la naturaleza tiene valor, y lo que no. Sin embargo, no corresponde a las instituciones capitalistas y a las finanzas globales decidir qué vida tiene valor. Los ecosistemas no son ‘activos’. Las comunidades biológicas existen para sus propios fines, no para los nuestros”.


Blog del autor | trampantojosyembelecos.wordpress.com

Finanzas “verdes”: la zorra en el gallinero