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lunes. 04.07.2022

Ahora, justo cuando arrecian los problemas conectados con los movimientos migratorios, el eslogan que de mejor modo ha sintetizado el fenómeno desparece. El welcome refugees que ondeó en muchos espacios públicos, se desvanece. Pareciera que la salida de la escena pública de su principal  valedora, Angela Merkel en Alemania, fuera una especie de mal fario. Lo digo porque fue Merkel la política que manifestó mayor lucidez en la cuestión: abrió las fronteras para acoger refugiados y cerró el paso con un potente cordón sanitario a quienes, con toda seguridad, intentarían aprovechar la oportunidad para vocear su mensaje xenófobo. Refugiados si, racistas no.

Y le funcionó, ya lo creo que le funcionó. Quien escribe esta columna ha compartido durante varios años un proyecto de innovación educativa con socios alemanes. En el equipo europeo figuran un par de personas de origen afgano, ciudadanas recientes debido a la acogida excepcional patrocinada por el gobierno Merkel. No puedo relatar todas sus aportaciones, no hay espacio en esta página, solo os diré que quiero que sean mis conciudadanas, deseo poder tenerlas cerca, darles lo que pueda  y sentirme confiado en que ellas harán lo mismo. En fin, que prefiero compartir mis señas de pertenencia a una comunidad en la que se encuentren personas como ellas en lugar de tener que hacerlo junto a tanto maula, ladrón y sinvergüenza, sea cual sea el color de su sangre o la herencia cultural recibida.

Quien no quiera ver que somos una comunidad envejecida y no sea capaz de comprender que por ello nuestra sociedad ha perdido el vigor para defender sus valores, está condenado a perderlos definitivamente

Y es que frente al fenómeno migratorio, particularmente el que está presente en las responsabilidades de acogida u otorgamiento de refugio para perseguidos, mis conciudadanos de hecho distan mucho de entender con sabiduría y honestidad lo que de manera tan fácil puso en marcha la inefable Angie. Para la mayoría, el wellcome refugees no es sino la expresión de un sentimiento moral de obligatoriedad de ayudar al perseguido, cosa admirable en sí misma, de hecho esta expresión de solidaridad está contenida en todo decálogo moral laico o religioso; pero concebir la recepción de perseguidos únicamente como una cuestión moral, si acaso como una extensión del derecho, es una forma sutil de engendrar incomprensión, desidia y abandono de las responsabilidades y con ello pérdida de enormes oportunidades: incorporar ciudadanos ávidos de mejora.     

Aquí es donde, según mi entendimiento, se encuentra el punto crucial de cualquier proceso de acogida, en comprender que los refugiados no son una forma de pasivo, un conjunto de personas desasistidas que necesitan nuestra ayuda. Todo lo contrario, los contingentes de personas que huyen de Afganistán, Siria, Irak, Libia y de tantos otros países quebrados de África y América Latina son un tesoro, un activo con mayor capacidad de impulsar una sociedad que el descubrimiento de que en su subsuelo exista gas esquisto o estar dispuesto a destrozar tus costas, ríos y montañas, para atraer turistas despreocupados que intercambian su descanso de apenas unos días con la extinción de recursos acumulados durante siglos. Podéis indagar en México, en Argentina o en Venezuela qué supuso la acogida de republicanos españoles que huían de la barbarie franquista

Esa visión, ciertamente materialista, es la que deberíamos asumir en beneficio de todos, de quienes buscan protección y de quienes necesitamos personas comprometidas con el desarrollo de la comunidad en la que se instalan. La actualidad lo hace aún más necesario que nunca, basta dejar caer la venda de los ojos xenófobos para advertir que la redistribución de los recursos tras la pandemia y el bloqueo de las cadenas de distribución, convierte al potencial productivo local en una elemento esencial para el progreso. En el reajuste resulta que el capital financiero es abundante y barato, el capital intelectual menos, pero asegurado por la presencia de escuelas y universidades; lo que escasea en España y en Europa son los recursos humanos dispuestos a dejarse la vida cada día para ganar un nuevo mundo. La incorporación de nuevos ciudadanos expectantes y motivados es como el turbo de los cohetes que propulsa en sucesivas explosiones la aceleración del mismo. Quien no quiera ver que somos una comunidad envejecida y no sea capaz de comprender que por ello nuestra sociedad ha perdido el vigor para defender sus valores, está condenado a perderlos definitivamente. Quien crea que una pancarta colgada en un balcón municipal dando la bienvenida a nuevos ciudadanos es una concesión progre a  la modernidad, es que no entiende ni mucho ni poco cómo se organizan y se mantienen las comunidades, ni cómo se tejen sus relaciones sociales.

Quien crea que con un niño acogido en un centro de menores lo mejor que puede hacerse es esperar a que cumpla 18 años para convertirlo en un perseguible en lugar de proyectarlo a nuestro debilitado mercado de trabajo, es que no conoce las dificultades del nuestro, ni de la de ningún otro si me apuráis. Quien crea que nuestras instituciones van a verse golpeadas por la presencia de personas ajenas a las tradiciones de las mismas es que desconoce el potencial de dichas instituciones y está descalificado para promover su mejora y adaptación a nuevas realidades.

En beneficio de todos, fortalezcamos las instituciones civiles, políticas, educativas y sanitarias de nuestra democracia, ampliemos los criterios de acogida y gritemos de nuevo welcome refugees.

Welcome Refugees