sábado 31/7/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Vox y el fascismo español

Vox es un partido salido del PP que reivindica la dictadura franquista, hecho que por si solo bastaría para contar con la enemiga de los medios de un país democrático
vox

Desde su nacimiento, el partido ultraderechista y franquista español Vox ha tenido un tratamiento exquisito por parte de los medios, unos medios ultrasensibles ante cualquier crítica pero absolutamente mansos, cuando no amorosos, ante la irrupción en el panorama político de un partido que reivindica la dictadura nacional-católica con sesgos ultraliberales que desprecian todo lo público pese a que su máximo hacedor por debajo de Isabel Díaz Ayuso, que es como la Presidenta de Honor que marca el camino a seguir, no ha hecho otra cosa en su vida que vivir de los sueldos que salen de la Hacienda Pública. Esto es un gravísimo problema para los medios, pero también para todos los que vivimos en este país: Vox ya tiene una prensa nacional del movimiento sin haber llegado a detentar ministerios ni consejerías, lo que indica que las empresas que financian a la mayoría de periódicos y televisiones de España tienen una evidente simpatía por las opciones antidemocráticas que se revisten de un patriotismo cañí, paleto, chillón y grosero.

Desde hace años, quizá desde el momento en que Aznar se vio cerca de la Moncloa, los intelectuales no gustan en España. Antiguamente los manifiestos firmados por escritores, actores, pintores, científicos o profesores tenían cierta influencia sobre la población, que todavía guardaba un respeto hacia las personas más sobresalientes que eran reconocidas como fuente de sabiduría. Desde Aznar esto ya no es así, gusta mucho más el grito, el desafío, la mala educación, el exabrupto, el machirulismo, la brusquedad, la mendacidad, la infamia, la chulería y el insulto. Por eso una parte importante de la población se siente mucho más identificada con las maneras de IDA, el lanzador de huesos de aceituna, Maroto, Álvarez de Toledo, Abascal o Monasterio que con un hombre templado y pausado como Gabilondo, una anestesista que defiende lo público denunciando la política de tierra quemada del PP en Madrid o un politólogo que se ha dejado la piel para que el hambre y la miseria provocada por la epidemia no hiciera todavía muchos más estragos de los que ha propiciado. Importa poco que se hayan gastado miles de millones en proteger a quienes se han quedado sin trabajo, en evitar desahucios, en mantener negocios que sin esas ayudas habrían cerrado, importa muy poco todo lo hecho y lo que se pueda hacer en el futuro. Aquí ya somos pocos los que admiramos a quienes saben más que nosotros por su sapiencia, por su generosidad, por su bondad;  aquí, cada vez más, se admira al que más disparates dice, al que más burradas hace, al que más se corrompe -de hecho ningún gobierno ha perdido las elecciones por los escándalos de corrupción habidos en comunidades y ayuntamientos-, al que más alza la voz y falta el respeto a los demás, porque al final siempre podremos juntarnos con familiares y amigos a tomar unas cañas en la terraza de siempre, a la madrileña. Importa tan poco la corrupción o la educación que estoy convencido que si mañana descubrieran a Abascal o a Ayuso privatizando la Sanidad Pública madrileña que es de todos, pagada con el esfuerzo de los trabajadores a lo largo de lustros, y lo anunciasen en la campaña electoral, esto les depararía tantos votos como si hiciesen justo lo contario: Un sector de la población nada despreciable se siente cada vez más identificado con la estética garrula, inculta y procaz de los dirigentes de la ultraderecha española. Piensan que hablan como ellos, que comparten gustos y aspiraciones. Algo ha fallado, desde luego, cuando eso sucede después de cuadro décadas de democracia, cuando se admira al más zafio, al que más daño puede hacer y al que desprecia el interés general como meta última de la política, cuando el falso patrioterismo de bandera, altanería y machismo lacerante proporcionan más votos que anunciar una reforma fiscal justa. Algo no se ha hecho bien.

La tolerancia con el fascismo, en cualquiera de sus versiones, socava los cimientos de la democracia y abre un futuro tenebroso para todos

Tras los sucesos de Vallecas, perfectamente calculados por los dirigentes del partido franquista, muchos medios hablaron de intolerancia, de sectores extremistas que habían intentado boicotear el acto de presentación electoral de Abascal y los suyos. La policía dio unas indicaciones al discípulo de Aznar y Esperanza Aguirre y él hizo lo que le vino en gana, siendo mal recibido por los vecinos que se habían congregado en el lugar del mitin. Algunos dijeron después que esos vecinos le hicieron el juego a Vox, que habría sido mejor que no hubiese ido nadie y así se habría evitado que los ultras fuesen protagonistas de los informativos. Bueno, el silencio nunca ha sido buen consejero ante el fascismo, y Vox no necesitaba de esos hechos para seguir en las primeras planas, porque no hay día en que no salga por este o aquel motivo pese a que todo el mundo sabe que su objetivos políticos y económicos nada tienen que ver con las esencias de la democracia y si mucho con lo contrario. 

Vox es un partido salido del PP que reivindica la dictadura franquista, hecho que por si solo bastaría para contar con la enemiga de los medios de un país democrático. Sin embargo, es tratado con guante de seda y tiene una presencia en televisiones, periódicos, redes y radios que sería inconcebible en un país tan admirado a veces como Alemania. La mancha de aceite se va extendiendo porque ahora no son los sindicatos ni los partidos democráticos quienes acucian al poder reivindicando nuevos derechos, sino los movimientos independentistas burgueses y los movimientos españolistas de charanga, pandereta, cerrado, sacristía, ignorancia orgullosa y burrería. La tolerancia con el fascismo, en cualquiera de sus versiones, socava los cimientos de la democracia y abre un futuro tenebroso para todos. Contemplar, como pude ver hace unos días en mi pueblo, que los miembros de un grupo de moros -fiestas de moros y cristianos- acuden a la casa de uno de sus miembros para entregarle una insignia y terminan cantando el Cara al Sol a grito pelado no sólo produce vergüenza ajena, sino un dolor extremo ante lo que algunos quieren volver a repetir. No cabe, bajo ningún argumento, tolerancia alguna con el fascismo y Vox navega en ese campo nauseabundo. La ley democrática no está para proteger a quienes no creen en la democracia.

Vox y el fascismo español