miércoles. 24.07.2024

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Según sostiene Mary Douglas: “Las instituciones surgen de los procesos de aprendizaje colectivo”. En los grupos pequeños de la sociedad civil las personas interactúan en torno a problemas comunes, perciben soluciones y las comunican a su entorno [i]. Esas soluciones forman ideas cuando adquieren dimensión, trascienden el círculo local, son confrontadas por personas que los demás consideran expertos y se difunden como sentido común. La experiencia colectiva de los problemas crea cultura, porque obliga a la gente a encontrar soluciones que incorpora a su acerbo mental. Crea así, un capital social de relaciones y pautas; compuesto de problemas compartidos en la búsqueda de soluciones, a través de éxitos y fracasos. Por lo tanto, para explicar la idiosincrasia cívica de los españoles y cómo se reconstruyó tras la derrota de 1939, recurrimos a las esperanzas de los hombres y mujeres que crearon familias, para alcanzar con sus hijos una trascendencia a sus esfuerzos. Porque, nunca en España trabajaron tanto y gastaron tan poco en sí mismos los padres y madres de una generación, que vieron en la vivienda el umbral hacia una vida adulta; la misma visión que tienen los jóvenes de hoy, aunque perciban esperanzas diferentes. 

El hogar en propiedad se convirtió en una institución, porque fue el recurso del régimen al problema de financiar las viviendas sociales

Como medio constructor de la vecindad y del asentamiento de los inmigrantes en la ciudad, la vivienda configuró la idiosincrasia de los españoles, en una sociedad ensimismada por la represión franquista. El hogar en propiedad se convirtió en una institución, porque fue el recurso del régimen al problema de financiar las viviendas sociales, cuando creo dinero con cargo a hipotecas a cincuenta años para aquellos españoles que se alojaban en ellas, y centró el mensaje con el cual esperaba configurar la identidad patriarcal del “productor propietario” español. Pero, los discursos desde el poder no crean cultura popular, si no conectan con valores muy enraizados en la cultura previa de los ciudadanos. Los inmigrantes recién llegados no eran personas sin arraigo cultural; traían prejuicios y creencias que procedían tanto de la casa rural, como del apego a la tierra. En esas circunstancias, la vivienda supuso para ellos el asentamiento definitivo en la ciudad; un escenario para desplegar su personalidad en un contexto inclusivo de vecindad. 

Surgidos del chabolismo, los barrios crearon el “humus” cultural de la comunidad que alentó la nueva cultura urbanaEn su origen, las protestas de los ciudadanos fueron una respuesta espontánea a las condiciones de vida en las áreas metropolitanas; sobre todo en los periodos de su trasformación en barrio, cuando se iniciaba un mutualismo de base para levantar chabolas y cuidar a los hijos, atraer los cuidados ambulatorios, y formular las demandas de trasporte para poder salir del poblado. La comunidad se mantuvo en los nuevos bloques de viviendas, donde la protesta evolucionó en reclamación de servicios y equipamientos. Pero esto ocurrió más tarde, cuando la reivindicación de una vivienda digna, en un entorno habitable, se convirtió en asociacionismo vecinal e indujo una relación enormemente conflictiva con la Obra Sindical del Hogar, entre unos barrios definidos por un nivel de vida bajo y el monopolio arrendatario del sindicalismo franquista. 

La vivienda resumía la esperanza vital de una gente, que sin hogar no disponían del espacio donde reconstruir los valores de convivencia y privacidad

Del movimiento vecinal surgierone dirigentes, personas que demuestran que saben lo que hacen y que se puede confiar en ellas y, además, son de los nuestros; esto se hizo visible a mediados de los sesenta, cuando las protestas iniciales se convirtieron en reclamaciones, apoyadas en el asesoramiento de técnicos externos (médicos, arquitectos, abogados y asistentes sociales, traídos por los párrocos y, con el tiempo, por CC OO)Los vecinos delegaban en sus líderes, para que éstos les representaran en las instituciones y esperaban de esas personas y sus apoyos técnicos que hicieran su trabajo, llevando sus aspiraciones allí donde se toman las decisiones que pueden resolver problemas. La vivienda resumía la esperanza vital de una gente, que sin hogar no disponían del espacio donde reconstruir los valores de convivencia y privacidad. La lucha por lograrlo sugirió nuevos conceptos que trasformaron el proceso cultural básico en conciencia democrática vecinal. 

Para dotar la política de vivienda en propiedad, el franquismo creó dinero a través del Banco de España e intentó atraer los capitales privados depositados en los bancos; pero las viviendas para una población sin capacidad financiera no atraen inversores. Incluso en las zonas devastadas, la promoción pública chocaba con los propietarios del terreno, que ya habían descubierto en los ahorros de la clase media un mejor comprador. Centro del ideario falangista, la propiedad fue también la solución más útil, porque la inflación se mantuvo el tiempo suficiente para devaluar las cuotas que amortizan la deuda, de manera que los ahorros futuros de los españoles pagaron la vivienda en el momento en que fue necesaria. Y así fue cómo los españoles nos convertimos en propietarios, antes incluso de comprar un SEAT- 600 y soñar con un trabajo para toda la vida. 

La hipoteca que acompaña, irremediablemente, a la propiedad favoreció la trasformación del piso social en activo inmobiliario, apto para convertirse en valor especulativo

La hipoteca que acompaña, irremediablemente, a la propiedad favoreció la trasformación del piso social en activo inmobiliario, apto para convertirse en valor especulativo, a medida que el perímetro de las capitales ensanchaba y se revalorizaban los terrenos. Corremos el riesgo de borrar la memoria y negar la experiencia de los españoles que pasaron del chabolismo a la vivienda social, y nos dejaron su receta contra la especulación: la organización democrática del movimiento vecinal fue capaz de sumar el capital social suficiente, para obligar primero al franquismo, y luego al Ayuntamiento de Madrid y los Gobiernos de 1978, a tener en cuenta el interés general y llevar a cabo los planes parciales, pactados con ellos, en los suburbios de Madrid y Barcelona. Pero la democracia envejece, y el impulso inicial se deteriora. Hoy, en la actual libertad española no disponemos de las organizaciones de base necesarias para llevar a cabo un Contrato social de la vivienda, que logre consensos en torno al bien común del territorio edificable, base del precio de la vivienda y de su consideración social. Ni tan siquiera una Ley del suelo que apele al interés general, de una forma que permita poner la vivienda juvenil por encima del mercado financiero del suelo. 

Hoy, en la actual libertad española no disponemos de las organizaciones de base necesarias para llevar a cabo un Contrato social de la vivienda

En democracia, el interés general de las elecciones, pero un gobierno sin organización social que lo respalde no tiene poder frente a los intereses financieros privados; las inmobiliarias se oponen a la planificación urbana para dotar de suelo público a dos millones de viviendas sociales. La cifra aparece en los informes, y condiciona los presupuestos para realizar la reserva de suelo y la edificación, porque no se pueden aprobar y ejecutar sin un consenso amplio, para los ejercicios que se calculen necesarios. Los mercados financieros del arrendamiento urbano presionan a los gobiernos con tal fuerza, que solo el peso de mayorías organizadas podría enfrentarlos, a ellos y a los vaivenes del centro político.

Sin presión ciudadana la derecha no cederá, porque está cautiva de los intereses inmobiliarios, ávidos por construir viviendas para propietarios solventes

A su vez, la derecha no niega la necesidad, pero apela al riesgo de la deuda pública. La respuesta son los alquileres que, bien administrados, son garantía suficiente, para sostener la inversión a largo plazo en viviendas sociales edificadas con calidad; la hipótesis contraria negaría los cálculos de los propios fondos buitre que están adquiriendo los edificios existentes; porque, todas las cuentas se basan en la inflación inducida por las enormes cantidades de capital global sin ocupación productiva, la cual deprecia la deuda pública a largo plazo invertida en las viviendas sociales, más allá de su interés. Pero, sin presión ciudadana la derecha no cederá, porque está cautiva de los intereses inmobiliarios, ávidos por construir viviendas para propietarios solventes, para lo cual necesitan suelo.

Por lo tanto, la demanda de suelo es la piedra clave para las estrategias de vivienda. Si lo desean, los gobiernos municipales pueden encontrarlo en los centros deteriorados de las ciudades, tanto del derribo de las ruinas cómo de la rehabilitación de inmuebles. Pero, nuevamente, los intereses de los jóvenes chocan con las expectativas del negocio inmobiliario, lo que reitera la necesidad de ampliar la democracia, para convertir la recuperación de los barrios deteriorados en un plan participativo, realmente representativos y muy bien concretados en las necesidades de sus destinatarios. Cómo en los años setenta, la situación exige la creatividad de los arquitectos, porque los españoles jóvenes no reclaman viviendas familiares en propiedad, no compiten con la clase media, solo desean un espacio económicamente asequible y habitable, para abandonar el nido. 

Pensar en una España de propietarios en el siglo XXI sería ignorar la cualidad efímera de los empleos y el dinamismo de la economía actual

Pensar en una España de propietarios en el siglo XXI sería ignorar la cualidad efímera de los empleos y el dinamismo de la economía actual, por muy fijos que sean los contratos garantizados en la legislación laboral. La vivienda en propiedad es solo un premio al ahorro, adicional a la jubilación. Los jóvenes necesitan soluciones que se adapten a la vida líquida que les ha tocado en suerte, con las cuales independizarse y estar en condiciones de luchar por su idea del bienestar. Ya pensarán en la tranquilidad añadida por la propiedad futura, cuando empiecen a construir el relato de su mundo de ayer. 


[i] Estas páginas expongo experiencias sociales investigadas para mi libro: Jose Candela Ochotorena (2019) Del pisito a la burbuja inmobiliaria, editor Publicaciones de la Universidad de Valencia, P.U.V., en la colección de historia del franquismo.

Tiempos de arrendatarios, y no de propietarios