jueves 9/12/21

La posverdad, que sustituye cursimente razón por emoción, permite este lenguaje: Lo que antes eran tendencias, ahora son sensibilidades. Las tendencias hasta podían tener una especie de programas mínimos que confluían, con sus matices, en un programa máximo, sujetas todas ellas por el haz de la disciplina.

Tampoco solía haber congresos a la búlgara, con unanimidades aplastantes, tal como se decía en el propio partido socialista “renovado” (hubo dos PSOE el renovado y el histórico hasta su unificación en 1979 si recordamos bien). En el PSOE actual aún está vigente ese programa máximo, a no ser que subliminalmente haya sido escamoteado. Hay que resaltar que el programa máximo no es el programa electoral, ni el programa de gobierno.

El programa máximo es finalista, los programas electorales y de gobierno instrumentales. Y en el PSOE siempre hubo diversas tendencias, es decir, en lenguaje actualizado, sensibilidades. Por una parte estaban, los Anguiano y del otro los de los Ríos, mediados por los Pablo Iglesias. Luego estuvieron los Indalecio Prieto, los Besteiro y los Caballero. La Transición, a pesar de lo que pueda parecer, nunca ha querido tratar estos asuntos (ni otros, no se fuera a romper la baraja). Por ejemplo, ni está bien explicado por qué Negrín fue expulsado del partido, ni porqué, después de décadas fue readmitido. Todo lo que se dijo contra él no era cierto y se sabe perfectamente. Según Gabriel Jackson (norteamericano) fue una venganza de Prieto. En este caso baste decir que Negrín era la antítesis del coronel Casado, que no era socialista. Negrín proponía la continuación de la guerra, en cuanto estaba convencido de que pronto estallaría la mundial (lo cual así ocurrió: abril -- septiembre) y se enlazarían ambas guerras con apoyo, por fin, de los aliados a los republicanos. Casado, por el contrario, proponía arriar banderas y no continuar una guerra que consideraba perdida. No calificaremos el acto ya calificado en la historia.  

Es importante reseñar que en aquellos tiempos no estaba bien visto apoyar a la socialdemocracia. Era demasiado rosa

Ya en la Transición hubo un pulso para ver quién era más rojo por fuera y rosa por dentro, y a la inversa. Por una lado el PCE, que asumió la bandera bicolor y la monarquía (seguramente precio para la legalización), y por el otro el PSOE de Felipe González, que aún hablaba de república e incluso de dictadura del proletariado. La palabra marxismo desaparecía del ideario, pero quedaría durante un tiempo como instrumento de análisis, lo que no estaba mal. El PSOE histórico nunca había incorporado el término, a pesar de que su programa fue revisado por Marx. El programa máximo habla de toma del poder político, pero en el lenguaje usual el otro término se utilizaba con sinceridad y sin ironía. En el horizonte estaba la preocupación por cuál sería el partido dirigente de la clase trabajadora (aún no se hablaba casi excluyentemente de clase media).

Eran tiempos en los cuales la nacionalización o estatalización (por no decir el siguiente paso, la socialización) de las riquezas nacionales era considerado como necesario y razonable

Es importante reseñar que en aquellos tiempos no estaba bien visto apoyar a la socialdemocracia. Era demasiado rosa. Luego vino la lucha semántica. Fueron los tiempos de aquello de “socialismo es libertad”, y “socialismo en libertad”; matices lingüísticos cargados de sentido pero ingenuos a efectos reales. Si se siguiera el itinerario sorprenderán los matices envaselinados que se utilizaron para llegar al actual neoliberalismo. Socialismo real, socialismo con rostro humano, socialismo democrático, socialdemocracia, estado de bienestar, y al final, lo que impusieron casi mundialmente el Sr. Reagan y la Sra. Thatcher en los ochenta.  

Fue en ese tiempo cuando asesinaron al dirigente socialdemócrata sueco Olof Palme. Tal como ocurre con Malcom X, Kennedy o Martín Lutero King, aún no se sabe quién fue realmente. Dicen.  

Recordar la muerte de Olof Palme lleva a términos y posturas ya olvidados que ninguna resolución actual de partidos socialistas recuperara, al menos por el momento, y por mucho entusiasmo escénico que se ponga. El socialismo sueco de Palme aún hablaba de partidos burgueses (es decir, mantenía actualizado el molesto pero real concepto de clases). 

Eran tiempos en los cuales la nacionalización o estatalización (por no decir el siguiente paso, la socialización) de las riquezas nacionales era considerado como necesario y razonable. No siempre lo razonable es necesario, y viceversa. No se hubiera entendido que se privatizara una empresa estatal rentable que extraía su riqueza del suelo nacional. Menos que se privatizara en beneficio de una potencia extranjera. El gasto público era una necesidad, y bajar impuestos (principalmente a los ricos) no se concebía como progresista. Sostenían que el dinero debía fluir por las venas de la sociedad como la sangre por el cuerpo; que lo contrario producía gangrena. El pacifismo era uno de los nervios fundamentales de esa ideología, y el compromiso con el llamado Tercer Mundo era real. No creemos que Palme se hubiera apuntado a lo de Yugoslavia. Es decir, sabían combinar adecuadamente principios internacionalistas y nacionalistas. Frente al enfrentamiento de las superpotencias optó por la neutralidad, y el gasto militar era considerado como una sangría que erosionaba el llamado estado de bienestar real, que ha sido una de las aportaciones principales de la socialdemocracia escandinava; a la vez que su estado de bienestar no estaba a la cola respecto a los países de la UE 15. Y se valoraba tanto la igualdad como la libertad.  

Es decir, coherencia, mucha coherencia, que es de lo que el mundo actual carece. No podemos ser, a la vez, socialdemócratas (o socialistas) y figurar, por ejemplo, en consejos de administración que son genuina expresión del capital multinacional o nacional.  

Pero lo que hagan las individualidades, después de cambiar de principios, porque así lo han querido, es inevitable. Lo que resulta incomprensible es que tengan seguidores entusiastas que acepten las razones de ese cambio y a la vez pretendan seguir siendo bandera legítima de la socialdemocracia. Es difícil creer en socialdemócratas que alaban a Margaret Thatcher y a su pupilo Pinochet. Y para no caer en el típico pesimismo nacional, digamos que esto no ocurre sólo en España; ocurre también en Europa y en el resto del mundo; que para eso hay libertades varias y sensibilidades distintas. Eso es lo que hay que enmendar inmediatamente, antes que realizar sorpasos ideológicos al revés. 

Sensibilidades y socialdemocracia