sábado. 20.07.2024
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La exposición de realidades económicas es un campo abonado para tergiversaciones, falsedades, fraudes, estafas y mentiras podridas envueltas en vistoso papel de plata. «La economía mundial continúa estando respaldada por puntales económicos sólidos», peroraba el Comité Financiero Internacional de la Junta de Gobernadores del FMI a finales de 2007. Titulatura larga, ideas cortas y equivocadas.

Esto sucedía menos de un año antes de que la quiebra de Lehman Brothers diera el pistoletazo de salida a la peor crisis global desde 1929. Es una muestra de las melosas declaraciones tranquilizadoras de magnates del dólar, instituciones internacionales, gurús académicos paniaguados, políticos seguidistas y jenízaros mediáticos que pavimentaron el camino hacia el desastre iniciado en 2008. Cuando la jabonosa pompa estalló, se nos acribilló con aseveraciones del estilo «ni los más reputados expertos pudieron prever lo que ocurrió». Se trasladó a la opinión pública el mantra de que la catástrofe surgió de la nada, apareció de improviso en el cielo como el meteorito que acabó con los dinosaurios. Solo que al contrario que en la extinción cretácica, aquí los gigantes sobrevivieron mientras los pequeños fenecieron.

¿Qué hay de cierto en lo sorpresivo e inesperado de esos hechos que conmocionaron al planeta? Mucho menos de lo que se ha contado

Pero, ¿qué hay de cierto en lo sorpresivo e inesperado de esos hechos que conmocionaron al planeta? Mucho menos de lo que se ha contado. Hubo quienes previnieron de lo perniciosa que era la senda emprendida y predijeron graves consecuencias, incluyendo economistas serios que, por desgracia, no forman parte de lo que el Sistema y sus portavoces consideran expertos. Para ganarse ese título en un mundo patas arriba, es condición indispensable funcionar al dictado de los que mandan, es decir quienes disponen de la riqueza. Luego, esos laureados técnicos van a cometer las mayores barbaridades, tomando decisiones y ejecutando medidas que dejan el campo cubierto de cadáveres –y no solo metafóricamente–.

Sin embargo, el asunto parecía claro:

Un mercado desregulado, inundado de liquidez y con unos tipos de interés bajos, con burbuja inmobiliaria mundial y unos créditos de alto riesgo en vertiginoso aumento eran una combinación peligrosa. Añádase el déficit público y comercial de Estados Unidos y la correspondiente acumulación en China de ingentes reservas de dólares […] economía global desequilibrada […] las cosas estaban terriblemente torcidas (Stiglitz: Caída libre).

Dado que esta crisis tenía su epicentro en Washington, sus ondas sísmicas alcanzaron la totalidad del orbe. Se extendió rápidamente, hiriendo tanto a las naciones más desarrolladas como a las economías emergentes, y arrasando de paso a los más desfavorecidos.

En este país donde imperan la mediocridad y el servilismo, tuvimos el privilegio de asistir al espectáculo bochornoso de ver al indocumentado director de un medio gacetillero hasta decir basta negar toda autoridad sobre estas cuestiones a los premios Nobel del ramo Stiglitz o Krugman. Que sujetos seguros de que el sobreapalancamiento consiste en apretar demasiado el cambio de marchas pontifiquen ante millones de telespectadores es patético. Peor aún es el discurso de profesionales que, a base de repetir una jerga ininteligible, dejan al personal atónito, boquiabierto y convencido. Recuerdan la reacción de aquel feligrés a los estratosféricos sermones del Fray Gerundio de Campazas de turno: «Qué bien habla, no se le entiende nada».

Una vueltecita por las calles de barrios y suburbios muestra adónde ha llevado a la mayoría la economía neoliberal de Monopoly

Pero una vueltecita por las calles de barrios y suburbios –lugares por los que toda esa ralea en su vida pisará– muestra adónde ha llevado a la mayoría la economía neoliberal de Monopoly. No es creíble que, a pesar de su obsesión por la ortodoxia monetaria y el libertinaje de los mercados, estos individuos no repararan en lo que se estaba cociendo. Parecería más bien que lo ocultaron deliberadamente. Prefirieron pasar por idiotas ineptos antes que por hipócritas estafadores. No obstante, es cierto que su capacidad para predecir las consecuencias de sus elucubraciones teóricas es sumamente restringida, y esto se debe a su intento de disfrazar dogmas filosóficos y políticos de evidencias científicas.

La forma epidémica en la que se expande la leyenda urbana de la competencia de los gurús económicos nubla incluso a mentes despiertas. En el año 2000 el prestigioso periodista Bob Woodward, uno de los que desvelaron el escándalo Watergate, publicó lo que Stiglitz llama «una hagiografía de Greenspan titulada Maestro» (ib.). Este Greenspan, que en su día presidió la Reserva Federal norteamericana, fue uno de los desreguladores en jefe que dejaron el terreno preparado para que el bulldozer de la crisis lo apisonara a conciencia. En 2005 sentenció que «la regulación prudencial está mucho mejor garantizada por el sector privado […] que por el Gobierno, cuya intervención socava un sistema altamente moral» (el subrayado es mío).

Greenspan fue uno de los desreguladores en jefe que dejaron el terreno preparado para que el bulldozer de la crisis lo apisonara a conciencia

Estas inverosímiles afirmaciones, tres años antes de que el caos absoluto y la falta de control de los mercados provocaran la explosión, eran la expresión de su fidelidad a la visión neoliberal del mundo. Pero solo es un personaje, a la postre secundario, de una trama coral. Ni siquiera como malvado tendría especial relevancia. Se limitó a hacer un trabajo de encargo que, de no ser él, habría ejecutado otro. Siempre hay voluntarios para este género de faenas. Lejos de ser un maestro, fue un mero peón.

Unos días después de que los empleados de Lehman Brothers se llevaran sus pertenencias a casa, el G 20 se reunió con gran pompa y circunstancia. Los heraldos del statu quo mundial se apresuraron a lanzar las campanas al vuelo. Los dirigentes políticos iban a poner orden en el desconcierto y todo volvería rápidamente a su cauce, del que nadie sabía cómo era posible que se hubiera salido. En el cónclave se habló de reformas necesarias y urgentes, de responsabilidad de las instituciones financieras, de terminar con la especulación, liquidar el secreto bancario o erradicar los paraísos fiscales. Tales medidas se iban a aplicar inmediatamente para recuperar la buena marcha del planeta. Algunos de los líderes más dados al espectáculo y a las apariciones televisivas estelares realizaron solemnes proclamas como el «vamos a refundar el capitalismo» de Sarkozy.

Clausurada la cumbre, todo quedó en papel mojado. Eso sí, las declaraciones rimbombantes, rebosantes de preocupación por el bienestar de los ciudadanos, digo de los electores, resonaron días y días en pantallas de variados tamaños. En cuanto el verdadero poder, el económico y más en concreto el financiero, levantó un tanto la voz, corrieron a unirse marcialmente al viejo grito de guerra de la bruja Avería en La bola de Cristal: «¡Viva el Mal! / ¡Viva el Capital!».

A principios de 2005, es decir, antes del comienzo de la crisis, en plena época de presuntas vacas gordas, Susan George suministraba algunas cifras sobre la situación creada por el neoliberalismo rampante, triunfante sin resistencia desde los años 80:

Actualmente el 20 % superior de la humanidad recibe más del 80% de la riqueza y el 20% inferior apenas el 1% […]. Las primeras quinientas empresas nacionales controlan un 70% del consumo] mundial […] las doscientas primeras son responsables de aproximadamente una cuarta parte del producto global del mundo (Frente a la razón del más fuerte).

A partir de entonces las cifras no han hecho sino empeorar. El patrimonio de los acaudalados se ha multiplicado mientras la miseria conquistaba sucesivas capas de población. Al mismo tiempo las deudas aumentaban, dando un sentido muy diferente a la frase de Winston Churchill «Nunca tantos debieron tanto a tan pocos», dedicada originalmente a los pilotos de la RAF.

El término neoliberalismo es demasiado blando para definir la realidad que vivimos. Más adecuado y justo sería el de ultraliberalismo

El término neoliberalismo es demasiado blando para definir la realidad que vivimos. Más adecuado y justo sería el de ultraliberalismo. Los métodos de explotación masiva y continuada de productores y consumidores inaugurados durante los consulados de Reagan y Thatcher se nos antojan jurásicos. La despiadada brutalidad con que la Dama de Hierro destruyó la cultura minera aplastando a sus sindicatos resulta igual de anacrónica que los sacrificios humanos aztecas. Ahora las cosas se hacen con suavidad y las víctimas colaboran entusiasmadas en su propia aniquilación, arrancándose ellas mismas el corazón para ofrendarlo a los dioses. Es lo esperable cuando el trabajo, y por ende la posibilidad de un sustento garantizado, va camino de volverse rara avis, y el estado de bienestar el nebuloso recuerdo de una Edad de oro no se sabe si real o soñada. Asistimos a espectáculos tan desoladores como la aparatosa subida en bolsa de una empresa al rumorearse que piensa poner de patitas en la calle a unos cuantos miles de asalariados. Lo más trágico es que muchos ignoran que son peones de esos tétricos juegos a través de sus participaciones en fondos de inversión o de pensiones.

Ante la patológica obsesión por el beneficio que conduce a una sucesión inaudita de desmanes, gobiernos e instituciones supranacionales siguen en estado de parálisis permanente. Como si eso explicara algo, se nos repite: «Es que hoy es la economía quien dirige la política». Bueno, en ese caso la novedad sería relativa, ¿verdad? El problema es que es el negocio, el lucro ciego el que guía a la economía, la cual lleva a su vez las riendas de la política. Se hace bajo cuerda, con sigilo, borrando todo rastro de modo que el Capital se asegure de que pocos sientan la tentación de «sospechar del sistema despótico aplicado para implantar su ideología imperiosa. Una política que se declara "realista" al mismo tiempo que supone la más absoluta indiferencia por la realidad» (Viviane Forrester: Una extraña dictadura).

Falacia tras falacia, el Señor oscuro ultraliberal va a devorarlo todo, hasta aquello que creíamos a salvo para siempre. Teniendo en cuenta lo que está en juego, ya podemos aprestarnos a luchar a brazo partido por los derechos más consolidados. Hay mucho dinero de por medio, y no atrae únicamente a las urracas; también a los buitres humanos.

Si los neoliberales pudieran privatizar la sanidad de todos los países que dependen de un sistema de sanidad público, ello crearía un mercado anual de tres billones de dólares y la privatización de toda la educación pública representaría unos beneficios aproximados de 2,5 billones de dólares al año (George: op. cit.).

Si creemos que el ogro de apetito insaciable va a renunciar a tan suculentos bocados, lo llevamos claro.

El Señor oscuro ultraliberal