sábado 27/11/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Secuelas sociales y políticas del coronavirus

covid

Decía Eugenio d’Ors que lo que no es tradición, es plagio. La pertinaz pandemia y los dañinos epifenómenos colaterales no han dejado ninguna costumbre, hábito, esguince sociológico, ni compostura habitual en pie; es un episodio que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han denomina  la desaparición de los rituales –falta de contacto social- lo que ha supuesto la suspensión de las formas temporales fijas de sociabilidad. Y ello, a su vez, hace de nuestra comunidad en crisis una sociedad plagiaria. El virus acelera la desaparición de los rituales y la erosión de la comunidad; la distancia social destruye lo social, la salvación vendrá, por consiguiente, en tanto plagiemos aquello que hasta hoy era extraño para nosotros. Un plagio que sería parte de nuestra supervivencia no de nuestra vida colectiva. Lo que preocupa es sobrevivir como si estuviéramos en un permanente estado de guerra. La sociedad de la supervivencia pierde totalmente la cualidad de valorar la vida en su plenitud y no puede haber vida plena si la única obsesión es sobrevivir.  

Desde el siglo XX el posmodernismo ha impuesto una ruptura con el sentido común, una inflexión penosa hacia lo autorreferencial y la abstracción. La crisis financiera de 2008 ya impuso en las clases populares la supervivencia social como única posibilidad de existencia colectiva, degradando los salarios hasta el extremo de que el trabajador se ve obligado a ofrecer su fuerza laboral por debajo del nivel de subsistencia, a esa supervivencias social se une ahora incluso la biológica lo que representa un escenario sumamente dramático. El coronavirus ha amplificado las desigualdades de ingresos, sexo y empleo. Para amplios segmentos de la ciudadanía el año perdido de la pandemia amenaza en convertirse en una década perdida pues el daño acumulativo futuro puede ser aún peor que el causado por el propio covid en este primer año.

En España todo este potencial dantesco no constriñe la crisis existencial de la política trufada de corrupción endémica, transfuguismo, ineficacia, clientelismo, cortoplacismo y una oquedad ideológica que hace que cualquier opción que actúe en la vida pública sea intercambiable y de una transversalidad del “todo vale.” Sin referencias intelectuales que compongan un armazón dialéctico, solo queda el pésimo lunfardo del insulto y la diatriba. En el fondo, se trata de una polarización más extensa que profunda en un intento de buscar una apariencia de alternativa política en un escenario demasiado encerrado en el déficit democrático por los poderes fácticos y el pacto de la transición.

La crisis sanitaria e institucional del Estado posfranquista deja al ciudadano en las peores de las intemperies. La minoría mayoritaria de diputados que sostiene al gobierno de coalición, que es la que mejor proyecta la realidad del país, plural y diverso, sufre el constante atosigamiento, opaco o expedito, de los recursos coactivos el Estado en el paradójico contexto de que es el mismo Estado al que esa mayoría  contribuye a gobernar. Es por ello, que los movimientos de Sánchez con Ciudadanos hayan sido un intento de atemperar el incordio que siente el régimen de poder fáctico, incluida la Corona, con esa configuración parlamentaria y con la parte podemista del ejecutivo. En todo caso, es una crisis de Estado posfranquista donde el equilibrio consiste en algo tan precario como que la derecha sea en todo caso un exceso y la izquierda una inhibición.

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