martes. 23.07.2024
cadenas

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Cuando encontré por primera vez, en los más recóndito de la selva, la empresa de los inmortales, después de resolver un enigma matemático, una esfinge holográfica me franqueó el paso, a un palacio demasiado bien conservado, para estar casi completamente abandonado. Aquella vacante era el resultado de ímprobos esfuerzos sindicales y del legendario recorte de la jornada semanal. Sin embargo, tal como se me habían adelantado yo tenía que ayudar a un jefe que no me lo iba a poner nada fácil: cuando apareció el regente-cuidador  ---un riquísimo monarca sin edad--- de aquel insólito lugar, la primera tarea que me encomendó fue alimentar a sus fieras. Siete felinos de grandes dimensiones pululaban por sus jardines, totalmente libres, con ánimo alegre y por lo tanto, la tarea de alimentarlos era bastante arriesgada, máxime cuando tenía que ser llevada a cabo por un personaje nuevo y extraño como era yo.

Obviamente aquel era un caso muy extravagante y no se podía generalizar, pero los privilegios e incluso lujos, que había ido adquiriendo aquel monarca-trabajador a lo largo de los siglos de su inmemorial vida laboral, conformaban un inverosímil contraste con la precaria situación de los jóvenes, o en la que yo mismo me encontraba.

Tras superar la prueba de las fieras -a las que tenía que alimentar con seres vivos- el monarca-cuidador me puso la prueba definitiva para comprobar si era digno de quedarme como lacayo de su pequeño reino: tenía que derrotar a un minotauro nocturno. En aquellos lejanos pagos, corrían malos tiempos para las escasas doncellas vírgenes. No en vano, a falta de un héroe que derrotara al formidable minotauro, de tanto, en tanto, se le ofrecía una ofrenda: es decir, atada a un palo y completamente desnuda, en mitad de la oscuridad de la noche, una muchacha era entregada al monstruo inmisericorde.

__Si derrotas al minotauro nocturno, podrás quedarte -dijo el monarca-cuidador.

Entonces, una vez convocados todos los espíritus de mis ancestros y tras recibir el consejo de los búhos y de las hadas, fabriqué yo mismo una poción mágica con la que derrotar primero al miedo cerval que anulaba, y luego al célebre hombre-toro que asaltaba y mataba, en las noches señaladas, a las muchachas más bellas de la región. Todo sucedió muy rápido, porque había recuperado la fe en mí mismo y cuando al día siguiente me presenté ante el monarca con la cabeza sangrante del minotauro entre mis manos, el monarca cuidador mirándome directamente a los ojos, me pidió un nuevo favor:

__Ahora que confío en ti, quiero que ahora me solicites más horas de trabajo en este palacio libre de monstruos y de insidias.

Naturalmente, yo hice caso al monarca, incluso sabiendo si le concedían esas nuevas jornadas de trabajo, no quedaría lugar para mí, en aquel palacio y tal vez volvería de nuevo a la miseria económica de la que provenía. Pero yo era persona íntegra, que había derrotado mis propios miedos y para mí las horas extraordinarias estaban a punto de comenzar en otra parte, junto a una bella princesa, que había conocido en las escaleras de aquel viejo palacio, y a la que acababa de invitar a hacer un exótico viaje.

Las horas extraordinarias