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miércoles. 17.08.2022

La palabra izquierda refleja una diversidad de posiciones que hay que valorar según los contextos, combinada con otras identificaciones, y que conlleva una triple dinámica renovadora: refuerzo, superación y ampliación. En un artículo recienteRenovación de la izquierda y frente amplio, he analizado las características de la izquierda social y política, en particular los electorados del PSOEUnidas Podemos y sus confluencias y Más País/Compromís, avanzando algunas conclusiones sobre la necesidad de la renovación de las formaciones del cambio de progreso para abordar la creación del llamado frente amplio liderado por Yolanda Díaz con su propuesta inicial de un proceso de escucha para SUMAR

  1. La identificación igualitaria, democrática y solidaria
  2. La dimensión transformadora, clave para una refundación alternativa
  3. La ampliación al centro progresista y la transversalidad 
  4. Una estrategia reformadora democrática-igualitaria

Aquí, como continuación, desarrollo dos cuestiones: la importancia de su identificación igualitaria, democrática y solidaria como un perfil sociopolítico renovado para afrontar la nueva etapa, y la clave para una refundación alternativa que es su dimensión transformadora, con credibilidad de un cambio de progreso real ante las mayorías cívicas, es decir, la apuesta por una firme estrategia reformadora. Todo ello bajo una articulación unitaria, participativa y plural con un liderazgo integrador.

La identificación igualitaria, democrática y solidaria

El sentido de pertenencia o autoubicación de izquierdas (y de derechas y de centro), con los grandes cambios estructurales y sociopolíticos producidos, todavía constituye un componente fundamental para la identificación ideológico-política de la población. Se puede y se debe vincular con otros rasgos sociodemográficos y de cultura política, pero las formaciones sociopolíticas progresistas o de izquierdas configuradas en esta etapa democrática deben contar con ese bagaje de experiencia y cultura sedimentado esta década que conforma una nueva actitud democrático-igualitaria, en defensa de la democracia y el bienestar social, de lo público y lo común. 

El riesgo es caer en la pretensión idealista de considerar la sociedad una página en blanco o completamente fragmentada e individualizada cuyo perfil sociocultural y político-ideológico lo va a construir un liderazgo discursivo con un contenido difuso. En un amplio proceso participativo e inclusivo se tienen que superar los significados ambiguos de los discursos respecto de su significado igualitario-emancipador, es decir, reafirmar una nueva identificación progresista, popular o de izquierdas renovadas. 

El factor clave es el papel transformador sustantivo de las relaciones desiguales y dominadoras que constituyen, para las mayorías populares, la principal trayectoria vital a revertir. Y esa experiencia popular se conecta con unos valores que no son otros que la igualdad, la libertad y la solidaridad de la tradición de izquierdas, democrática y republicana, convenientemente reinterpretada y renovada. Por tanto, estamos ante un proceso complejo de combinar continuidad, renovación y superación de las prácticas sociales y las identidades colectivas que configuran los nuevos sujetos o espacios transformadores.

Son los fundamentos de la nueva expectativa del proceso de SUMAR para configurar una nueva representación política, plural e integradora

En todo caso, hay que diferenciar los dos planos: las tendencias y configuraciones sociales, y las características y nominaciones de las representaciones políticas. La expresión Ni de derechas ni de izquierdas, en el terreno ideológico puede significar solo centrista (con una pequeña minoría que dice ser apolítico o que no se define), pero en el terreno político-electoral puede expresar, como en el 15-M, la oposición al PP y PSOE, al bipartidismo gobernante, por su gestión neoliberal, autoritaria y regresiva de la crisis, y desear un nuevo espacio político, del que emergió Podemos y sus confluencias y la renovación de Izquierda Unida

El nombre y la articulación del proceso de protestas sociales y las llamadas fuerzas del cambio de progreso ya no expresaba una referencia político-ideológica convencional (izquierda, socialdemocracia, socialista-laborista, progresista, feminista, ecologista, nacionalista…) sino una alternativa multidimensional o transversal a esas corrientes; pero, sobre todo, con una actitud y capacidad transformadora en un sentido democrático-igualitario y diferenciada de las élites gobernantes anteriores. Su carácter estaba dado por la experiencia y el contexto inmediato relativamente nuevo: era fundamentalmente democratizador, progresivo y de justicia social; es decir, nuevo y, al mismo tiempo, inserto en la tradición igualitaria y democrática de las mejores izquierdas, no de las derechas ni del centro, aunque las señas ideológicas eran todavía parciales y en pugna interpretativa por su significado, su nominación y su representación.

Ahora nos enfrentamos a otro rasgo problemático, tal como he desarrollado en otro texto sobre la desconfianza en los partidos políticos: “La crisis de intermediación”. Afecta a la credibilidad de la representación político-institucional, también de las izquierdas, y a las formas de articulación orgánica y participativa y la regulación de su pluralidad y liderazgo, sobre lo que habrá que volver.

Y llegamos al proyecto anunciado de frente amplio con nuevos liderazgos como culminación del proceso de SUMAR, con una pertenencia colectiva progresista transformadora y un perfil ideológico de izquierda renovada o neolaborismo con componentes transversales con un encaje todavía por determinar. Esas tres palabras reflejan unidad de un conglomerado de grupos sociales y fuerzas sociopolíticas y aspiración mayoritaria, junto con una actitud integradora. Su sentido histórico-contextual lo da la experiencia democrática progresista de esta década sobre la articulación alternativa en España (y otros países del sur europeo) y, salvando las distancias, la referencia política en varios países latinoamericanos.

La dimensión transformadora, clave para una refundación alternativa

Ante las dificultades para levantar una identificación ideológica nueva y aparte de echar mano, más o menos reactiva o utópica, de las identificaciones fragmentarias existentes, se ha solido sustituir el relativo vacío y la diversidad ideológica por menciones a su adscripción sociodemográfica (gente, pueblo…). Tiene la finalidad de legitimación cívica sin una identificación ideológica fuerte, aunque la autoubicación mayoritaria de sus bases sociales era y sigue siendo de pertenencia a las izquierdas, aun en una densidad débil y con mezclas diversas de su identidad múltiple y abierta. 

Esa desideologización o eclecticismo tiene su parte positiva, al adaptarse de forma pragmática y multilateral a la realidad. Pero también tiene su inconveniente de posibilismo adaptativo y dispersión, al infravalorar un proyecto común, una articulación solidaria y una estrategia compartida, sustituidos, a veces, por un hiperliderazgo y un activismo discursivo. Sin avanzar en ese ámbito de perfil ideológico o proyecto estratégico de país, lo que queda es el utilitarismo inmediatista o la pelea por el ventajismo organizacional, que hay que superar por una dinámica progresiva, igualitaria-emancipadora e integradora, y un modelo social y democrático avanzado, lo que supone renovación y superación de lo existente.

La diferenciación de cultura política o identificación ideológica tiene su correspondencia con las tres grandes tendencias sociopolíticas: involución regresiva y autoritaria en el caso de las derechas reaccionarias; continuismo centrista o socioliberal en gran parte del consenso europeo liberal-socialdemócrata, con el añadido del actual rearme atlantista, y de progreso o transformador, con el refuerzo de una estrategia democrática y de justicia social. El actual gobierno de coalición en España es un punto intermedio, con un consenso mínimo, entre la tercera y una parte de la segunda opción y ante la amenaza de la primera. Junto con sus alianzas con el nacionalismo periférico y el abordaje de la plurinacionalidad, tiene la tarea de ganar las elecciones generales e impulsar la siguiente legislatura de firme transformación progresista y democrática. 

El eje articulador de las tendencias sociopolíticas de fondo, asociadas a esas tres grandes opciones ideológicas, es el alcance transformador de las políticas públicas y su orientación progresiva (o regresiva), particularmente ante esta prolongada crisis social. Por tanto, el sentido real y sustantivo de los cambios político-institucionales se vincula a cómo se afrontan los problemas y las demandas persistentes de las mayorías ciudadanas, principalmente las condiciones vitales y sociolaborales de la ciudadanía, articuladas en un proyecto reformador democrático-igualitario de país. Problemas que el propio CIS también señala y cuya interpretación y conversión en políticas públicas y legitimación de actores están sometidas a fuerte pugna por su legitimación y gestión. 

Su desarrollo dependerá del reequilibrio de fuerzas en el próximo gobierno progresista de coalición y el nivel de activación cívica y popular para empujar en ese proceso transformador. Es la perspectiva para la triple dinámica renovadora: refuerzo, superación y ampliación de las izquierdas y fuerzas progresistas para ganar las elecciones generales y avanzar en un cambio de progreso. Ese perfil reformador y esa dinámica transformadora deben ser claros y creíbles. Es la tarea liderada por Yolanda Díaz que comienza ahora.

La ampliación al centro progresista y la transversalidad 

Una de las tareas de las izquierdas o fuerzas progresistas es la consolidación y ensanchamiento de sus bases electorales, considerando que hay fuertes tendencias abstencionistas y cierta desafección popular, precisamente por la falta de eficacia reformadora que afecta de forma desigual a sus dos partes, la socialdemócrata y la transformadora o alternativa. 

Anteriormente he analizado el sentido de la nueva apuesta de frente amplio a través del proceso de SUMAR liderado por Yolanda Díaz. Ahora trato la actitud hacia el centro social e ideológico, una parte del cual se puede considerar progresista y en disputa con las opciones de centro derecha, aparte de los nacionalismos periféricos, y la necesidad de una firme estrategia reformadora democrática-igualitaria. 

En otro texto, “Significados de la transversalidad”, he explicado la complejidad y los distintos sentidos de esta palabra, transversal. Aquí me detengo en la distinción entre dos actitudes. Una, la de las estrategias políticas para modificar esa actitud centrista del electorado hacia la izquierda, con la reafirmación de dinámicas cívicas y demandas comunes de sectores progresistas consideradas transversales que pueden incrementar el aval representativo de las izquierdas; y otra, el quedarse en su simple representación, suavizando las políticas transformadoras y los discursos críticos de las fuerzas políticas progresistas para hacerse más amables y representativas en ese sector centrista en detrimento de la firmeza reformadora de las condiciones de las mayorías sociales subalternas. 

Esta última posición ha sido la experiencia mayoritaria de la socialdemocracia europea desde los años noventa en su desplazamiento político y discursivo hacia la tercera vía o el nuevo centro, todavía influyente y que ha demostrado ser un fiasco representativo, particularmente en Francia. Supone la dilución de un proyecto reformador progresista y la justificación de la gestión política por el supuesto ensanchamiento electoral de unas medidas centristas o continuistas, incapaces de abordar las grandes insuficiencias socioeconómicas y democráticas que padecen las mayorías populares, especialmente en los momentos de crisis social y conflicto sociopolítico. 

Al final, el posibilismo político se adecua a la contemporización con los poderes económicos, institucionales y mediáticos y no al específico estado de opinión y las demandas de las mayorías sociales. De ahí la crisis continuada de legitimidad pública de las opciones centristas como representación de las izquierdas sociales. A los poderosos les queda la derecha dura y pura; a las mayorías sociales se les genera un vacío de su representación institucional tradicional, en espera de su nueva recomposición. Es la experiencia de esta última década de reestructuración de la representación política, incluidos los procesos de desconfianza popular en la política y los partidos. 

En España, salvando la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, esa inclinación centrista en la izquierda gobernante ha sido dominante en el Partido Socialista hasta la reorientación sanchista, forzada por la necesidad de sumar apoyos frente a las derechas, para la moción de censura al Gobierno de Rajoy (2018); así se llegó al acuerdo gubernamental con Unidas Podemos (2020) con el aval de los grupos nacionalistas periféricos, cuyo conjunto ya tenía suficiente representatividad parlamentaria desde el año 2015. 

El problema es la debilidad de la determinación estratégica por parte de la dirección socialista para reforzar un proyecto de progreso consecuente con una alternativa política reformadora y de alianzas creíbles para las elecciones generales de 2023. Es lo que subyace en la pluralidad del campo progresista y se expresa en la pugna entre las tendencias continuistas con su geometría variable y las dinámicas transformadoras por un auténtico giro social, democrático y plurinacional, en el marco de las dificultades contextuales y la oposición agresiva de las derechas. 

Cuando las estructuras institucionales y socioeconómicas, el mercado, adoptan políticas regresivas todavía es más importante un reformismo fuerte de carácter progresivo. Una gestión política de reformas parciales no compensa suficientemente la dimensión de los retrocesos impuestos a las capas populares.Estas se encuentran peor que antes y exigen responsabilidad a las instituciones públicas que no pueden justificarse en su incapacidad para revertir la involución social y democrática. Es cuando se produce incomprensión y desafección social a la gestión timorata o insuficiente. 

En una situación normalizada de crecimiento económico y progreso social las pequeñas reformas progresistas son positivas; añaden avances. En una situación de crisis social y dinámica regresiva de incremento de la desigualdad y la discriminación se necesita un reformismo fuerte y más generalizado, no solo para paliar parcialmente sino para asegurar una situación y una esperanza creíble de mejora vital a las mayorías sociales. Es la necesidad de la actual estrategia frente a la inflación que pasa por revitalizar las funciones del Estado: reguladora (precios y oligopolios), protectora (prestaciones, servicios públicos) y redistribuidora (reforma fiscal progresiva).

Lo normal en las izquierdas, con los equilibrios actuales de la relación de fuerzas parlamentarias, es intentar acuerdos con una combinación de ambas tendencias, paliativa y transformadora, siempre en tensión entre las tres patas que garantizan la gobernabilidad del cambio de progreso: el centroizquierda socialista; el conglomerado alternativo o transformador que surge de Unidas Podemos y el proyecto de Yolanda Díaz, y los sectores nacionalistas periféricos. La cuestión es evitar la desafección o desmovilización de las bases sociales progresistas, derivada de la reducción de la prevalencia de intereses y la representatividad en su propio campo popular y de izquierdas, o sea, por la relajación del cambio progresista, tal como he señalado en “La crisis de intermediación”. 

Una estrategia reformadora democrática-igualitaria

Según el CIS, se consideran de izquierda el 40% de la población, el 26% de centro y el 28% de derecha (el 6% restante No sabe/No contesta). Por otro lado, hay que tener en cuenta que hay un relativo estancamiento en la conformación de esos grandes espacios -derecha, centro, izquierda- que solo se transforman a través de profundas experiencias sociopolíticas, variaciones de la credibilidad de las distintas representaciones políticas y liderazgos y cambios culturales y materiales de fondo en sus bases sociales. Son cuestiones que en esta década se han modificado con el efecto de la reducción de la credibilidad del bipartidismo gobernante y con una activación cívica que fructificó en el ensanchamiento y refundación de las fuerzas alternativas, con una recomposición de la representación institucional y, finalmente, en el Gobierno de coalición progresista y la etapa reformadora actual, que las derechas se empeñan en finiquitar. 

Ante la nueva reacción derechista, nacional-españolista y conservadora, lo que se ventila para el próximo ciclo electoral son tres condiciones: el alcance de la reafirmación del campo sociopolítico de izquierdas; el reequilibrio representativo entre las dos tendencias de su composición interna, y, aparte de evitar el abstencionismo de izquierdas, ensanchar el apoyo electoral hacia el centro progresista, hoy minoritario pero significativo para conformar mayorías parlamentarias frente a las derechas. 

Pero ese campo popular y crítico, con componentes comunes y transversales, es plural y se expresa de forma diferenciada en los dos ejes básicos: el democratizador, incluido el modelo de Estado, la regulación del peso preponderante de los poderes fácticos e internacionales, la plurinacionalidad y la convivencia social e intercultural; y el de la justicia social o igualitario-emancipador, frente a la desigualdad socioeconómica, salarial y de género y la discriminación sociocultural. Es el punto de diferencias políticas, tensión gestora y comunicativa y necesaria negociación y acuerdo.  

Supone la apuesta por un refuerzo del Estado de bienestar, la protección social y los servicios públicos con una reforma fiscal suficiente y progresiva, al mismo tiempo que la sostenibilidad medioambiental y la modernización económica y productiva. Por tanto, hay que precisar los equilibrios relacionales y programáticos de un pacto sociopolítico amplio y duradero para esta década desde la perspectiva de un fuerte reformismo.

La sedimentación de los rasgos ideológicos diferenciadores de esas tres grandes corrientes -izquierdas, centros y derechas- dura más de dos siglos; su composición y significado han cambiado, aunque esa relación comparativa ha permanecido. De forma sintética, en el caso de las izquierdas (europeas), podemos decir que sus señas de identidad están constituidas por los valores igualitarios y democráticos, frente a la subordinación relacional y el autoritarismo conservador, así como por las políticas redistribuidoras, protectoras y reguladoras del mercado junto con la importancia de lo público y lo común, frente a las posiciones insolidarias y mercantilistas de las derechas.

Tres dinámicas globales han cambiado o superado esa gran tradición de izquierdas democráticas, sin hacer distingos entre opciones socialdemócratas, eurocomunistas, laboristas, radicales o anarquizantes: la relativa renovación temática, expresiva y de discursos, impulsada por los nuevos movimientos sociales (feministas y LGTBI, ecologistas, pacifistas, antirracistas…) desde los años sesenta y setenta, que configuraron la llamada nueva izquierda renovadora; el giro socioliberal, en los años noventa, de la mayoría de la socialdemocracia europea hacia la tercera vía o nuevo centro, así como el declive del eurocomunismo (y la desaparición del bloque soviético);la ofensiva neoliberal y globalizadora de las derechas, al mismo tiempo que el giro autoritario y ultraconservador de las nuevas derechas reaccionarias; la respuesta popular progresista e indignada, a raíz de la crisis socioeconómica y las políticas prepotentes de austeridad de hace una década, con la reconfiguración del nuevo espacio alternativo llamado ‘violeta, verde y rojo’, o bien progresismo de izquierdas con un fuerte componente feminista y ecologista y, en España, con gran peso de la necesaria democratización institucional y la articulación de la plurinacionalidad. 

Así, más allá de las controversias, a veces estériles y unilaterales, entre dinámicas materialistas o postmaterialistas y entre objetivos de cambio estructural o cultural, la nueva etapa, todavía más tras la pandemia y la guerra en Ucrania, con sus graves consecuencias sociales, económicas y políticas, está exigiendo un giro político, una estrategia reformadora democrática-igualitaria. Se trata de una combinación de los cambios socioeconómicos, político-institucionales y culturales, así como una interacción y articulación de los espacios y sujetos sociales y políticos de nuevo tipo, junto con sus correspondientes referencias simbólicas, teóricas e identificadoras. Supone aumentar el apoyo social a una dinámica transformadora progresista.

Es el reto para el refuerzo de un cambio de progreso con un proyecto de país a medio plazo. Son los fundamentos de la nueva expectativa del proceso de SUMAR para configurar una nueva representación política, plural e integradora, así como superadora de las insuficiencias y límites de la izquierda tradicional y la experiencia alternativa de esta década. Y en el horizonte consolidar la coalición progresista con una fuerte estrategia reformadora para ganar las elecciones venideras con el necesario giro social y democrático.


Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid | Autor del libro “Perspectivas del cambio progresista

Un reformismo fuerte