viernes. 12.07.2024
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Stephen Jay Gould. (Foto: Mundo Obrero)

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Los prejuicios ideológicos, las ideas recibidas y las creencias ciegas provocan negativas cerradas a reconocer evidencias. Esto sucede también con verdades científicas probadas una y otra vez, sin resquicio para la duda razonable. El ejemplo más palmario es el delirio creacionista, que recuerda a aquel pintor de paredes empeñado en agarrarse a la brocha al ver que le retiran la escalera. Ellos siguen erre que erre con su producción de cuanto existe en un maratón de seis días, hace unos pocos miles de años. ¡Y pensar que no acabamos de dar crédito a Rojas cuando afirma que escribió Tragicomedia de Calixto y Melibea en unas vacaciones salmantinas de dos semanas! Pero a despecho de su notable incidencia en ciertos ámbitos, en particular estadounidenses, de la abundancia de medios materiales a su disposición o de su crecimiento, no pasa de ser un residuo folklórico.

Más persistente y peligrosa es esa versión distorsionada del proceso evolutivo que insiste en postularlo como siempre tendente a la mejora, alcanzando metas cada vez más óptimas. Ese constructo está destinado a colocar al hombre, ese ser racional y avispado hasta decir basta, en el pináculo del universo. Tan especial criatura sería el no va más al que todo se dirigía desde el principio. La única diferencia entre esta forma de razonar y ese creacionismo blando que es el diseño inteligente estriba en que no demanda la presencia de un diseñador. Aun así, la noción de que estamos ante alta costura de lo más chic, y no un prêt-à-porter cómodo y funcional, sigue a la orden del día en el gran público, e incluso en círculos científicos.

La evolución no tiene una dirección, un objeto, una finalidad. Es un desarrollo no predeterminado en el que actúan multitud de factores que lo encaminan en uno u otro sentido

Sin embargo, aunque esto rompa el bonito cuento de una escalada imparable hacia la perfección, la ciencia ha demostrado sobradamente la falsedad de esta idea. La evolución no tiene una dirección, un objeto, una finalidad. Es un desarrollo no predeterminado en el que actúan multitud de factores que lo encaminan en uno u otro sentido. Responde a las necesidades perentorias de individuos y especies: sobrevivir y reproducirse. Si para eso, en algún momento, debe renunciar a componentes más logrados y en cierto modo regresar, lo hace. Pensemos en los animales que, en una isla apartada, acaban disminuyendo su tamaño, aspecto del que pueden prescindir en tal circunstancia. Esto afecta igualmente a los humanos, como parecen testimoniar los fósiles del hombre de Flores.

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Enjutas de San Marcos.

El hiperadaptacionismo extremo, que entiende todo rasgo de una especie en términos de adaptación especializada, debe más a la exigencia de ley y orden en el universo que a las pruebas científicas. Por eso levantó tanto revuelo, en el mundillo de los biólogos, el artículo de Gould y Lewontin Las pechinas de San Marcos y el paradigma panglossiano: crítica del programa adaptacionista. La visualización, en la catedral veneciana, del uso artístico de los huecos dejados libres por los arcos que sostenían la cúpula, despertó una asociación con la historia de la vida. En las cuatro enjutas habían sido pintadas las imágenes de los evangelistas, cada uno a su vez conectado con los cuatro ríos bíblicos. Esos recovecos no habían sido concebidos para acoger sus efigies; simplemente se aprovechó la existencia de un elemento secundario, un subproducto. Extrapolando a la biología, se podía presumir que determinadas estructuras no fueron generadas por selección natural para cumplir su función actual, sino que se llegó a ellas por otras razones. Se trata de una exaptación, no de una adaptación. De hecho, hoy se admite que las plumas fueron en principio un mecanismo de termorregulación, y solo más tarde se usaron para el vuelo.

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Equilibrio interrumpido.

Gould siempre ha tenido la singular habilidad de atraer los rayos jupiterinos de la corriente rutinaria de la profesión. Influye en ello su talento de divulgador, que ha colocado muchas obras en las listas de best sellers americanas y europeas. La envidia es una enfermedad endémica en algunos medios académicos. Su colosal capacidad de trabajo le permitió publicar a la vez textos técnicos fundamentales, en particular La estructura de la teoría de la evolución, tocho de 1400 páginas que constituye la summa sobre el tema. Claro que, en ciertos casos, los tiros le venían desde otro frente. Junto con Niles Eldredge, concibió la tesis del equilibrio puntuado, que puede sintetizarse diciendo que la especiación –la aparición de nuevas especies– no se debe a la acumulación de pequeñas adaptaciones, sino a cambios radicales y repentinos.

Inmediatamente se censuró a los autores por urdir una doctrina marxista de la evolución y politizar la sacrosanta Naturaleza. El que Gould procediera de una familia notoriamente izquierdista fue instrumentalizado a fondo por sus opositores. Que los orígenes de Eldredge fueran otros no entraba en la ecuación. El destacado biólogo Brian Goodwin resume la caza de brujas a la que fue sometido el primero, y a su rebufo el segundo, diciendo que «fue acusado de introducir doctrinas revolucionarias en la biología de manera furtiva. Esto es pura bazofia. Lo único que hacía era señalar lo evidente». Como muchos otros paleontólogos, estaba altamente intrigado por que el registro fósil no proporcionara muestras de gradualismo. Si las piezas corroboraban algo, era que el saltacionismo no es una creación teórica: está ahí, delante de nuestras narices.

Además, es completamente lógico y muy útil para la ciencia que las circunstancias familiares, educativas y sociales de alguien le faciliten la dilucidación de causas y procesos que a colegas de otros horizontes se les escapan. Si todos miran con los mismos ojos, es obvio que todos verán lo mismo. Se necesitan nuevas perspectivas, mente despierta y corazón limpio para enfrentarse a los estereotipos establecidos y los modelos consagrados.   

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