viernes. 19.07.2024

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Las sociedades modernas se diferencian de sus predecesoras en buena medida por la capacidad y necesidad de pensar la igualdad. Ello les plantea contradicciones al verse impelidas simultáneamente a desplegarse por la vía de la producción industrial. Puede decirse que la forma de afrontar, resolver, incluso negar estas contradicciones, es definitoria de los distintos modelos filosófico-políticos desde la entrada en la modernidad hasta nuestros días. Y, sin embargo, todos estos modelos han sostenido a las instituciones del patriarcado, las cuales representan el fundamento, el andamiaje, el remache, de la desigualdad de género, al pasar inadvertidas para las herramientas de análisis que la propia sociedad privilegia. 

Desigualdad contra las mujeres que, no lo olvidemos, está presente en cualquier segmento social que se nos ocurra, por supuesto también en aquéllos que se definen por los privilegios de que gozan sus miembros. No es que nuestra sociedad de la información (denominarla “del conocimiento” es, dependiendo de quien ande detrás, ingenuidad o algo peor) sea incapaz de producir herramientas de análisis, es que detrás de la manía enfermiza de medir, contabilizar y comparar todo se esconde, en ocasiones travestida (como cuando se habla de violencia de género exclusivamente en esos términos cuantitativos), la ideología neoliberal, que es precisamente la más interesada en zanjar por la vía rápida el asunto ese de la desigualdad (la obsesión por la medida reporta escaños al tiempo que genera dependencia de los indicadores, lo que condena en demasiadas ocasiones a ciertas opciones de izquierda a la paradoja de acabar dependiendo del mantenimiento de los problemas que combate).

La mitificación es una eficaz herramienta del patriarcado que permite alejar lo suficiente en el tiempo los conflictos entre hombres y mujeres

Claro que no nos estamos refiriendo ahora a instituciones como la escuela o hacienda, que son formalmente garantes de la igualdad frente a la ley salvo para quiénes pueden vivir sin sobresaltos de espaldas a ellas, como la corrupta monarquía; sino a otro tipo de instituciones, como la familia, la maternidad, la prostitución, que certifican, al pasar por ellas, procedimientos específicos para un ejercicio de la ciudadanía que permite conciliar dos modelos desiguales, uno dominante masculino y otro dominado femenino.

Al margen de lo obvio, la diferencia entre una institución en sentido clásico y una institución propia del patriarcado radica en que, mientras existe un contrato social que legitima a las primeras, y que prevé y justifica que éstas puedan poner límites, llegado el caso, a la libertad individual (la escolaridad es obligatoria para un rango de edad determinado, no elegimos poder hacer o no la declaración de la renta), las instituciones del patriarcado se manifiestan ajenas a todo contrato social, tendiendo por ello a pasar desapercibidas y justificando su existencia, pretendidamente, por todo lo contrario, es decir, como fruto lo bastante maduro del ejercicio directo de la libertad individual: de este modo, casarse, tener descendencia o dejarse prostituir quedan ya en disposición para ser presentadas como meras elecciones individuales.

Pero este último punto es del todo falaz. En ausencia de contrato social, la legitimidad de la institución del patriarcado no puede ser tal, por lo que tiene que ser remplazada por un sujeto incontestable, que en una sociedad que abandona el Antiguo Régimen es paulatinamente la naturaleza en detrimento de dios. Por eso, si queremos ser eficaces, hay que situar al patriarcado y a sus instituciones en la modernidad, aunque las mujeres hayan sido objeto de discriminación desde bien antes. Igualmente, es necesario distinguir a las instituciones del patriarcado, que tienen un carácter sociocultural, de aquéllas propias del estado moderno, que sí son legítimas, y que, por tanto, pueden remplazar a dios desde la razón. En este sentido, el estado moderno necesita proponer instituciones como soporte de las normas que empieza a no poder dictar dios, pero que, por ello mismo, tienen que ser lo suficientemente convincentes como para darle relevo. Normas que sirven para plantear políticas formales que responden a planificaciones racionales, también cuando se trata de garantizar la igualdad (igualdad estructural), las cuales a su vez necesitan orden para su despliegue. Y es ahí donde, paradójicamente, la igualdad real entre hombres y mujeres representa un obstáculo, y donde también la naturaleza echa una mano salvadora al patriarcado. Entre otras cuestiones porque la naturaleza, no así la biología, se presenta como el más reconocido garante de neutralidad ideológica. 

El machismo aparece totalmente blanqueado, mostrándose como ideológicamente neutro, mientras que a las mujeres se les tutela cuando intentan erigirse en sujeto político

En efecto, es mucho más efectivo que la naturaleza se adelante a la razón para legislar que un sexo se encargue en exclusiva del trabajo productivo fuera de casa para que el otro pueda asumir el deber de lo meta-productivo: esto es, aquellas tareas que hacen posible que el señor de la casa pueda desentenderse de todo e irse al trabajo planchado-inmaculado-alimentado, y con la descendencia bajo control, para encontrar al volver de él, ya fatigado, a alguien a su entera disposición, también, faltaría más, en el sentido afectivo-sexual. Toda esta organización no es espontánea, sino que bebe directamente de políticas concretas que falsifican a la naturaleza, logrando asignar inequívocamente deberes y derechos a uno y otro sexo, por descontado más de los primeros a ellas (cargas), más de los segundos a ellos (privilegios). 

¿Cuántas veces no habrán oído la estupidez de que en la prehistoria, así en general (como si en ella se diera una especie de globalización), el hombre salía a cazar mientras que la mujer se quedaba en la cueva? La mitificación es una eficaz herramienta del patriarcado que permite alejar lo suficiente en el tiempo los conflictos entre hombres y mujeres como para que aparezcan resueltos neutralmente desde el principio por la naturaleza. De este modo, no sólo se convierten en inevitables, además hacen inservible e improcedente toda planificación racional propia de un estado moderno para abordarlos, al haberlo hecho ya la naturaleza “en el origen de los tiempos”. A la lúgubre luz de esta lectura, el machismo aparece totalmente blanqueado, mostrándose como ideológicamente neutro, mientras que a las mujeres se les tutela cuando intentan erigirse en sujeto político, presentándose el feminismo como un desafío ingenuo e infantil a la naturaleza que no merece ser tomado en serio. 

Por tanto, estas políticas generadoras de desigualdad no son fruto de una planificación racional, sino que dependen del sentimiento individual de pertenencia a uno y otro sexo, así como de la asunción individual de los deberes que van ideológicamente aparejados a cada uno de ellos. Por ello se ponen en práctica mediadas por sentimientos que envuelven eficazmente derechos y deberes: la humillación que puede sentir un marido al ponerse a limpiar un inodoro, la mezcla de pena y culpabilidad que siente una madre al imaginar a su hijo cenando cualquier cosa fría en su piso de estudiantes. Es el afloramiento coactivo de esos sentimientos, aprendidos en contextos colonizados por una ideología machista supuestamente neutral, lo que se confunde con el ejercicio de la libertad individual. A estas políticas invisibles pero concretas, mediadas por unos sentimientos que se travisten de libertad individual, con gran capacidad para movilizar a la gente en uno u otro sentido en función de su sexo, se les denomina con frecuencia “políticas emocionales”, y en mi opinión representan el fundamento de las sociedades patriarcales modernas. Fundamento invisible contra el que es muy difícil legislar. 

Políticas emocionales, o cómo secuestrar la libertad individual de las mujeres dentro...