martes 26.05.2020
HOMENAJE AL GRAN ESTUDIOSO DEL CEREBRO HUMANO

Un privilegio, Mr. Sacks

Personas como el neurólogo Oliver Sacks -fallecido el domingo a los 82 años- pertenecen a una categoría en la que caben pocos: la de quienes serán recordados con agradecimiento por haber iluminado un terreno hasta entonces en sombra. A través de su obra, la neurología resulta tan fascinante o más que la magia de lo espiritual.

oliver-sacksLa muerte democratiza, dicen. No mira linajes ni patrimonios, y desdeña si aquel al que se lleva ha exprimido la vida o la ha dejado pasar como un largo domingo. La única meritocracia es la del recuerdo que se deja en los otros. La memoria es el verdadero juicio final tras el fallecimiento: los mezquinos se evocan con desprecio, los apáticos se olvidan y la buena gente se rememora con gusto en las sobremesas. Personas como el neurólogo Oliver Sacks pertenecen a una categoría en la que caben pocos: la de quienes son recordados por muchos con agradecimiento por haber iluminado un terreno hasta entonces en sombra. 

Abrí por primera vez uno de sus libros cuando estudiaba Filosofía. Estaba cansada de teorías nebulosas que tan solo memorizaba: mi percepción de la realidad era la misma antes y después de haberlas aprendido. Había recalado en esa carrera para cuestionármelo todo y tan solo estaba consiguiendo acumular citas con las que lucirme en reuniones. Sacks vino a salvarme. Antes de toparme con él, mi concepto de la neurología no distaba mucho del habitual. Aunque había oído la cantinela de que el siglo XXI era -y así sería- el del cerebro, daba por hecho que el conocimiento de un órgano de formas arabescas y funcionamiento complejo quedaba limitado a los expertos. Sin embargo, a través de cada caso clínico relatado en obras como Un antropólogo en Marte o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, aquel ámbito no solo dejó de amedrentarme sino que -¡al fin!- trastocó mi forma de ver el mundo.

En sus narraciones, daba cuenta de casos clínicos en los que el cerebro había dejado de funcionar a la manera acostumbrada debido a una lesión o a una excepción congénita. Los efectos de esas desviaciones de la norma resultaban fascinantes: percibir sin ver, dejar de entender los rostros, verse condenado a un mundo sin color... Las explicaciones que acompañaban a cada caso, asombrosamente accesibles para una profana como yo, no desembocaban en conclusiones lapidarias. Sacks restaba penumbra a los enigmas, pero no pretendía sentar cátedra. Deseaba ante todo que sus lectores compartieran su fascinación por el funcionamiento cerebral y que tuvieran en cuenta sus grandezas y miserias. 

El cerebro es un órgano poderoso pero que también engaña, y cuyas lesiones manifiestan que la realidad y nuestra percepción de esa realidad son dos cosas muy distintas. Que haya evolucionado de forma tan útil para nuestro dominio de la naturaleza no significa que nos dé acceso a un conocimiento objetivo. Ese hecho constituye toda una cura de humildad en este tiempo de opiniones cerradas a la duda, de fanatismos y tribus enfrentadas. Los textos del neurólogo británico provocan fascinación y modestia al tiempo. El órgano, y por tanto el ser humano, se revela extraordinario pero falible.

Quizá su mayor aportación a la cultura popular sea la de convertir un reduccionismo de primeras deprimente -aquel que define lo mental en un fenómeno meramente corporal, desprovisto de toda metafísica- en algo cautivador. A través de sus libros, la neurología resulta tanto o más fascinante que la magia de lo espiritual. Ya no hay alma: un simple fallo orgánico puede poner patas arriba quienes somos o creemos ser. Pero, como hiciera Carl Sagan en el ámbito de la astronomía, Sacks convirtió en arrebatador el objeto científico, la realidad desnuda de trascendencia. 

Su labor de divulgación no fue solitaria. Otros muchos, como Antonio Damasio, Steven Pinker o V. S. Ramachandran, han volcado su sabiduría neurológica en libros extraordinarios que recomiendo. Sin embargo, Sacks ha sido de todos el más popular, porque a su conocimiento se le unía el talento para comunicar, un don curioso en un hombre que se reconocía desprovisto de fluidez en lo social.

La ciencia no nos da razones últimas, pero la luz que pone sobre el mundo lo embellece hasta embriagarnos

Quizá el ser humano se siga preguntando siempre por el sentido de la vida, pero cada contribución a hacer de la naturaleza algo deslumbrante resta ansiedad a la cuestión. Un relato desprovisto de significado resulta consolador si es hermoso, y eso parece ocurrir con la existencia: la ciencia no nos da razones últimas, pero la luz que pone sobre el mundo lo embellece hasta embriagarnos. Oliver Sacks me enseñó que el cerebro es un objeto emocionante y que es una suerte poder vivir para emplearlo y estudiarlo. Ignoro si la vida tiene sentido pero sé, en parte gracias a él, que pasar por este mundo resulta un privilegio al que jamás deberíamos acostumbrarnos.

Laura Sarmiento es guionista y escritora. Es autora de los guiones de las series de televisión Crematorio, Isabel y Carlos, Rey Emperador.

Un privilegio, Mr. Sacks
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