lunes 26.08.2019
crecimiento desmesurado de prácticas turísticas

Porqué el turismo de calidad tampoco sería la solución

Por José Mansilla | La industria turística genera externalidades por lo que es necesario su correcta planificación y regulación, no discursos eufemísticos que podrían acabar por destruir la vida de las ciudades tal y como ahora la conocemos.

Porqué el turismo de calidad tampoco sería la solución

Nuestro país acogió y celebró un total de 572 eventos de negocios, un 2% más que el año anterior, algo que lo sitúa globalmente en un importante puesto número cuatro, solo detrás de Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido

Siempre que se habla de poner freno a los efectos del crecimiento desmesurado de las prácticas turísticas en determinados emplazamientos -aquello que ahora denominamos turistificación- es inevitable que surjan propuestas alternativas que, como por arte de magia, parecen aportar imaginativas soluciones al problema. Estaríamos hablando de aquellas centradas, principalmente, en torno a la regulación o el control del volumen de visitantes y que, en positivo, apostarían por su crecimiento sostenible, por la expansión de los beneficios del turismo a aquellas zonas donde éste no alcanza o por determinados tipos de turismo de calidad, como el de negocios.

Por centrarnos en este último, de acuerdo con la Organización Mundial del Turismo (OMT), el turismo de negocios se englobaría dentro de la categoría de meetings industry o industria de las reuniones. Este fenómeno comportaría todos aquellos desplazamientos relacionados con la asistencia a reuniones, conferencias, congresos, ferias comerciales y exposiciones. Para que este tipo de turismo sea una influyente realidad en la economía de los países, las regiones o las ciudades son necesarios dos elementos principales: por un lado, un alto posicionamiento a nivel global, esto es, una significativa diferenciación sectorial y un interés general por dicha diferenciación y, por otro, la puesta en marcha de políticas de fomento y atracción de este tipo de turismo en dichos contextos.

En este sentido, y según datos recientes, el Estado español jugaría en la primera división de la industria internacional de las reuniones. Así, durante el año 2015 –último para el que se poseen datos-, nuestro país acogió y celebró un total de 572 eventos de negocios, un 2% más que el año anterior, algo que lo sitúa globalmente en un importante puesto número cuatro, solo detrás de Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido.

Además, y a nivel local, contamos con dos fuertes referentes para este tipo de turismo: Madrid y Barcelona. Baste decir que solo estas dos ciudades han acogido el 61% de los congresos internacionales celebrados en el conjunto del Estado. La lista de las ciudades con una mayor proyección y atracción para la acogida de estas actividades se encuentra encabezada por Berlín, seguida de París, situándose la ciudad condal en el puesto número tres y Madrid en el número cinco.

Estos resultados han sido posible gracias a numerosos y diversos factores que, en el caso de Barcelona, estarían relacionados con sus especiales características geográficas y climatológicas –su posición como ciudad mediterránea-, su centenaria inclusión en la economía europea a través de una potente y precoz industrialización, y a una decidida y sostenida apuesta por la terciarización de la ciudad que comenzó ya en época del ex alcalde Porcioles a mediados del pasado siglo, elemento este que, posteriormente, fue refrendado por los primeros gobiernos de la ciudad surgidos de la Transición mediante el impulso de mega eventos como los Juegos Olímpicos o el Fórum de las Culturas. Por su parte, Madrid se ha consolidado como puente entre Europa y Latinoamerica, algo a lo que su naturaleza como capital del Estado –con la consiguiente concentración del aparato político y administrativo- le añade un especial interés. 

El impacto de este tipo de turismo, a nivel macro, es bastante llamativo: más de 5.200 millones de euros solo en 2015, con un incremento del 3% sobre el año anterior, y en torno a 20 mil empleos directos. El turismo de negocios se ve como una buena forma de enfocar uno de los eternos problemas de las prácticas turísticas, su desestacionalización. Además, sus turistas dejan más dinero en la ciudad que el turista de vacaciones -en torno a unos 250 euros diarios-

Sin embargo, no hay que ser muy listo para ver que estas soluciones imaginativas cuentan con, al menos, dos fallas. La primera de ellas es que traslada el foco de atención –y, por tanto, la responsabilidad- del productor al consumidor. Es decir, si hay un turismo de calidad es que hay otro que no lo es y, por tanto, es a éste al que hay que poner freno. De esta manera se produce un proceso de estigmatización del turista de extracción media o baja –backpackers, visitantes de corta estancia, fiesteros de fin de semana, familias pertenecientes a las clases populares, etc.- que no se comportarían según los parámetros cívicos establecidos pero que, sobre todo, no gastan suficiente dinero.

La segunda de las fallas tiene que ver con el supuesto proceso de sustitución de un tipo de turista por otro, algo que, con carácter general, no se produce nunca y, si se produjera, nos dejaría en igual o peor situación. Es decir, localizar la problemática en el carácter más o menos cívico de los visitantes o en el nivel de gasto no impediría, más bien empeoraría, la actual situación de sustitución del comercio tradicional, el incremento del precio del suelo, el desplazamiento de los vecinos y vecinas, el monocultivo productivo, la mala calidad del empleo, etc. Es más, como turistas de calidad y turistas de no-calidad no suelen coincidir en el espacio y en el tiempo, lo único que se conseguiría sería expandir el fenómeno más allá de sus límites actuales. Es por esto que, y he aquí la madre del cordero, desde los sectores principalmente beneficiados por este tipo de discurso –y que cualquier lector o lectora medianamente inteligente ya habrá detectado: los gremios de hoteleros y hosteleros, los constructores e inmobiliarios, etc.- no quieren saber nada del decrecimiento, esto es, el establecimiento de unos límites no al consumo, sino a la producción turística.

Como cualquier otra forma de monocultivo, la continua búsqueda por exprimir el fenómeno genera un exceso de presión sobre la cotidianidad de los verdaderos protagonistas de las urbes, sus vecinos y vecinas, dificultando, en gran medida, la vida de los mismos. A modo de ejemplo, Barcelona está recibiendo inversiones millonarias para transformar edificios icónicos del skyline de la ciudad en hoteles de lujo, adquirir edificios decimonónicos anteriormente dedicados a viviendas para destinarlos a clubes exclusivos y tiendas de grandes marcas, etc., transformaciones que solo son explicables debido, precisamente, al éxito de las políticas antes mencionadas y a la atracción de un turismo de alto poder adquisitivo. De esta forma, la industria de las reuniones –así como el turismo en general, de calidad o no- debería compartir espacio con otro tipo de actividades productivas no necesariamente turísticas (industria, servicios, etc.), equilibrando la balanza y generando ciudades y economías más diversificadas.

La industria turística genera externalidades por lo que es necesario su correcta planificación y regulación, no discursos eufemísticos que podrían acabar por destruir la vida de las ciudades tal y como ahora la conocemos.


José Mansilla | Investigador OACU | GRIT-Ostelea

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