martes. 28.05.2024

El ser humano tiene la capacidad de observar, conocer y entender, de pasar el mundo por su sensorialidad (no digital) y su intelecto, es decir, de formar y conformar la realidad, que en determinadas coyunturas coincide con la actualidad vendible. Es muy viejo, tremendamente viejo, veintitantos siglos. Y se nos está olvidando. Está en la Metafísica de Aristóteles, obra clave del pensamiento occidental.

Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo cada mañana -afirmaba el Premio Nobel André Gide-, y más en estos tiempos en los que la falta de atención y la incapacidad de escucha empiezan a ser un trastorno psicológico de manual, un problema de diván. Lo cierto es que la sociedad contemporánea está de diván incluso en los detalles cotidianísimos, porque está empeñada a toda costa en alcanzar la felicidad (convencional), que es una cosa muy actual, pero muy poco real. La melancolía y el hastío tienen mala prensa, no generan anuncios publicitarios y no hacen girar con frenesí la rueda del mundo. Lo que ocurre y pasa inadvertido, es que todas las ideas de felicidad en nuestros días -como declaró Zygmunt Bauman- siempre acaban en una tienda.

El periodismo (el bueno) se alza vigilante de la actualidad prestidigitadora y testigo implacable y a la vez sensible de la realidad devoradora

La diferencia elemental entre la realidad y la actualidad -que tendemos a confundir por presión- es que la realidad la construimos nosotros mismos por iniciativa y con criterio propio, y la actualidad nos la construyen con un discurso y agenda oficiales desde las estructuras de poder, cuya mayor preocupación y función es apartar a la gente de la realidad y asentarla en la actualidad predeterminada. La realidad, por otra parte, no está obligada a mostrar en grado absoluto la verdad, que esa es otra dimensión diferente, más escindida, escondida y sorpresiva, que además hoy día se presenta sospechosa, venga de donde venga, porque está impregnada aposta de actualidad.

La realidad es honesta porque es fruto de un acto individual, consciente y sobrio. La actualidad vive de las apariencias y de la ebriedad y es sectaria porque es un artificio en busca de prosélitos y beneficiarios. No sería descabellado afirmar que la realidad no existe, prima la actualidad. Y en esto tienen mucho que ver los grandes medios de comunicación de masas cuando reflejan, cuando no refractan, lo que es noticioso o majestuosamente noticiable.

Vivimos en una perpetua espectacularización. Todo es susceptible de ser escenificado y convertirlo en un espectáculo que se puede defender que es actualidad, pero no es real ni, por supuesto, responde a lo auténtico

El periodismo (el bueno) no debe aspirar exclusivamente a relatar y retratar la realidad y la actualidad. Eso es insuficiente, fácil y engañoso en este tiempo. Tiene que aspirar a la autenticidad (tan arrinconada). Ahí radica su viejo oficio, su compromiso civil y su cometido legendario. Lo auténtico es lo que se sitúa al otro lado de lo real y mucho más allá de lo actual. Una cualidad con rango de categoría, sustentada en la capacidad investigativa y en el sano ejercicio del contrapoder y de la réplica a las consignas oficiales. Estamos invadidos de entretenimiento y sensacionalismo. Vivimos en una perpetua espectacularización. Todo es susceptible de ser escenificado y convertirlo en un espectáculo que se puede defender que es actualidad, pero no es real ni, por supuesto, responde a lo auténtico.

El periodismo (el bueno) se alza vigilante de la actualidad prestidigitadora y testigo implacable y a la vez sensible de la realidad devoradora.   

Realidad y actualidad