jueves. 25.04.2024
Peñita, el primero por la izquierda

Francisco Domínguez Peña se llama así, Francisco Domínguez Peña; lo de Alberto es un añadido que forma parte de una broma familiar, a raíz de que el día de la muerte de su abuelo paterno, de quien tomó el nombre de pila, la familia entera, incluido su padre, se enteró por el certificado de defunción que se llamaba en realidad Francisco Alberto.

Criado junto la mayoría de sus hermanos -Cristóbal (DEP), Ana María, José y María Jesús-, en el patio de María Clavijo, en la parte baja de Guadiaro, sus padres, José y María, cruzaron con toda la familia la carretera general y se instalaron en la parte alta del pueblo, cerca del cementerio, donde las chozas se fueron convirtiendo en viviendas de autoconstrucción al ritmo del progreso que trajo Sotogrande, una urbanización de lujo ideada por un norteamericano en los años sesenta en la frontera de las provincias de Cádiz y Málaga. 

De pobre de solemnidad, aquel Guadiaro lleno de desconchones, cortito de cartera y con el hambre pisándole los talones, subió varios escalones en la escala social y pasó a adentrarse en las llamadas clases medias.

Ahora se ha convertido en un doble cementerio, con los bares cerrados y las puertas del campo santo demasiado abiertas.

Peñita cultivó la solidaridad y la amistad, y derrochó una bonhomía que le convirtió en un imprescindible, en un ejemplar cercano al nuevo hombre

Pero su casa familiar, la que construyó con sus propias manos y con las de sus familiares y amigos, la levantó en Secadero, en Casares (Málaga), a tiro de piedra de la gaditana población de San Martín de Tesorillo. Y lo hizo para dar cobijo a su familia: su mujer, Ana María Morales, y a sus dos hijas, Tatiana (malita con síndrome de Rett) y Anabel.

Entres esas paredes, donde vive Anabel con Pedro, otro hijo de Guadiaro, está escrito en el ambiente el derroche de amor de Peñita para con su familia. Los árboles del jardín son testigos de lo mucho que los quiere.

Secadero, municipio gobernado por IU, por Juan Luis Villalón, otro tipo extraordinario -y espero que próximo alcalde de Casares-, tiene algo de tierra prometida para los jóvenes del Valle del Guadiaro que sufren la carencia de viviendas desde hace décadas. 

Allí, Peñita cultivó la solidaridad y la amistad, y derrochó una bonhomía que le convirtió en un imprescindible, en un ejemplar cercano al nuevo hombre en una aldea al servicio de los ciudadanos, llena de farolas, calles asfaltadas, viviendas dignas, colegios públicos ejemplares… Pero, sobre todo, repleta de valores democráticos y ciudadanos. 

Paradójicamente, Peñita siempre se declaró “de izquierdas, de los buenos”, me decía, pero se hizo famoso como extremo derecha pegado a la cal en el CD Guadiaro y en otros equipos de la comarca del Campo de Gibraltar. Era lo más parecido a un jugador brasileño que yo vi en Regional Preferente de la zona gaditana. Gambeteaba imprimiendo a su fútbol preciosismo y velocidad sin ser muy veloz, y tenía un golpeo seco, potente y colocado. Era mi Garrincha particular en un campo de tierra donde el balón corría como un conejo, cambiando de dirección en función de los ‘chinorros’ que encontrara en su trayectoria cuando lo jugabas a ras de tierra. Y era también canchero, de la mejor escuela que siempre hubo a ambos lados del río Guadiaro, la de Kiko Berenguer, otro de los espectaculares.

Peñita siempre se declaró “de izquierdas, de los buenos”, me decía, pero se hizo famoso como extremo derecha pegado a la cal en el CD Guadiaro

Yo había conocido a Peñita años atrás, cuando era caddie azul en el campo de golf de Sotogrande. De aquella escuela trajo la pillería y una cierta desvergüenza, pero cuando compartí vestuario con él ya se había desprendido de algunos de esos vicios contra los que luchó siempre Juanito Candil, un señor maestro en una jungla cuartelera.

Era el Peñita simpático, empático y bromista. En esos años empezó a sacar las primeras ramas de una sombra enorme y muy agradable. Te entraban ganas de cantarle aquello de Javier Ruibal: “¡Qué rica es la sombra que hay a tu lao!”.

En esos días de goles, réflex, la peña ‘La Pataleta’ de Juan El Cojo y Manolo El Murciano y amores imposibles, Peñita trabajaba de cocinero en el Tenis Hotel (yo había pasado por allí con 16 años: trabajé de facturista cuando José Luis Puerta y Antonio Adelaida estaban en la recepción), y aprendió a cocinar con arte y buen gusto. Los arroces siempre los bordó.

Peñita, el segundo por la derecha con sus cuatro hermanos 

Durante muchos años lo perdí de vista, pero hace unos veranos nos reencontramos en el campo de golf municipal de La Cañada, en Guadiaro. Francisco Domínguez Peña era la misma persona, pero dulcificada por los años. Se había separado y estaba medio saliendo con María Carmen Revidiego, exmujer de su amigo Salvador Godino, otro de los ‘pata negra’, y vivía solo en la casa de sus padres. Todavía me río cuando me acuerdo de cómo le contó a su amigo que estaba saliendo con su ex. “¿Peñita, tú no te podías haber juntado con otra?”, le dijo Salva para desearles posteriormente toda la felicidad del mundo.

Si no te encuentro, te prometo que tarde o temprano te cogeré el rastro, aunque sea en los últimos versos de Mediterráneo y dentro de una eternidad

La sombra que vislumbré cuando éramos jóvenes era mayor si cabe, un rato a su lado tenía efectos casi terapéuticos.

De hándicap muy bajo, sigue golpeando la bola larga y con precisión, armado de un swing muy sólido pese a que ya ha cumplido los 64 años. Hasta de rodillas golpea el driver y se la pisa a muchos.

Como parte de las risas del juego, cultiva la fama de fullero con balcones a la calle a raíz de que dio el drivemás largo del mundo (cerca de 400 metros), en un campo malagueño. En realidad, según me confesó, fue una broma de sus acompañantes, de las que suelen hacer Estebita GutiérrezCarlos Espinosa y otros amigos íntimos y maravillosamente peligrosos.

Este último verano, no por la cacería que tanto le gustaba sino por una rusca que lo sorprendió a traición, por la espalda y con muy mala baba, no he podido disfrutarlo en esas partidas llenas alegría que hemos compartido con Cano, Luis Toribio, Andrés Montero, Pincho, Miguel Ángel Vázquez, Manuel Delgado, Pipo, Miguel Ángel Montero, Quico Torres, Carlos Fernández, Juan Juma, Coroco, Rorro, Carlos Espinosa, Estebita Gutiérrez, Calama, Bonilla, Eusebio Tineo, Rafa Aguilar, Javier de la Torre… Con Pepe el Madriles DEP, siempre en la memoria. Ellos y la hermandad del Pío, Pío en pleno hacen posible que todos los días me sienta como si estuviera apoyado en la esquina de Juan Martín viendo pasar la vida junto al Peñita, contándonos embustes o verdades como puños, echando unas risas con el levante acariciándonos la cara.

Ahora que se ha prejubilado de jardinero en el campo de golf de Cortesín, espero verlo pronto para que me recargue las pilas de energía positiva; no sé, quizás sea de ese buen rollo que destila su sonrisa, quizás sean las ganas enormes de vivir que derrocha, o quizás sea que transmite unas ganas inhumanas de comerse un puchero con la ‘pringá y to’, con las manos, chupándose los dedos y con dos lagrimones de alegría recorriéndote las mejillas hasta morir en el mar.

Peñita, la próxima vez que baje a Guadiaro, la patria que forman las cuatro esquinas donde nos meábamos cuando éramos chico, te buscaré por todos lados para darte un abrazo muy fuerte, cargado de todos los componentes de la vida, y nos comeremos una buena berza en La Garrocha. Si no te encuentro, te prometo que tarde o temprano te cogeré el rastro, aunque sea en los últimos versos de Mediterráneo y dentro de una eternidad.

Hasta pronto, hermano.


PD: Francisco Domínguez Peña murió el pasado 21 de febrero en el hospital de La Línea, una semana escasa después de que escribiera este artículo.

Peñita y la alegría