Pasar de la queja a la reclamación

Si queremos transformar y mejorar nuestra realidad, debemos pasar, especialmente los jóvenes, de la indignación y la queja a la reclamación activa.

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Tras ver la película El 47, se reavivó en mí una de las enseñanzas más valiosas que aprendí del coaching y en la actividad sindical: la importancia de distinguir las diferencias profundas entre algunas expresiones que usamos a diario. A menudo, términos que parecen similares en la superficie expresan realidades y actitudes muy distintas.

Algunos ejemplos de esta diferencia se reflejan claramente en la película a través del protagonista, Manolo Vital, interpretado magistralmente por el actor Eduard Fernández, y del colectivo de vecinos y vecinas de Torre Baró. Me refiero, en particular, a la distinción entre tener un sueño y tener una visión. Soñar es saludable y necesario, pero, por sí solo, no nos lleva a ninguna parte, ya que no implica acción. En cambio, una visión es un sueño en movimiento, una idea transformada en un plan con pasos concretos. Mientras que muchos sueños generan frustración por lo que pudo haber sido y no fue, la visión implica compromiso, esfuerzo y movilización para alcanzar un objetivo.

Otro matiz importante es la diferencia entre compromiso obligación. El compromiso nace de una decisión voluntaria basada en valores, propósitos o metas; es decir, surge del «quiero hacerlo». El compromiso transforma una promesa en una realidad, porque nos obliga a elegir, renunciar y priorizar. Al ser una decisión libre, nos llena de energía para lograr nuestro objetivo.

Por el contrario, la obligación responde al «tengo que hacerlo» y suele venir impuesta desde fuera, ya sea por normas, presión social o miedo a las consecuencias. La motivación en este caso es distinta: la persona cumple porque debe, no porque quiere. No es lo mismo decir «queremos ir al cine» que «tenemos que ir al cine«, aunque muchas veces lo usamos indistintamente.

La preponderancia de la queja sobre la reclamación puede ser una de las razones que explican el clima político y social que vivimos

Sin embargo, la distinción en la que quiero centrarme especialmente es la que existe entre queja y reclamación. La preponderancia de la queja sobre la reclamación puede ser una de las razones que explican el clima político y social que vivimos. Como reflejan las encuestas de opinión, el descontento es palpable en todos los ámbitos. Se respira queja, pero falta acción. Es probable que la queja se haya convertido en una seña de identidad de una sociedad cada vez más pesimista, miedosa  y desmovilizada.

Quejarse es fácil e inmediato. Puede incluso tener un efecto catártico, pero es estéril si no va acompañada de acción. En los últimos años, la cultura del individualismo ha debilitado los instrumentos colectivos que históricamente canalizaban el descontento y lo transformaban en cambio: partidos políticos, sindicatos, asociaciones vecinales u organizaciones sociales. En su lugar, la queja se ha desplazado a las redes sociales, donde basta con escribir un tuit airado o compartir una noticia con indignación en Facebook. Pero, ¿qué cambia realmente después de esa queja? Muy poco o nada.

En cambio, reclamar tiene un propósito: corregir aquello que consideramos injusto o inadecuado. Reclamar implica involucrarse, dedicar tiempo y esfuerzo a una causa. Exige información, propuestas, organización y acción. Quejarse es sencillo; reclamar exige compromiso, perseverancia y un trabajo sostenido en el tiempo.

Si queremos transformar y mejorar nuestra realidad, debemos pasar, especialmente los jóvenes, de la indignación y la queja a la reclamación activa. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en un país de quejumbrosos sin impacto real en nuestro destino.