martes 07.07.2020
ANÁLISIS PSICOLÓGICO

Cambios psicológicos en la población afectada: de la pandemia de la viruela a la del coronavirus

Cambios psicológicos en la población afectada: de la pandemia de la viruela a la del coronavirus

¿Cómo es el impacto en la salud mental de las grandes pandemias? Las epidemias son situaciones de emergencia sanitaria, en las que se ve comprometida la salud y a veces la vida de la población y generan una cantidad ingente de enfermos y muertos. Por lo general, se sobrecargan los recursos locales y quedan amenazados la seguridad y funcionamiento normal de la comunidad. Como en otras catástrofes, se dan verdaderas tragedias humanas y por ello es fundamental tener un dispositivo para atender los cambios a nivel psicológicos de la población afectada. Desde la perspectiva de la salud mental, una pandemia implica una alteración del orden psicosocial que puede exceder la capacidad de manejo de la población afectada. Puede considerarse, incluso, que toda la población sufre tensión en mayor o menor medida. Así, se estima un aumento de la incidencia de los trastornos psíquicos, entre una tercera parte y la mitad de la población expuesta a la situación catastrófica, de acuerdo a la magnitud del evento y el grado de vulnerabilidad de esa población. No debe etiquetarse a todos los cambios psicológicos y sociales que se presenten como enfermedades; la mayoría serán reacciones normales ante una situación anormal. Los efectos en la salud mental, generalmente, son más marcados en las poblaciones que viven en condiciones más precarias, poseen escasos recursos económicos y tienen limitado acceso a los servicios sociales y de salud. Más interés desde el punto de vista de la salud pública son los “verdaderos” trastornos psíquicos en los sobrevivientes. Ante una situación muy significativa emocionalmente, como padecer una enfermedad grave y/o muerte de seres queridos, ciertos sentimientos y reacciones son frecuentes. Así mismo el recuerdo de lo sucedido será parte de la vida de las víctimas y no se borrará de su memoria. Pero, si bien algunas manifestaciones psíquicas son la respuesta comprensible y transitoria ante las experiencias traumáticas vividas, también pueden ser indicadores de que se está pasando hacia una condición patológica. La valoración debe hacerse en el contexto de los hechos, determinando si se pueden interpretar como respuestas “normales o esperadas” o por el contrario identificarse como manifestaciones psicopatológicas que requieren un abordaje profesional. Algunos criterios para determinar que una expresión emocional se está convirtiendo en sintomática son: Prolongación en el tiempo, sufrimiento intenso, complicaciones asociadas (ejemplo, conducta suicida), afectación significativa del funcionamiento social y cotidiano.

Los trastornos psíquicos inmediatos más frecuentes en los sobrevivientes son los episodios depresivos y las reacciones de estrés agudo de tipo transitorio. El riesgo de aparición de estos trastornos aumenta de acuerdo a las características de las pérdidas y otros factores de vulnerabilidad. En situaciones de emergencias también se ha observado, ocasionalmente, el incremento de las conductas violentas, así como el consumo excesivo de alcohol. Entre los efectos tardíos se reportan duelos patológicos, así como depresión, trastornos de adaptación, manifestaciones de estrés postraumático, abuso del alcohol u otras sustancias adictivas y trastornos psicosomáticos. Resaltar que los trastornos de adaptación se caracterizan por un estado de malestar subjetivo, alteraciones emocionales que afectan la vida social y dificultad para ajustarse al cambio vital que significan las pérdidas. El estrés postraumático (o algunas manifestaciones sintomáticas de este cuadro) es un trastorno de tipo tardío o diferido que aparece como consecuencia de acontecimientos excepcionalmente amenazantes o catastróficos; la vivencia de una epidemia de gran magnitud, especialmente en personas que han experimentado pérdidas importantes puede ser causal de síntomas de estrés postraumático. En el duelo no complicado resulta esperado que después de la muerte de uno o varios seres queridos se presente la tristeza, el sufrimiento y la aflicción.

Los grandes asesinos de la historia son las bacterias y los virus, y en concreto los que han provocado las grandes epidemias de la historia. El sarampión, que acabó con más de 200 millones de personas, o el virus del sida o VIH, que ha matado a más de 35 millones

El periodo de duelo es aquel en que la persona asimila lo sucedido, lo entiende, supera y reconstruye su vida. Este es un proceso normal que no debe apresurarse ni tratar de eliminarse, así como tampoco considerarlo como una enfermedad. En todas las sociedades existen ritos, normas y formas de expresión del duelo, que se derivan de diferentes concepciones de la vida y la muerte. La realización de los rituales que establece la cultura comunitaria es parte integral del proceso de recuperación de los sobrevivientes. El duelo se vivencia con una mezcla de tristeza, angustia, miedo e ira; en el momento más crítico llega a los extremos del dolor emocional muy intenso y la desesperación. Después viene el alivio progresivo y concluye con expresiones de confianza y esperanza renovadas. El proceso de duelo implica: Liberarse o dejar atrás la relación con la persona perdida, adaptarse al mundo en otras condiciones, el esfuerzo por establecer nuevas relaciones. El modo de afrontar la pérdida y llevar el duelo adecuadamente está en estrecha relación con los siguientes factores: La personalidad del sobreviviente y la fortaleza de sus mecanismos de afrontamiento, la relación con la persona perdida, las circunstancias en que ocurrieron los hechos, red de apoyo social (familia, amigos y comunidad). Las manifestaciones psicológicas más frecuentes del duelo son: recuerdos muy vivos y reiterativos del fallecido y de lo ocurrido, nerviosismo, miedo, tristeza, llanto, deseos de morir, problemas con el sueño y el apetito, problemas de memoria y para la concentración mental, fatiga, pocas motivaciones y dificultades para retornar al nivel normal de actividad, tendencia al aislamiento, mezcla de sentimientos o emociones (como, reproche a sí mismo, inculpar a otros, frustración, impotencia, enojo, sentirse abrumado etc.), descuido del aspecto e higiene personal, y manifestaciones corporales diversas no especificas (como mareos, náuseas, dolor de cabeza, opresión precordial, temblores, dificultad para respirar, palpitaciones, sequedad en la boca). En condiciones de grandes catástrofes el duelo supone la necesidad de enfrentar otras muchas perdidas y tiene un sentido más amplio y comunitario; implica la ruptura de un proyecto de vida, con una dimensión no solo familiar, sino también social, económica y política. 

Ojalá de esta terrible catástrofe de la pandemia del Covid19 aprendamos, que cuando la memoria histórica se arrincona, se vuelven a repetir los mismos errores que cometieron nuestros ancestros

El duelo complicado es aquel que no evoluciona de “forma natural” y se transforma en patológico; por lo general conduce a un trastorno depresivo que se caracteriza por una marcada tristeza, pérdida de la capacidad de interesarse y disfrutar de las cosas, disminución del nivel de actividad y cansancio exagerado. También se señalan síntomas como: disminución de la atención y la concentración, pérdida de confianza en sí mismo, sentimientos de inferioridad, ideas de culpa, perspectivas sombrías de futuro, pensamientos o actos suicidas, trastornos del sueño y pérdida del apetito. Son muchas las circunstancias que hacen más difícil enfrentar un proceso de duelo, pero entre estas puede citarse la vulnerabilidad personal y la magnitud de las pérdidas. El proceso de duelo alterado conduce, frecuentemente, a la aparición de trastornos psiquiátricos que requieren de intervenciones más especializadas. En situaciones de epidemias y muertes masivas se han descrito los miedos y sentimientos que experimentan los sobrevivientes:  Pesadumbre y aflicción por la pérdida de familiares y amigos, que en ocasiones coexisten con pérdidas de tipo material. También existen perdidas más sutiles y a veces intangibles, como la pérdida de la fe en Dios, pérdida del sentido de la vida, los temores a asumir los nuevos roles que le impone la desaparición de un miembro de la familia (la esposa viuda que se convierte en jefa del hogar o el padre viudo a cargo de los hijos), miedos a que pueda ocurrir algo nuevamente o que la muerte se va a cernir sobre otros miembros de la familia o la comunidad,  miedo personal a morir: el miedo a lo desconocido o a enfrentarse a Dios en   de los creyentes o enfrentarse a la nada en los ateos, sentimientos de soledad y abandono, miedo a olvidar o ser olvidado, ira, sentimientos de culpa: se sienten culpables, en alguna medida, de la muerte de seres queridos y por haber sobrevivido.

Así pues, “los grandes asesinos de la historia son las bacterias y los virus, y en concreto los que han provocado las grandes epidemias de la historia. El sarampión, que acabó con más de 200 millones de personas, o el virus del sida o VIH, que ha matado a más de 35 millones”. Así lo afirman los divulgadores científicos Màrius Belles, físico y profesor de Secundaria y Bachillerato, y Daniel Arbós, biólogo y periodista científico, en ’14 maneras de destruir a la humanidad’ (Next Door Publishers), un manual donde dedican un capítulo a las pandemias globales que ha habido a lo largo de la Historia de la Humanidad. Hasta la fecha, las cinco pandemias más letales han sido, por este orden: Viruela, Sarampión, la gripe española de 1918, la peste negra, y el VIH. En concreto, el más letal de los virus hasta la fecha ha sido el ‘Variola virus’, causante de la viruela, hoy erradicada gracias a las vacunas

Ojalá de esta terrible catástrofe de la pandemia del Covid19 aprendamos, que cuando la memoria histórica se arrincona, se vuelven a repetir los mismos errores que cometieron nuestros ancestros. Así sea.

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