lunes. 22.07.2024

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Acabo de leer el artículo de Jorge Resina de la Fuente y Pedro Límón LópezDel consenso al tiki-taka: redefiniendo el nacionalismo español desde la prensa escrita a través del fútbol, del que expondré algunas ideas, a las que incorporaré otras mías producto de determinadas referencias bibliográficas.

Hoy más que nunca, en nuestras sociedades lo mediático ocupa un lugar prioritario, una parte importante de la socialización y del contacto cotidiano con el mundo se da a través de los medios, tanto los clásicos, en papel, como los en red. Puede afirmarse que éstos han rebasado su habitual función de cuarto poder -asignado por el tradicional principio liberal de check and balances- para coronarse como una especie de poder superior que transita por todos los ámbitos socio-políticos dotado del privilegio propio que supone la capacidad de formar, informar y entretener y de aplicar, en su versión más perversa, la lógica del chantaje político sobre el resto de actores. Este chantaje mediático lo hemos constatado en los últimos años contra los dirigentes del partido político, Podemos.

Estamos viviendo la revolución de la información, pero la involución del conocimiento

¿Qué es la opinión pública? Lejos de considerarla una suma de opiniones individuales que se encuentran en el mismo nivel, Bourdieu afirmaba -de forma un tanto provocadora- que “la opinión pública no existe”. Con esta aseveración, el sociólogo quiso evidenciar el carácter construido de ésta como un conjunto de opiniones “constituidas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados. Cuando Bourdieu hablaba de opinión pública se estaba refiriendo a la conformada a través de encuestas de opinión, ya que estas se encuentran manipuladas por grupos de poder para defender determinadas opciones políticas. En este mismo medio Jesús Parra escribió un artículo titulado Desmontando a Marhuendadonde explica cómo se construyó y manipuló una encuesta encargada a determinada empresa, por parte del director de La Razón.

Admitidas las teorías elitistas de la comunicación, si queremos defender y potenciar la democracia se debería alcanzar una previa democratización en el ámbito de quiénes tienen la capacidad de definir esa opinión pública. ¿Quiénes tienen esa capacidad citada? Cada vez más las fronteras de los medios son actualmente más imprecisas que nunca y no es casual que empresas del mundo de la energía, del ámbito inmobiliario, las finanzas o la telefonía y otras actividades controlan amplios sectores de la comunicación. Todas ellas tienen un vínculo en común: el pleno convencimiento de que la información es poder, un poder que implica el dominio de la información como materia prima estratégica y rentable. Tal democratización no existe. Por ende, la opinión pública no responde a los intereses de la sociedad en su conjunto, sino a unos intereses restringidos empresariales. Un ejemplo es muy claro para estos grandes medios, como Atresmedia o Mediaset es mucho más importante la okupación que los desahucios. La publicidad de Securitas es muy rentable. Las consecuencias son muy nocivas para el funcionamiento de una democracia que se basa en  la libre circulación de ideas y opiniones. Y esta libre circulación de ideas y opiniones se ve amenazada por los grandes medios de comunicación cada vez más concentrados y vinculados con los poderes financieros y empresariales, que, al alcanzar tanto poder, pueden contrariar o delimitar la soberanía expresada por la sociedad en las urnas y poner en peligro la democracia, de ahí que el profesor Luigi Ferrajoli, los denomine poderes salvajes. Las empresas de comunicación son poderes de hecho, influyentes sobre los asuntos públicos y con agendas que no responden necesariamente a los interese de la sociedad. Según José LuisSánchez Noriega “tienen capacidad en el espacio político para boicotear leyes o difundir determinadas demandas y, a la vez, una gran resistencia a las imposiciones del poder político”. Un buen ejemplo de lo dicho podría servir el caso de Berlusconi, que llegó al poder al amparo de la propiedad de grandes medios de comunicación.

La libre circulación de ideas y opiniones se ve amenazada por los grandes medios de comunicación cada vez más concentrados y vinculados con los poderes financieros

Ese papel protagonista que adquieren los medios de comunicación como constructores de opinión pública ya lo señaló Lippmann, en su libro Libertad y prensa, de 1920. Lippmann echaba la culpa de los problemas de la democracia sobre todo a los medios de comunicación. Se lamentaba que la crisis de la democracia fuera una crisis del periodismo, y se preguntaba cómo podría sobrevivir la democracia si la fabricación del consenso era una empresa privada no regulada. Le preocupaba que la democracia representativa se convirtiera cada vez más en un gobierno de periódicos. Estos son incapaces de trasmitir una imagen objetiva y no distorsionada de la realidad social y, por tanto, no pueden compensar la incompetencia de los ciudadanos. Lippmann se quejaba de que la prensa, cuya tarea era decir la verdad, se había convertido en portadora de propaganda: “La forma más destructiva de falsedad es la sofistería y la propaganda de aquellos cuya profesión es informar de las noticias. Las columnas de noticias son como empresas de trasportes Cuando. quienes las controlan se arrogan el derecho de determinar sobre qué debe informarse y para qué, la democracia es inviable. La opinión pública está bloqueada porque cuando un pueblo no puede acudir con confianza a las mejores fuentes de información, entonces las conjeturas y los rumores de cualquiera, las esperanzas y los caprichos de cada uno, se convierten en la base de gobierno”. Estas palabras de Lippmann son de total actualidad y aplicables a no pocos medios de comunicación en esta España nuestra. 

En una investigación ya clásica sobre el impacto mediático, McCombs y Shaw (1972) describían cómo los medios eran los principales generadores de opinión pública y la importancia que tienen sobre lo que la población piensa y cómo lo piensa. En su teoría de la agenda-setting plantean -incluso estadísticamente- la correlación que existe entre la agenda mediática y las agendas pública y política. De esta teoría se derivan varias consecuencias. Sobre el “qué”, la sola presencia de una información y no de otra, marca ya una importante brecha sobre lo que el ciudadano piensa, hasta el punto de que se ha llegado a afirmar comúnmente que “lo que no está en los medios no existe”. Otro elemento que también tiene relación con el “qué” es el de la relevancia informativa, referido a la jerarquía con la que se presenta esa información y al peso que se la da en el conjunto de la agenda mediática. En el caso más específico de los periódicos de papel, el hecho de que una noticia ocupe la portada, las primeras páginas, los números impares, la parte superior y vaya acompaña de elementos gráficos implica un mayor grado de relevancia informativa, debido a un mayor impacto visual sobre el lector, que tenderá a primar esas informaciones sobre el resto. Las denuncias falsas sobre la financiación ilegal a Podemos, la mayoría de los medios las presentaban en portada o abrían los telediarios, cuando fueron archivadas, aparecían en la página 15 o al final del telediario, o incluso, ni las mencionaban.

La información se multiplica sobre todo a golpes de clic, mientras el conocimiento se aleja al ritmo que desaparece una actitud social curiosa y crítica

Sobre el “cómo”, toda información es presentada al público de una determinada manera y no de otra en respuesta a una serie de decisiones que parten tanto del periodista como de sus jefes y de los diferentes criterios periodísticos, empresariales y/o políticos que existen en un medio. Este ejercicio es “teoría del encuadre” (framing), por la cual toda información es enmarcada de alguna forma ya que siempre se presenta una definición de los hechos, una interpretación de las causas e, incluso, una evaluación moral y posibles vías de solución. El framing, consiste en ofrecer un esquema simplificado de la realidad que nos rodea, operación que, “significa buscar marcos interpretativos de la realidad que ayuden a entenderla mejor”.

Fijémonos ahora en el receptor de las noticias. El público tiende a leer antes aquellos periódicos más afines a sus propias ideas que esos otros que podrían causarles mayores niveles de disonancia. Los ciudadanos buscan ante todo reforzar las preferencias pre-existentes en línea con sus predisposiciones ideológicas. Y también los medios a la hora de elaborar sus contenidos, tienen en cuenta quiénes son sus futuros lectores. En este mismo medio publiqué el artículo Las 5 “PES” causantes de una sociedad desinformada, que señalaba siguiendo a Ramón ReigEn efecto, por regla general, la gente no busca en los medios que le digan “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” (aunque sepamos que sea muy complicado, es una forma de hablar) sino una parte de esa verdad, es decir, un enfoque y unos datos concretos relacionados con el acontecimiento sobre el que desea “informarse”. Por eso, los periodistas que trabajen para unos medios u otros no podrán narrar todo lo que ha sucedido, sino que deberán enfocar la noticia de una forma determinada y, si es necesario, callársela, para que el público al que se dirigen –y que es el cliente, el consumidor del producto- no abandone tal condición. Como norma genérica, los públicos persiguen una información que reafirme sus creencias…”

La censura moderna es mucho más sutil que en tiempos pretéritos: nos deja indefensos en un maremágnum de titulares repetidos, cargados de emotividad y propiciadores de la polarización

No es nada nuevo afirmar que uno de los problemas más graves de nuestra democracia, aparte de los ya expuestos en las líneas precedentes, es la polarización, de la que en gran parte son responsables los medios. Fernando González Urbaneja ha escrito un artículo Cómplices de una polarización destructiva publicado en la revista Cuadernos de Periodista, nº 43, diciembre 2021, dedicada específicamente al tema de la polarización, ya que lleva el título Sociedad dividida: polarización y crispación en los medios. Nos dice “La polarización implica una distorsión que va contra el consenso y el entendimiento, contra una convivencia civilizada y plural, incluso contra la compasión. La polarización implica la demonización de los que no piensan igual, a los que se atribuyen todas las miserias imaginables. Se llama discurso del odio porque ese el sentimiento que domina la polarización, rechazo y odio a lo que no se alinea y somete a las propias creencias. Los polarizados se sienten en posesión de la verdad, como única verdad o verdadera verdad. Los polarizados abrazan las realidades alternativas, que llevan a estimar como verdad lo que desean que ocurra…, aunque no haya ocurrido ni vaya a ocurrir. Los datos no cuentan, las opiniones imponen verdades de obligado precepto”. A su vez Urbaneja recurre a un artículo de Pau Marí-Klose, sociólogo, profesor de universidad y exdiputado socialista, y que fue presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso, publicado en El Paístitulado “Son los medios, ¡estúpido!, denunciando que los “manifiestos para pedir políticos más responsables, competentes y comprometidos con el interés general continuarán siendo papel mojado mientras no dirijan también el foco hacia quienes ponen las cámaras, montan el escenario y lo iluminan, e invitan a los políticos a los juegos que les proponen”. Señala a los medios como responsables directos de la polarización con un argumento de teoría económica básica: las personas (los políticos) responden a incentivos, se deben a su público (para obtener votos), de manera que, según Marí-Klose, “es inconcebible que un político mantenga estilos tradicionales (centrados, serenos y constructivos) si el entorno mediático por el que trasladan sus mensajes ha cambiado […], con medios que se afanan en emociones […], debates electorales que presentan a los candidatos como caballos de carreras, donde impera el incivismo y la crispación”. La estructura de incentivos para los políticos les inclina hacia la polarización, hacia las “voces fuertes”. En el nuevo universo mediático, señala Marí-Klose “son los políticos más diestros en sembrar conflictos identitarios quienes encuentran mayores oportunidades para prosperar […]. Los medios están sesgados no tanto hacia derecha o izquierda, sino hacia lo ruidoso, escandaloso, llamativo y conflictivo”. Pongo un ejemplo que confirma la queja de Pau Marí-Klose. En las elecciones a la Asamblea de Madrid de 2021, la desbocada Isabel Díaz Ayuso obtuvo el 44,76 % de los votos, frente a los 16, 80% del profundamente educado y respetuoso Ángel Gabilondo. Yo tuve la ocasión de hacerle la siguiente pregunta a Ángel Gabilondo, ¿qué nivel de degradación ha alcanzado la política en Madrid, cuando IDA te gana por goleada? Su respuesta fue “Madrid es muy complicado”.

Aceptar lo que aparece publicado sin tener en cuenta lo que oculta la trastienda mediática es una gran irresponsabilidad. Informarse cuesta

En la misma revista Cuadernos de Periodista, nº 43 publica un artículo Adela Cortina titulado Periodismo ético en tiempos de polarización, cuyo resumen es muy claro. Nos dice que no nacemos polarizados, la polarización se hace, hay agentes polarizadores que recurren a métodos para enfrentar a los miembros de una sociedad como narraciones ad hoc, discursos expresivos, formas sesgadas de contar las noticias en los medios de comunicación y, por supuesto, en las redes sociales. En este punto, la tarea de un periodismo ético es imprescindible, porque los medios pueden polarizar, reforzar la polarización o, por el contrario, intentar que la opinión pública se convierta en un espacio en que se ejerce el uso público de la razón.

Por todo lo expuesto, aquellos que participamos de alguna manera en los medios de comunicación deberíamos realizar algunas reflexiones, que me las ha sugerido la lectura del libro de Jairo MarcosPensar desde las víctimas. La transformación pendiente.

Estamos viviendo la revolución de la información, pero la involución del conocimiento. La información se multiplica sobre todo a golpes de clic, mientras el conocimiento se aleja al ritmo que desaparece una actitud social curiosa y crítica. La información es a la cantidad lo que el conocimiento a la calidad. Es la sobreabundancia no consciente de la primera lo que, paradójicamente, agranda la distancia hasta el segundo. Creyéndose informada, la sociedad no encuentra en los medios el filtro que se les supone, y queda incapaz para procesar la información y transformarla en conocimiento. La censura moderna es mucho más sutil que en tiempos pretéritos: nos deja indefensos en un maremágnum de titulares repetidos, cargados de emotividad y propiciadores de la polarización. La información cruda no es conocimiento. Ni, por supuesto, periodismo. Por si no fuera bastante los problemas de la información recibida debemos añadir en ella la proliferación cada vez mayor de los bulos, que especialmente en el mundo virtual se expanden con una rapidez vertiginosa e irrefrenable. El tuit sustituye al reportaje y a la crónica como géneros informativos por excelencia, en un viraje en el que las exclusivas no sueñan con la portada sino con el trending topic del momento. El puzle de información queda incompleto sin el análisis del proceso que arrastran los hechos, que ya no tiene cabida ni tiempo en las notas del periódico, tampoco en los informativos radiofónicos ni en los segundos televisivos. Nunca lo tuvo en los escasos caracteres de un tuit. El contexto exige pausa. Necesita holgura. Y requiere hechos previos y cuestionamientos posteriores. El reto está en aprovechar esa avalancha de fuentes para enriquecer las crónicas, no para sustituirlas.

También es exigible algo a la sociedad. Aceptar lo que aparece publicado sin tener en cuenta lo que oculta la trastienda mediática es una gran irresponsabilidad. Informarse cuesta. Tener una visión completa y crítica de la realidad exige atención y dedicación a varios periodistas y medios; tiempo, dinero y, sobre todo predisposición y actitud crítica.

La opinión pública es un discurso construido para unos intereses específicos