miércoles 08.04.2020
úLTIMO EUROBARóMETRO SOBRE DISCRIMINACIóN

No hay capitalismo sin racismo

Si tienes la firme opinión de que la discriminación en el siglo XXI ya no existe, no te gustará este artículo.

No hay capitalismo sin racismo

“Ser mujer ya es una desventaja en esta sociedad siempre machista; imaginen ser mujer y ser negra. Ahora hagan un esfuerzo mayor, cierren los ojos y piensen, ser mujer, ser negra y ser comunista. ¡Vaya aberración!”, Angela Davis

Si tienes la firme opinión de que la discriminación en el siglo XXI ya no existe, no te gustará este artículo. Si crees que sí que existe, pero que es algo inherente en el ser humano y que es, por lo tanto, inseparable de su naturaleza, tampoco te gustará. Y es que lo que este artículo pretende argumentar es que la discriminación no nace con las personas sino que se hace conforme el individuo recibe ciertos estímulos. ¿Cuáles son estos estímulos y quién los ejerce sobre quien? Bien, Malcom X lo resumió en una frase: “no hay capitalismo sin racismo”.

Comúnmente se define la discriminación como aquellas acciones o actitudes que suponen un trato diferenciado y menos favorable hacia una persona, grupo u organización en situación comparable, basándose en características particulares. En consecuencia, toda discriminación implica la vulneración del principio de igualdad de trato que ampara a cualquier persona en virtud de lo establecido en el primer artículo de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lamentablemente -y como ocurre con tantos otros principios presentes en la Declaración Universal de Derechos Humanos- el principio de igualdad es violado de forma tan recurrente como premeditada.

El génesis de la discriminación no está exento de malintencionados debates. Algunos autores defienden que las minorías han sido siempre discriminadas solamente por ser menores en cantidad. Otros análisis más profundos defienden que el origen de esta discriminación no es cuantitativo sino cualitativo. Los multimillonarios, por ejemplo, son una minoría y no se puede decir que sea una minoría discriminada. También existe cierto debate acerca de si la discriminación es algo inherente en el ser humano o es algo aprendido conforme se educa en sociedad. Pese a servirse de una metodología más mediática que científica, esto último es lo que demostró el experimento “The eyes of a child” (Association Noémi, 2014), realizado por una asociación francesa que lucha contra la discriminación de las personas con discapacidad. Las investigadoras situaron dos grupos -uno formado por personas adultas y otro por niñas y niños- frente a un grupo de actores que realizaban muecas que debían imitar. De forma inesperada, aparecía una pequeña con capacidades distintas y, mientras que los niñas y niños continuaron con la dinámica, la mayoría de adultos se detuvieron asombrados. La diferencia seguramente se pueda explicar por la presencia de ciertos prejuicios aprendidos por los adultos.



Respecto a los motivos de este aprendizaje, otros estudios demuestran cómo las personas pueden ser presionadas hasta mostrar un comportamiento distinto e incluso contrario al que tendrían de forma individual debido a la fuerza ejercida por la figura de la autoridad o por el consenso de la opinión del grupo que las rodea. Son ampliamente conocidos los experimentos como el de la cárcel de Stanford (Zimbardo, 1971) o el de obediencia a la autoridad (Milgram, 1963) por sus controversias a nivel ético y algo menos conocidos experimentos como el de la conformidad (Asch, 1956). En este último, se sentaron a ocho personas alrededor de una mesa, siete de las cuales eran cómplices y habían sido instruidas para dar ciertas respuestas preseleccionadas. Cada participante era invitado a responder una serie de preguntas de fácil respuesta, como por ejemplo qué línea de una cierta figura era más larga. En el grupo de control, donde ningún participante estaba expuesto a la presión de grupo, hubo una sola respuesta incorrecta de treinta y cinco. En el resto de grupos, donde los cómplices del experimento señalaron conscientemente una respuesta incorrecta, al menos el 75% de los sujetos dieron la respuesta equivocada a por lo menos una de las preguntas.

Es cierto que la discriminación ha existido desde la antigüedad. Incluso antes de la esclavitud, los poderosos han utilizado argumentos arbitrarios para discriminar a ciertos colectivos. Tal y como revelan los resultados del experimento de Ash, algo posible gracias a la presión que ejercen mediante su influencia en las sociedades para normalizar y justificar un trato desigual y favorable para sus intereses individuales. Lo que también es cierto es que en la mayoría de los casos la no aceptación de la diversidad en las personas ha pasado de ser explícita a ser implícita y aparentemente menos visible. Es decir, la historia no ha conseguido suprimir la discriminación, sino transformarla. Ya no se esclaviza a la gente de color, sino que se les ofrece un sueldo que no les permite vivir pero sí que permite explotarles. Un sueldo que además se les paga, no casualmente, “en negro”. Ya no se quema a las brujas, sino que se las mata, viola y menosprecia bajo una falsa cortina de amor romántico tejida por un patriarcado tan omnipresente como arraigado. Los grandes imperios colonizadores ya no echan a las familias de sus casas a través de un ejército armado, sino que son las mismas familias las que se ven forzadas al suicidio por un sentimiento de culpabilidad e impotencia tras un desahucio.

El último Eurobarómetro sobre Discriminación reveló algo sobradamente conocido: bien entrado en el siglo XXI, la discriminación sigue siendo considerada como un fenómeno extendido en Europa -y, como es de esperar, aún más en España- y la crisis económica está contribuyendo a un aumento de la discriminación. Este incremento, lejos de ser una mera consecuencia de la crisis, es principalmente una herramienta que utiliza el sistema capitalista en tiempos de crisis.

En “La doctrina del shock”, Naomi Klein retrata cómo las elites utilizan las crisis, los estados de emergencia y las situaciones extremas como estrategias de control social para impulsar e imponer cambios sociales impopulares que, de otra manera, no serían posibles de aplicar. La ideología y las políticas económicas que defendieron Milton Friedman y la Escuela de Chicago no se han convertido en dominantes porque fuesen populares, sino a través de la utilización de una serie de impactos psicológicos en la sociedad. Así es como los desastres, la mayoría de ellos deliberados, provocan conmoción y confusión y permiten a los gobiernos imponer reformas impopulares. El libro expone, por ejemplo, cómo el golpe de estado en Chile y la invención de un enemigo externo -el comunismo- fueron clave para que la dictadura de Pinochet fuera capaz de imponer un plan económico ultraliberal que, de otra manera, el pueblo chileno no hubiera aceptado. Del mismo modo -aunque substituyendo el comunismo por el terrorismo islámico- es como el gobierno de George Bush justificó la intervención militar del ejército de Estados Unidos en Iraq. Una intervención cuya verdadera motivación se ha ido esclareciendo con el paso de los años y que no es otra que un intento de incrementar el poder económico estadounidense mediante el control del mercado del petróleo y el favor a grandes empresas cercanas al gobierno de George Bush que se beneficiaron del negocio de reconstruir el país tras la guerra. Lo llamen comunismo, judaísmo, terrorismo islámico u objeto volador no identificado, la realidad es que tiene un único nombre: el miedo como herramienta de control social. La evidencia científica se ha hartado de demostrar cómo tras el miedo que produce un shock, el individuo es más propenso a obedecer órdenes de que antes de experimentarlo. O lo que es lo mismo, el sometimiento a un estado de shock social produce la pérdida de capacidad crítica y de respuesta colectiva.



La combinación entre una crisis que es endogámica en el sistema capitalista y una creciente extensión de la discriminación no es casual, sino causal. En los períodos de crisis, una de las armas más afiladas del capitalismo ha sido la división de las personas a través de la justificación y la ejecución de la discriminación. La discriminación justifica unas condiciones sociales precarias a la vez que sirve como excusa para justificar la precariedad de determinados sectores de la sociedad. La discriminación abierta y encubierta es propiciada por la mano invisible de los mercados capitalistas que, a fuerza de desregulación, tienen vía libre para explotar la mano de obra más vulnerable y apostar por una reducción salarial general. La discriminación, por tanto, es una perversión intrínseca al capitalismo: sin construir categorías socioeconómicas que sostengan la desigualdad efectiva entre trabajadores, la relación de fuerzas entre sectores de la sociedad tendería a equilibrarse en términos relativos y las exigencias colectivas podrían estructurarse con mayor eficacia.

El controvertido ejercicio sociológico conocido como “Blue eyes - Brown eyes” (Elliot, 1968), esclarece la validez de esta teoría. A raíz de la muerte de Martin Luther King, esta profesora de primaria decidió llevar a cabo un ejercicio pedagógico con el objetivo de concienciar a sus alumnas y alumnos de los efectos de la discriminación, tanto en quien la ejerce como en quien la padece. El experimento consistió en dividir el aula en dos grupos en función de una característica física, concretamente el color de sus ojos. La profesora convenció al alumnado de ojos azules de que eran superiores y más inteligentes que sus compañeras de ojos marrones y les anunció que, debido a esta característica, disponían de ciertos derechos como ir al recreo o repetir la comida. Del mismo modo, aquellos que tenían ojos marrones eran convencidos de que eran más lentos y menos inteligentes, por lo que no podían disfrutar de los privilegios de los primeros. No suficiente con ello, la profesora repartió pañuelos para que las alumnas de ojos marrones se los pusieran en el cuello y fueran así fácilmente identificadas como el grupo discriminado. La segregación de los grupos tuvo rápidas consecuencias -peleas y discusiones entre ellos- y el alumnado descubrió cómo amigas y amigos desde la infancia se veían enfrentadas por el simple hecho de que la profesora les había otorgado privilegios distintos. Al día siguiente, Jane Elliot invirtió los papeles y el alumnado de ojos marrones pasó a ser el grupo favorecido. Tal y como ocurrió el día anterior, durante ese día el grupo privilegiado realizó las tareas de clase significativamente más rápido que el grupo discriminado, reflejando así cómo cada grupo había adoptado perfectamente el rol de grupo dominante o subordinado, con los correspondientes sentimientos de alegría o tristeza en cada uno de ellos.



La analogía reflejada en este experimento es la siguiente: si una profesora fue capaz de generar estos resultados en su alumnado, las estructuras de poder político y económico son capaces de llegar mucho más lejos. Lo que queda claro, entonces, es que la abolición de la discriminación será anticapitalista o no será.

No hay capitalismo sin racismo
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