domingo. 14.07.2024

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Tal vez una de las cosas no por obvias menos importantes que sucedieron el domingo pasado fue la entrada en el juego político de una serie de personajes situados a la derecha de la ultraderecha. No fue solo el fantasmagórico Alvise Pérez: hubo otros y otras como él a lo largo de todo el continente, y alimentan ahora un grupo significativamente numeroso en el Parlamento Europeo. 

Lo importante no es tanto el hecho mismo como la manera en que se ha producido: para muchos millones de electores de mediana y avanzada edad, los que se nutren de la información proporcionada por los medios de comunicación, estos personajes no existían hasta prácticamente la noche en que se abrieron las urnas. Jamás habían oído hablar de ellos hasta que las encuestas los mencionaron, y no podían suponer que tuvieran detrás tanta gente dispuesta a apoyarlos. 

Los demagogos de la distopía han alcanzado a un público sediento de autocomplacencia, y lo han encauzado con éxito hacia el odio

Hasta ese momento estos “fenómenos” se habían movido exclusivamente en las redes sociales, territorio del bulo, la mentira y la simplificación que ha extendido sus terminales hasta el último rincón del mundo mientras las autoridades no daban importancia a lo que empezó siendo una forma rápida de establecer contactos.

Vaya si ha sido rápida. Obedeciendo la máxima política de decir a la gente lo que la gente quiere oír, tenga o no relación con la realidad, y empleando estos canales de corto recorrido -pruebe usted a colgar un texto largo o un vídeo de más de cinco minutos: podrá comprobar que casi nadie lo lee ni lo ve-, los demagogos de la distopía han alcanzado a un público sediento de autocomplacencia, y lo han encauzado con éxito hacia el odio.

La pregunta importante es si podemos seguir ignorándolos. Durante años ya, nos hemos conformado con constatar que los jóvenes dejaban de consumir información para consumir ficciones políticas, pero ya hemos llegado al punto en que esa pendiente conduce de cabeza al infierno. Si no llenamos las redes de medios verificables que les hagan llegar la realidad empleando los mismos canales que los demagogos, no tardaremos en tener al frente de los gobiernos a la peor versión de los terraplanistas, los antivacunas y los negacionistas de la realidad.

Es necesario alcanzar con doscientos caracteres a aquellos que no leen otra cosa para hacerles ver que se están perdiendo la realidad

No estoy abogando por aceptar que el mundo ha ido a peor y sumarse a sus prácticas. Estoy diciendo que es preciso hacer una labor consciente de recuperación de la racionalidad pública. Es necesario alcanzar con doscientos caracteres a aquellos que no leen otra cosa para hacerles ver que se están perdiendo la realidad, y que están sirviendo de carne de cañón a unos pocos miles de espabilados. Es necesario devolverlos al mundo de la información real.

Sobre todo, porque esos espabilados no son espontáneos. Detrás de ellos hay gente de mediana edad, mucho poder y muy pocos escrúpulos, que paga por tener anestesiados a los electores y por volverlos útiles para sus fines. La mano que mueve los hilos es mucho más peligrosa que la marioneta. 

Los canales del odio