jueves. 25.04.2024
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Se avistan elecciones a granel con su correspondiente avalancha de mítines, reproches, eslóganes, vídeos promocionales y raptos de demagogia. ¡Más madera! Por orden cronológico de aparición: las de Castilla y León -a la vuelta de la esquina-, las de Andalucía, próximas, si se adelantan. Y para 2023 habrá elecciones en doce comunidades autónomas más las municipales y las generales. ¡Traed madera! (más madera en la traducción libre de Miguel Mihura) gritaba enajenado Groucho en los hermanos Marx en el Oeste. La diferencia entre Groucho Marx y los políticos es que su comicidad es bien seria y las ocurrencias de los políticos rozan la tragedia. El humor es una cosa muy seria y la política y la defensa y gestión de lo público entre unos y otros lo hemos convertido en una astracanada.

Nuestros ciclos vitales están medidos por un calendario ajeno. Los días y las horas están condicionados por fechas superiores. Parece que todo debe funcionar en clave de inmediatez y electoralismo. Es el mensaje y el proceder de las instancias políticas que tenemos asumido sin rechistar. La democracia no debe anclarse en una cita continua y constante con las urnas con el pretexto del interés general en el que subyacen estrategias puramente partidistas. Ni los ciudadanos son meros figurantes depositarios de una simple papeleta. Es una obviedad inserta en la comprensibilidad  que la populosa población política (actores, asesores, paniaguados) tiene que seguir comiendo, lo de gestionar y gobernar -con o sin programa- es una vieja reliquia. Pero la democracia no es mecánica, es espíritu. Se debería decir más alto. Albert Camus, una de las mentes más honestas y lúcidas del siglo XX, sostenía que la democracia no es un estado, sino un proceso que siempre está por hacer, por levantar y defender.

Da la sensación de que la democracia no es ya un sistema de convivencia apto para la realización integral de las personas, son comicios concatenados sin solución de continuidad y gente (la casta) que pelea -normalmente con la cara cuidadosamente enmascarada por los asesores- por el estatus y el poder. Hay mucha política y muy poca sociedad civil.

En las primitivas constituciones liberales se redactaba como objetivo patriótico “la búsqueda y la obtención de la felicidad”. Esa idea mamando abundantemente de las ubres de la inocencia, ese propósito resbaladizo entre la cursilería y la utopía aparecen reflejados en la Pepa. La felicidad del personal al que llaman nación como principio rector institucionalizado de cualquier gobierno. Porque se partía de la premisa irrefutable de que la ciudadanía está expuesta potencialmente al sufrimiento en cada una de sus distintas y variadas manifestaciones. Esa es la base del ideal progresista. El pensamiento ilustrado creía en la democratización de la felicidad, pero es muy posible que la democracia haya dejado de creer en el pensamiento ilustrado. La clase política ya no habla a las claras de “felicidad para el pueblo” en sus campañas electorales. Es mucho más sofisticada y táctica, quince días con el pueblo y cuatro años, si todo va bien, seremos nosotros pero sin el pueblo. El despotismo democrático como variante posmoderna del despotismo ilustrado.

La felicidad es una abstracción subjetiva -en muchos casos un estado de ánimo- difícilmente traducible a figuras jurídicas y términos legales, y más aún con carácter plural o colectivo. Pero el bienestar material como compromiso, la felicidad cotidiana -léase laboral y económica- del aquí y el ahora que contradiga la brecha cada vez mayor entre ricos y pobres sí es traducible, y sin mucha más demora: redistribuir.

¡Más madera!

Más elecciones, más madera