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sábado. 02.07.2022
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Imagen de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) | Wikipedia

“El problema de Maquiavelo consiste en responder a la cuestión de cómo mantenerse en el poder a toda costa. No es por tanto una cuestión ética sobre si se debe o no querer semejante objetivo, sino una cuestión meramente política sobre cómo podría llevarse a cabo, si así se quiere. Reprochar a Maquiavelo la inmoralidad de sus escritos sería tanto como echarle en cara al maestro de esgrima no iniciar sus enseñanzas con una lección en contra del asesinato” (Arthur Schopenhauer)


Maquiavelo redactó un célebre tratado -El Príncipe- que dedicó a quien gobernaba Florencia en aquel momento. Quería dar a ese príncipe la perspectiva de alguien que había visitado el interior del palazzo, pero también conocía lo que se vivía en la piazza por parte del pueblo. Conocía bien ambos mundos, al oficiar como secretario de la segunda cancillería florentina, la encargada de los asuntos exteriores y de la guerra. Esta experiencia le hizo conocer a figuras como la de César Borgia, el hijo del Pontífice Alejandro VI, que capitaneó los ejércitos vaticanos.

Aquella Italia renacentista estaba dividida en prosperas ciudades que se disputaban su primacía comercial, territorial e incluso cultural. Los condotieros cambiaban de bando vendiéndose al mejor postor. Las alianzas familiares por matrimonio se quebraban con asesinatos de sus próximos. Mantener una mínima estabilidad requería combinar la fuerza con las argucias diplomáticas más enrevesadas.

Tras leer a los clásicos, especialmente Tito Livio, Maquiavelo decide anotar sus observaciones redactando una especie de manual sobre cómo cabe obtener y conservar el gobierno. La legitimación divina no supone un respaldo muy eficaz y lo que le interesa es desvelar los resortes de la maquinaria del poder, sin atender a consideraciones que puedan trabar ese funcionamiento. 

Hoy en día nuestros partidos políticos constituyen un equivalente funcional de poderosas familias como los Medici, aunque tampoco falten apellidos con una tremenda influencia por su poderío financiero. Los paladines de confianza son esos asesores que dictan el guión a quienes protagonizan la política en primera línea, entre los cuales también menudean algunos aprendices del perfil simbolizado por César Borgia. 

La violencia verbal y la designación de chivos expiatorios no es algo inocuo. Luego se persigue al diferente y acaba por despojársele de su condición humana

Las estrategias militares han dado paso al control de la desinformación y el veneno se inocula mediante los bulos que intoxican la comunicación pública. Cuando una de las piezas del tablero se vuelve problemática, basta con airear una minucia que pase por un escándalo intolerable. Mientras tanto da igual que su proceder conculque cualesquiera fronteras morales, al tener una dispensa para ello, si ganas elecciones.

A veces prueban su propia medicina. Trump se ha visto abucheado por sus adeptos al revelar que se había vacunado con una tercera dosis. Quien se creía inmune a toda crítica por parte de sus correligionarios, ha debido sorprenderse mucho con esos abucheos, después de haber propiciado tantos decesos entre quienes no se han vacunado por secundar su demagogia negacionista.

Otras veces no dejan de sorprendernos. Lejos de guiarse por los intereses comunitarios, algunos partidos alientan una campaña electoral permanente, que les hace convocar o forzar elecciones para beneficiarse de un sondeo favorable, lo cual sólo produce hartazgo en la ciudadanía y hace cundir el escepticismo para con la política en general.

Ante la inquietante situación que atraviesa el sistema sanitario madrileño, desbordado por la nueva oleada de contagios, a su máxima responsable, la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso, sólo se le ocurre denigrar al personal sanitario, acusándoles de pretender socavarla electoralmente, describiéndolos como unos vagos redomados a los que piensa investigar. Hemos pasado de los aplausos iniciales a las injurias, porque se revelan rentables en términos electorales, cuando no se puede justificar una calamitosa gestión de los recursos y del diseño de las estrategias preventivas. Impresiona que cale semejante discurso entre sus huestes, como si la pandemia no fuera un problema de todos, pese a que sus efectos difieran por barrios.

En Chile acaba de producirse un cambio generacional que podría fijar otro rumbo político, al sancionar los cambios constitucionales que provocaron inicialmente una subida en las tarifas del metro. Los actores del cambio fueron líderes de un movimiento estudiantil que denunció una situación insostenible, al no poderse reembolsar los créditos que financian las carreras universitarias en un mercado laboral tan precario. Las recetas neoliberales favorecieron a una oligarquía que aumentaba su patrimonio gracias al masivo endeudamiento de la población.

Falta saber si la nueva presidencia chilena podrá cumplir con su programa o se le derrocará con las nuevas argucias de quienes mueven los hilos. Ya no hace falta un Pinochet que asedie con las armas el Palacio de la Moneda. Por de pronto las expectativas generadas no podrán cumplirse porque sus partidarios quedarán defraudados al no poder verificarse los cambios instantáneamente. Pero las trabas que se le pongan tampoco facilitaran su tarea. El propio Biden se las encuentra entre sus filas y debe rebajar sus objetivos programáticos. 

En cualquier caso las elecciones chilenas podrían augurar un cambio de tendencia. La extrema desigualdad, los estragos de la pandemia y el cambio climático son realidades que no pueden seguir obviándose, aunque los negacionismos continúen infiltrándose por doquier, gracias al inestimable concurso de unos asesores que, al despreciar cualquier consideración ética, trasgreden todas las fronteras morales imaginables, enfangando el noble arte de la política. 

Este tipo de maniobras ha solido generar históricamente situaciones cuya repetición resulta muy poco aconsejable. La violencia verbal y la designación de chivos expiatorios no es algo inocuo. Luego se persigue al diferente y acaba por despojársele de su condición humana. 

Maquiavelo y las fronteras morales de la política