lunes. 15.07.2024
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Jugaban y jugaban a la pelota sin piedad. La calle era el templo. Los profanadores, el tráfico y los negocios. El sol como un dios pequeñito los protegía sobre fondo de cartulina añil. El tiempo tenía cara de dibujo animado con ganas de olisquear los placeres que se publicaban más allá de la inocencia y a este lado de la pantalla única del televisor. El mundo en toda su extensión conquistada de barrio y cemento se posaba perezoso sobre las cosas, sin derrapar y sin dejar un perenne olor a gasolina y asfalto. El orden, de achicado y conocido, era perfecto. No se multiplicaba ansioso en infinitud de ventanas virtuales que se asoman al caos como atracción, el que aumenta la incertidumbre y constriñe las libertades anunciando justamente lo contrario.

Había padres que se pasaban el día en los bares y bebían y bebían como un rezo inverso del que no cree en sí mismo porque fueron niños olvidados preparados para ser adultos olvidadizos y dejados. No crearon traumas en los hijos, eso no se creaba, sólo eran malas hierbas que nacían y crecían por dentro y cuya poda o invasión era casi una decisión individual y personal. Una cuestión de voluntad y de carácter.

Había madres descreídas pero que peleaban como jabatas a diario con amnesia y renuncia para sacar adelante a la 'famiglia', ese concepto privado medio mafioso y medio lleno de ternura que está desapareciendo. Es verdad que al llegar la noche aullaban en silencio su dolor y su desconcierto. El machismo y el sufrimiento se podían tocar sin herirte, eran veraces y naturales, no eran ideología y arma política.

Los nuevos niños, industrializados en el juego y en los gustos, lloran por rendir pleitesía a las empresas multinacionales

Seguramente la vida cotidiana en muchos hogares estaba repleta de trastornos mentales y conductas tóxicas antes de que llegara la sociedad del rescate para reconocerse sociedad enferma con sus tecnicismos y etiquetas, sus diagnósticos y tratamientos. Pero vivir era un acto de coraje que no se podía detener para ser descrito y diseccionado.

La vieja niñez estaba adherida al descubrimiento. Descubrir era su aparato respiratorio. Los infantes actuales están sometidos al adiestramiento. Así, la infancia, la patria verdadera de Rilke, es un puro trámite inventado por los mayores hacia la adultez de la histeria informativa, histeria legislativa, histeria consumista, histeria tecnológica, histeria denominativa. Histeria.

Los viejos niños artesanales lloraban por su individualidad y por la defensa de la travesura cometida. La excitación era propia, no impuesta. Los nuevos niños, industrializados en el juego y en los gustos, lloran por rendir pleitesía a las empresas multinacionales. No son dueños de sus excitaciones, les vienen programadas. Se necesita capital humano despersonalizado. Los nuevos niños de diseño, digitalizados hasta las venas, lloran por formar parte lo antes posible de la multitud a la vanguardia.

Los viejos niños