jueves. 04.06.2026
UN ARTÍCULO DE MERCEDES DE VEGA

Libertad de expresión o carne cruda para devorar

A propósito de la no publicación de El odio, de Luisgé Martín.
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José Bretón en el juicio. (Imagen de archivo).

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A propósito de la no publicación de El odio, de Luisgé Martín

No es una sana justificación invocar jurisprudencia de obras literarias que reproducen crímenes reales, especialmente cruentos, como las novelas A Sangre fría, de Truman Capote, o El adversario, de Emmanuel Carrere, para publicar un contenido dolorosísimo que hiere profundamente a personas víctimas de violencia, abusos, asesinatos y cualquier tipo de daño moral, físico y psicológico. Como es el caso que trato en este artículo, con la no publicación, al final, de El odio, una obra que hiere profundamente a dos familias y a una persona en concreto, mujer y madre que ha sido víctima de una atrocidad vicaria abominable contra sus hijos por parte de su marido, con el terrible objetivo de dañar irreparablemente a su esposa. Es inconcebible una acción semejante por parte de un padre, porque es biológicamente disfuncional. Y, además, en este caso, no hay banalización del mal, porque José Bretón era plenamente consciente del mal que infligía con sus actos.

Pienso que nadie, ni una editorial ni un autor de novelas, están legitimados a sacar provecho de una historia así para crear una obra con la que obtener un rendimiento económico. Otra cosa muy distinta sería una tesis doctoral sobre la maldad humana o lo que le dé la gana investigar a su autor, sin ánimo de lucro y fama. Pero escribir una obra desafiando los límites éticos con intención de publicarla para ganar dinero, se sale de toda línea moral y de justicia, porque no solo estamos hablando de literatura. Sino de negocio.

A veces, debajo de lo que se llama libertad de expresión solo hay comercio y comerciantes, y a menudo, sin escrúpulos

Hablemos de principios humanos. Por ejemplo, del respeto, por citar solo uno. En mi opinión, como persona y escritora, el respeto rige mi comportamiento literario y comercial, no olvidemos que una novela, de ficción o no, es un artefacto, cuyo objetivo final es su publicación con una contrapartida económica. Y, con El odio, se esperaba jugosa. Porque el libro no se iba a distribuir gratis. Si se hubiera concebido para su gratuidad, se podría pensar que su intención podría ser, entre otras muchas, dañina y corrupta desde su formulación, para justificar a un asesino y dañar doblemente a la madre. Pero no, el libro no iba a ser gratuito, iba a ser un negocio. Es un negocio, señores. Y el negocio se mide por las expectativas de ventas del libro y se le coloca el sambenito de la libertad de expresión para no morirse de vergüenza. A veces, debajo de lo que se llama libertad de expresión solo hay comercio y comerciantes, y a menudo, sin escrúpulos.

No podemos olvidar que, con la publicación de esta especie de novela confesional, porque es la confesión de un verdugo, éste obtiene una doble venganza sobre su víctima, que está viva, y que no es otra que la de mostrar al mundo lo que él ha hecho con sus hijos para renovar el daño hacia su esposa y volverla a empujar a la pesadilla y al horror de haber perdido lo que más amaba de esa brutal manera; hacerla regresar a lo más oscuro del ser humano, lo más atroz y lo más feo.

Personalmente creo que los autores no deberíamos de contribuir a mostrar descarnadamente ese mal ni esa fealdad humana de forma absolutamente burda y explícita, sin ningún tipo de enmascaramiento, ni prudencia, ni sofisticación en la escritura, sin importarnos las emociones que pueda producir en el lector. No digamos ya a la familia de los niños, que los vuelven a ver otra vez sometidos al terrible castigo del padre.

La literatura con mayúsculas ha de elevar al hombre por encima de sí mismo y sus miserias, no por debajo

El trabajo de un autor que publica ha de ser muy escrupuloso, no todo vale. Por lo menos, que tenga la finalidad última de no contribuir al dolor humano, sino hacer de este mundo algo más más compasivo y elevado, sanador, transformador y meditativo de miserias y horrores, sin reproducir su literalidad cuando es tan descarnada, porque eso no es literatura, es carne cruda para devorar. Porque no olvidemos que el protagonista del libro es un asesino real, encarcelado de por vida, no un asesino ficticio de una novela que la cierras cuando te vas a la cama y la historia desaparece porque nunca ha existido, salvo en tu cabeza. En la ficción todo está permitido, pero en la realidad no. La realidad tiene leyes y códigos morales y obligaciones sociales para con los demás. Porque los demás también son los que compran nuestras novelas y merecen sensibilidad. La literatura con mayúsculas ha de elevar al hombre por encima de sí mismo y sus miserias, no por debajo. Basta con leer a Dante, por favor, y descender a su infierno de la Divina Comedia para aprender de él la maestría de un gran autor. 

Me pregunto, ¿por qué no utilizar el punto de vista de la víctima, de la propia Ruth Ortiz? que es realmente quien merece un libro, un relato sanador, no un artefacto de padecimiento. ¿Por qué nadie pensó en ella y la dejaron abandonada a su dolor?

Y otro apunte que no desmerece la historia, es la terrorífica y explícita portada que ha elegido la editorial para tan cruda historia. Sensibilidad, ay, ¿dónde estás? A qué mente privilegiada se le ha ocurrido esa portada. ¿Nunca pensó la editorial en Ruth Ortiz?, en el efecto que esos ojos malvados podrían causar en ella y en su familia?

¡Por Dios! Pongamos algo de cordura en nuestro sector.

No todo vale para ganar dinero, señores editores, señores escritores.


Merdevega2024
Mercedes de Vega.
Socióloga y escritora.

 

Libertad de expresión o carne cruda para devorar