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domingo. 26.06.2022

La imagen de Rouco Varela, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), debía ilustrar este artículo. Claro que durante estos día no hubo fotógrafo que lograse una instantánea del mencionado eclesiástico, quizás debido a que su preocupación por el estado de lo que él denomina “cultura familiar”, lo ha mantenido enclaustrado a la espera del dictamen del Tribunal que finalmente esta semana ha dado constitucionalidad al matrimonio homosexual.

“Cada uno puede hacer de su culo un florero”, Roque Dalton

Tras siete años de incertidumbre se ha resuelto el recurso de inconstitucionalidad interpuesto por 72 diputados del Grupo Parlamentario Popular contra la Ley 13/2005, de 1 de julio, por la que se modifica el Código Civil en materia de derecho a contraer matrimonio. La ley, según el Alto Tribunal, es perfectamente constitucional. De manera que las voces que aquel día de 2004 se alzaron en la Puerta del Sol –pancartas en mano y sotana en cuerpo– contra lo consideraban una aberración, deberán ahora replantearse su manifiesta intención de retroceder en el tiempo, otorgando derechos sólo a quienes sus retorcidas idiosincrasias caen en gracia.

Fue por esos días de protesta clerical cuando el cardenal de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López Rodríguez, sostuvo que el matrimonio gay “es un plan macabro para exterminar a la humanidad”. Idea que ni al director de Terminator se le hubiese ocurrido. El Papa Benedicto XVI se sumó a la lista de ilustres que opinaron al respecto, explicando en riguroso directo que los matrimonios entre personas del mismo sexo son opuestos al "bien común". “Salvar a la humanidad de las conductas homosexuales es tan importante como evitar la destrucción de las selvas”, dijo luego, como colofón de un discurso digno de un chimpancé adicto a los alcaloides. Andre-Joseph Leonard, arzobispo de Bruselas, fue un poco más lejos (metafóricamente hablando, porque para decir lo que dijo no le hizo falta moverse de la capital belga). “El SIDA es un acto de justicia. Jugar con la naturaleza del amor conduce a catástrofes así”. (Evidencia clara de que a la Iglesia nunca le llegó el refrán que dice que es preferible permanecer con la boca cerrada y parecer un ignorante, que abrirla y confirmarlo).

¿Por qué les llamarán cura si son la misma enfermedad?, podría preguntarse el lector a esta altura del artículo. Pero tómeselo con calma, porque no somos quienes para emitir juicio alguno, y porque además no hace falta, ya que son las propias manifestaciones del clero las que disipan cualquier duda respecto a esa pregunta que usted se formula. Para comprobar cómo la Iglesia Católica recrudeció su discurso contra los derechos de los homosexuales, sólo basta con retroceder hasta el año 2004, momento en el que comienzan a ver la luz las primeras denuncias masivas de pederastia en el seno de la Iglesia y varios países, entre ellos España, inician el proceso de legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Con la intención de desviar la atención de los cientos de casos de abusos cometidos por párrocos de la Iglesia Católica, el Vaticano utilizó todas las herramientas que tuvo a su alcance; entre ellas el libro basado en la entrevista de Peter Sewald al papa, titulado "Luz del Mundo"; publicación en la que Benedicto XVI explica por qué los homosexuales no pueden ser sacerdotes y en la que pide que los seminarios los detecten y los aparten. "Su orientación sexual les distancia de la recta paternidad que define el ser sacerdotes". Y aunque reconoce que hay sacerdotes homosexuales, pide que "por lo menos" no ejerciten "de manera activa" esa inclinación, para permanecer fieles a sus obligaciones.

Había que distraer la atención, hacer que la gente apartara la vista de las enfermedades que se gestan en el núcleo mismo de la Iglesia Católica. Salieron entonces a la luz un buen número de obras literarias y diversos documentos en los cuales se ponía de manifiesto el “horror” que significaba el matrimonio entre dos personas del mismo sexo. En "Hombre y Mujer los creó", publicado en  2004, se hace saber que "la inclinación homosexual debe ser considerada como objetivamente desordenada, ya que es una tendencia hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral". En una instrucción de la Congregación para la Educación Católica de 2007, el texto del documento expresa que "Por lo que se refiere a las tendencias homosexuales profundamente arraigadas, que se encuentran en un cierto número de hombres y mujeres, son también éstas objetivamente desordenadas y con frecuencia constituyen, también para ellos, una prueba. La Iglesia no puede admitir al Seminario y a las Órdenes Sagradas a quienes practican la homosexualidad”.

Claro que no todos los curas opinan de esta manera. A José Nicolás Alessio, sacerdote argentino, se le ocurrió manifestar su opinión acerca del matrimonio homosexual. “No me parece algo malo”, dijo, respondiendo a la pregunta de un periodista. Poco tiempo después sus palabras derivaron en un juicio canónico en el cual el tribunal interdiocesano de Córdoba le prohibió ejercer de por vida el sacerdocio y le ordenó abandonar la casa parroquial en la que vivió durante treinta años. "El presbítero José Nicolás Alessio ha cometido rechazo pertinaz de la doctrina descrita al sacramento del matrimonio y desobediencia al Ordinario. Ha divulgado ideas por escrito y de palabra por los medios de comunicación en contra del magisterio eclesiástico. Se le prohíbe ejercer en público la potestad sagrada, es decir: celebrar la Santísima Eucaristía, oír confesiones, celebrar los demás sacramentos y residir en la casa parroquial San Cayetano del barrio Altamira", indicaba el fallo. A Alessio lo nominaron y finalmente lo expulsaron de la casa. Entrevistado por medios argentinos, el ex cura sostuvo que "Lo grave es que esta Iglesia habla de respeto a la democracia, de la necesidad del diálogo y de la bondad; pero hacia adentro tiene actitudes absolutamente autoritarias que se corresponden mejor con lo peor de una dictadura”.

Mala semana entonces para Rouco y los suyos. Y para mi vecino Antonio que ayer se cogía la cabeza con ambas manos mientras por lo bajo soltaba una puteada silenciosa. “Hay que ver. Hay que ver”, decía. Y no es para menos. Su susceptibilidad está a prueba estos días. Cuatro años más de presidente negro y maricones pidiéndose en matrimonio. Supongo que con tanta mala sangre no llega a fin de mes.

Que cada uno puede hacer de su culo un florero, tal como escribió el revoltoso poeta salvadoreño Roque Dalton, es algo que a estas alturas debería formar parte de la cultura universal. Que cada cual se case con quien quiera y que haga con sus genitales lo que de ahí mismo le salga. Nadie debería ser juzgado por la opción sexual que le venga en gana o por pretender formar una familia con quien se le antoje.  Sin embargo ya lo ve. Hubo que dar muchos pasos para llegar hasta aquí. Pero finalmente se ha llegado. A pesar de esos a los que llaman cura cuando en realidad quizás sólo sean la enfermedad.

Le llaman cura pero es enfermedad