martes. 18.06.2024
Elena, Eduardo y Eduardo (1958)
Elena, Eduardo y Eduardo (1958)

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Esta historia empieza y acaba en Ontinyent-Valencia-durante los años 1938 y 1939, en plena guerra civil. Allí estábamos mis padres y yo.

En 1936, esta corta familia vivía acomodada en Colombia (Palmira y Cali) donde mi padre ejercía como médico, con un futuro prometedor. La noticia de la rebelión militar contra la República se recibió como un latigazo doloroso, que alteró por completo sus vidas.

Coherentes con su ideario republicano y comunista decidieron, tras una difícil reflexión, retornar a España, para sumarse a la defensa de la Republica. Bélgica, donde residían los hermanos de mi madre, era el puerto más adecuado para desembarcar en Europa.

Desde Bélgica, formando parte de una compleja columna de ambulancias y vehículos de carga, movilizada por las Brigadas Internacionales, cruzamos Francia, para, a través de una Cataluña convulsa, llegar a Ontinyent y fundar allí un hospital militar, ocupando el colegio abandonado de los Franciscanos. 

Coherentes con su ideario republicano y comunista decidieron, tras una difícil reflexión, retornar a España, para sumarse a la defensa de la Republica

A los médicos y sus familias se les adjudico una vivienda próxima al hospital. A nosotros nos tocó una masía incautada, llamada La Bandera. Junto a ella, en edificación aparte, permanecieron los encargados o medieros de la finca, con cuyos hijos aprendí a jugar, triscando por los campos. Yo tenía cinco años.

La guerra estaba lejana, salvo en ocasiones en que me sacaban de la cama para mostrarme el resplandor del estallido de las bombas sobre Alcoi o, más lejano, oír el retumbar de las bombas en el nudo ferroviario de La Encina, Horas después las ambulancias llenaban las carreteras que desembocaban en el hospital. Horas de urgencia y agitación, en los que mi madre se sumaba al personal sanitario.

* * *

A finales de 1938, mi padre pide el traslado, junto a su ayudante médico, a un “hospital de sangre”, en el frente de Albuñol. Un movimiento táctico para defenderse de la arbitraria e injusta ofensiva estalinista contra los brigadistas, sospechosos de anarquismo o, peor, de traición. Mi padre nunca fue un dogmático. En el mundo del hospital vivía y trabajaba una colectividad de personas muy diversas, venidas de países distintos, que establecían libres amistades.

Mi madre y yo permanecimos en Ontinyent, ligados al hospital.

Se consuma así el patrón patriarcal, que ha dominado el mundo durante siglos. El hombre en la guerra. La mujer en la retaguardia, cuidando la prole, el hogar y la huerta. Esperando el retorno del héroe coronado de laurel o derrotado o muerto.

La vida de mi madre se torna cada vez más difícil y triste y, en las cartas de mi madre a su marido confiesa su soledad y angustia, y solicita compañía y ayuda para el día a día doméstico, cada vez más difícil conforme la escasez se hace más dura y generalizada. El frio es agudo aquel invierno, y unos sacos de almendras e higos secos nos vendrían bien. Y al niño les gustan. ¿Podrían traerlos algunas de las ambulancias que van y vienen?

 Todo va mal y la derrota de la República se hace sentir y es objeto de continuos comentarios. Y el destino familiar incierto.

* * *

Triste. La han dejado sin música. A ella que era pianista y la música era alimento y afán cotidiano. Han incautado las lámparas del viejo aparato de radio y lo han dejado mudo. Lo último que pudo oír fue el concierto para piano, numero 21, de Mozart. Un silencio se instala en aquel caserón aislado que hace más dolorosa la soledad, en aquel mundo en guerra.

Y clama inútilmente por el piano, que siempre habia tenido, hasta que tuvo que abandonarlo, al salir de Colombia. Y pide ayuda a mi padre: ¿conoces a alguien que pudiera alquilarme uno? ¿algún amigo donde pudiera tocar unas horas? Era un llanto imposible de consolar. (Tuvo que esperar hasta 1950 para volver a tener un piano en su casa).

Vuelvo la mirada hacia aquellos lugares y fechas, iluminada por las cartas recién leídas, y me siento orgulloso de mis padres

Y un favor más: a través de las enfermeras o el personal sanitario ¿no conocerían a alguien que pudiese venir a ayudarme, como “chica de servicio”? Estoy muy cansada y no alcanzo a cubrir las necesidades del niño y mis padres.

Unas demandas insatisfechas -piano y chica de servicio-, que pueden escandalizar tratándose de una persona militante comunista, sin carné, que está comprometiendo su vida y la de su hijo en defensa de la República. Compartiendo con su marido la misma batalla, en distintos frentes.

Hoy, vuelvo la mirada hacia aquellos lugares y fechas, iluminada por las cartas recién leídas, y me siento orgulloso de mis padres. 

* * *

Esta anécdota familiar me hace pensar cuánto de aquel confort material y espiritual que conquistó la burguesía profesional a lo largo del siglo pasado —mis abuelos eran medico e ingeniero— ha permanecido subyacente a lo largo de nuestras vidas. Y ha marcado y sigue marcando nuestras necesidades cotidianas. Nuestras demandas de utensilios y servicios que nos aseguren un grado de confort y placer que consideramos merecido.

Pero muchas veces la satisfacción de lo que entendemos como nuestras necesidades, apetencias o caprichos burgueses legítimos, entran en conflicto en el paisaje de una sociedad marcada por la desigualdad. Pero conseguimos sortearlo y dar satisfacción a nuestros deseos, domesticando su tamaño o coste para no hacerlos ostentosos y agresivos y así ser admitidos colectivamente como algo normal y tolerable.

La elegancia es un comportamiento necesario y exigible para una convivencia respetuosa.


P.D. Mi madre Elena Samain murió a los 92 años, conservando su carné del PCE, con la cuota de militante al día.

El piano, la chica de servicio y una madre comunista