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viernes. 03.02.2023
TRIBUNA DE OPINIÓN

Joaquín Sabina y el termómetro del izquierdismo: una reflexión

Los corifeos de la derecha se han apresurado a elogiar a Joaquín Sabina y él se permite algunos lujos que, desde una concepción democrática de la historia, son difícilmente admisibles.
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Sigo a Joaquín Sabina desde sus primeros discos, aquellos vinilos, con réplica en casete, de finales de los 70, principios de los ochenta. Entonces, la izquierda, representada sobre todo por el PCE, en segundo plano por un PSOE que se haría hegemónico en las primeras elecciones generales, y por un bosque de siglas izquierdistas que iban del maoísmo al trotskismo con toques independentistas en algunas regiones o nacionalidades, era el motor de la oposición al franquismo.

Sabina cantaba en La Mandrágora, Sabina era uno de los extremos de un tridente que completaban Alberto Pérez y Javier Krahe, ahora desaparecidos del documental Sintiéndolo mucho, de León de Aranoa, y él, con sus colegas “mandragoritas”, se había añadido al particular catálogo de cantautores que nos alimentaban de poesía, música y gestas comprometidas con la democracia, y que encabezaban resistentes como Adolfo Celdrán, Pablo Guerrero, Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Quico Pi de la Serra, Elisa Serna, Lluís Llach, Marina Rosell, Mikel Laboa, José Antonio Labordeta, Joaquín Carbonell, Ovidi Montllor….  Todos eran de izquierdas.

Para mí, ser de izquierdas entonces era soñar con una sociedad democrática y avanzada, que rechazara toda tentación dictatorial, que contara con un potente sector público, con un estado del bienestar (sanidad, educación, pensiones, etc…) y en la que se reconocieran y ejercieran plenamente las libertades que se recogían en la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Eso era para mí lo que se denominó entonces eurocomunismo: el PCE, la izquierda, había condenado la invasión soviética de la Checoslovaquia de Dubceck del mismo modo que condenaría después los golpes de Estado en Chile y Argentina o el golpe que, en Polonia, abanderó Jaruzelski contra las movilizaciones de Solidaridad, y celebraría, a la vez, la perestroika de Gorbachov de igual modo que había respaldado la primavera de Praga. Y al abrazar el binomio socialismo/libertad eliminó de sus programas la dictadura del proletariado, sustituyéndolo por una propuesta de “democracia política y social”, y se distanció de las políticas autoritarias de la Unión Soviética condenando el sistema dominante en el bloque del Este: el “socialismo real” no era democrático ni socialista. La pluralidad, la “vía democrática al socialismo” a través de la actividad parlamentaria, la defensa de un sólido y democrático tejido social, y la combinación del libre mercado con el funcionamiento de un eficiente y poderoso sector público integraban el proyecto con el que nos comprometíamos: aspirar a todo aquello era ser de izquierdas. Con un baluarte básico e irrenunciable: la libertad.

Ha pasado casi medio siglo desde entonces. El mundo ha evolucionado y revoluciones inicialmente democráticas como la nicaragüense se han visto sustituidas por fórmulas dictatoriales que nada tienen que ver con la concepción de izquierdas descrita más arriba. En el fondo, ser de izquierdas acabó siendo sumarse al reformismo fuerte de la socialdemocracia

No es que quienes teníamos aquella concepción de la izquierda la hayamos abandonado hoy. Ha sido abandonada por los regímenes que, desde presupuestos de izquierda han devenido en dictaduras perfectamente asimilables a dictaduras de corte derechista, aunque sus líderes y el ecosistema mediático dominante los identifique con la izquierda. No son la izquierda. En consecuencia, el distanciamiento de muchos hombres y mujeres progresistas de esos sistemas o regímenes no se puede calificar de alejamiento de la izquierda, o como dice Sabina en el documental de León de Aranoa —“ya no soy tan de izquierdas porque tengo ojos y oídos”—, ser menos de izquierdas. Es mucho más sencillo: precisamente por ser de izquierdas y mantener convicciones de izquierdas y “por tener ojos y oídos”, se condena a regímenes y movimientos que han devenido en populismos dictatoriales o próximos a lo dictatorial y se han alejado de la izquierda democrática que ha inspirado nuestro comportamiento y nuestra actitud ante la vida. Son totalitarismos puros y duros en los que rigen fórmulas que son casi indiferenciables de las dictaduras derechistas.

Si Sabina no es “tan de izquierdas” como antes, ¿en qué se concreta ese descenso de las dosis de izquierdismo de su conciencia?

Si Sabina no es “tan de izquierdas” como antes, ¿en qué se concreta ese descenso de las dosis de izquierdismo de su conciencia? ¿Considera de izquierdas al gobierno de Daniel Ortega de Nicaragua, o el de una Cuba resistente a una evolución democrática y pluralista, o el capitalismo de Estado, vestido de comunismo, de China o de Corea del Norte, y por ello, distanciarse o condenar esos sistemas es ser menos de izquierdas, es decir, acercarse a la derecha? A mi juicio, quienes se han movido como lo ha hecho la cúpula del sandinismo hacia fórmulas autoritarias, o quienes no han evolucionado y se han situado en posiciones “conservadoras”, manteniendo fórmulas dictatoriales, están muy lejos de la izquierda que, en España, se comprometió a fondo con la construcción de la democracia y con la Constitución: están a la derecha. Es decir, yo mantengo mis convicciones progresistas  de entonces, y precisamente por ello, condeno y critico las derivas de los regímenes apuntados, a los que hace mucho dejé de considerar progresistas..  

Los corifeos de la derecha se han apresurado a elogiar a Joaquín Sabina, le sugieren nuevas renuncias, le invitan a reconocer que su vida fue un error, y él se permite algunos lujos que, desde una concepción democrática de la historia, son difícilmente admisibles. Es verdad que su propensión a frivolizar determinadas situaciones, a reír por todo, hace que gran parte de sus admiradores (entre los que me cuento) le perdonemos todo o, como vulgarmente se dice, “le riamos las gracias”. Pero hay algunas que son menos gracias que otras: hace algunos años, en un encuentro con Arturo Pérez Reverte —el vídeo es fácilmente localizable en Internet—, Sabina reía mientras expresaba su plena coincidencia con una frase del escritor: “La guerra de España fue un ajuste de cuentas” entre dos bandos, después de afirmar, el propio cantante y con referencia a la izquierda, también entre risas: “¿Y por qué, lo primero que hacían era quemar conventos y fusilar el crucifijo?”. Cierto que era una conversación distendida e informal, pero se grababa para las redes. Y a veces, las simplificaciones de experiencias colectivas complejas y dramáticas, en las que se elude la verdad histórica básica (la guerra fue consecuencia de un cruento golpe de Estado contra la democracia y la República, no un “ajuste de cuentas” aunque en su desarrollo se produjeran tales desmanes) desbordan el campo de la frivolidad para adentrarse en un terreno muy resbaladizo.

En conclusión: no estaría mal que el autor de 19 días y 500 noches le diera una vuelta al concepto izquierda en términos políticos y existenciales. Porque criticar las derivas autoritarias, dictatoriales, derechistas en definitiva, de lo que fuera en su día “izquierda” no es ser menos de izquierdas, sino lo contrario: es afirmar ese concepto vinculado al progresismo, a la radicalidad democrática, al pluralismo político, a la libertad civil y social, al reequilibrio económico y territorial, a la igualdad en definitiva. Un terreno que, estoy convencido, le es familiar al cantautor. Y con el que se identifica.

Joaquín Sabina y el termómetro del izquierdismo: una reflexión