miércoles 1/12/21

Una izquierda nueva y transformadora

Hay que admitir la necesidad de la ‘resignificación’ de la izquierda, aunque no desde el idealismo discursivo sino desde el realismo crítico.

15m sevilla
Imagen del movimiento 15M en Sevilla. (Wikipedia)

Aunque hay precedentes históricos, podemos situar la emergencia de una nueva izquierda social en los años sesenta y setenta del pasado siglo (mayo francés -1968-, otoño caliente italiano -1969-, transición democrática en España, pacifismo estadounidense…), con los llamados nuevos movimientos sociales (feministas y ecologistas, pero también pacifistas, antirracistas o de solidaridad internacional…) y el impulso o readecuación de los viejos movimientos  populares (sindicales, vecinales…), ambos tipos con una significativa renovación cultural y democrática.

Sus trayectorias tienen sus altibajos en las décadas siguientes, hasta el nuevo proceso de protesta social, conocido simbólicamente como movimiento 15-M (2010/2014), con el desarrollo de la activación cívica masiva por la democratización y la justicia social, o sea, frente a las políticas de austeridad y recortes sociales y laborales y las dinámicas prepotentes de las élites gobernantes en la gestión de la crisis socioeconómica e institucional en esos años.

La expresión pública de ese gran proceso de protesta cívica tuvo dos niveles de implicación. Un sector activo de varios millones, con la particularidad de su persistencia y su firmeza reivindicativa, con claridad sobre los adversarios (los poderosos o poder establecido, donde se incluyó al gobierno socialista de Zapatero) y diferenciado del campo propio (la gente popular, los de abajo). Así mismo, demostró su creatividad expresiva en torno a esas ideas fuerza, de más democracia y justicia social. Y obtuvo un nivel muy alto de legitimidad (entre el 60% y el 80%) a su indignación y sus demandas básicas contra la gestión institucional regresiva y por la exigencia de cambios democráticos y sociales reales.

La experiencia de la acción popular progresiva en ese lustro de 2010/2014 tenía tres características: adversarios poderosos claros pero con una gestión antisocial y poco democrática que les restaba credibilidad popular; amplios procesos participativos, con gran cobertura de legitimidad ciudadana de sus objetivos transformadores, y una articulación asociativa de nuevos liderazgos sociales, sobre todo juveniles. Esa conjunción fue lo que conformó las bases sociales del espacio de cambio de progreso, transversal en su contenido reivindicativo y democrático. Se situaba claramente a la izquierda del aparato socialista que practicaba en ese momento el neoliberalismo prepotente con retórica de centrismo liberal, y solo con su fuerte desgaste electoral esos años ha iniciado cierta recomposición de la mano de un sanchismo más firme ante las derechas.

En particular, ya he mencionado el fuerte componente social (o rojo) del movimiento 15-M y el propio movimiento feminista, a los que habría que añadir las movilizaciones sectoriales o parciales como las mareas (enseñanza, sanidad…), la acción contra los desahucios o las movilizaciones de pensionistas. Aparte de diversos conflictos laborales locales, en los grandes procesos de huelgas generales de los años 2010 y 2012, promovidas por las organizaciones sindicales contra los recortes sociales y laborales, participaron en torno a un tercio de la población asalariada, entre cuatro y cinco millones de personas, aunque siguiendo con la diferenciación anterior, en torno a dos tercios de la población compartía la oposición a los ajustes regresivos y las políticas de austeridad y defendían los derechos sociales y una fiscalidad progresiva.

Esa amplia ciudadanía crítica y activa, de entre seis y siete millones de personas, conformada en esos años, todavía tenía una orfandad representativa en el ámbito político-institucional, así como sus propios límites de incapacidad articuladora prolongada, con cohesión discursiva y organizativa. Pero ese campo social ya tuvo una influencia electoral proporcionada a esa cantidad en las elecciones generales de diciembre de 2011. Aparte del ligero ascenso de Izquierda Unida, el principal impacto se produjo en forma de ‘desafección’ de una gran parte del electorado socialista (más de cuatro millones) que se fue hacia la abstención, desde una crítica progresista o de izquierdas a su gestión y que solo ha recuperado parcialmente con la renovación sanchista a partir de 2018.

La paradoja fue que el sistema institucional viró hacia la mayoría parlamentaria del Partido Popular, es decir, más hacia la derecha dura que enseguida practicó el Gobierno de Rajoy, mientras se había producido la mayor movilización progresista y el desplazamiento crítico hacia la izquierda. Sin embargo, esa corriente social indignada necesitaba madurar en el plano político y, dada la ausencia de una élite política suficientemente creíble y representativa, no pudo superar su carácter reactivo y cristalizar en una representación del cambio de progreso. 

Es lo que acertó a resolver Podemos, como fuerza prevalente de ese nuevo espacio, y sus convergencias y aliados. A ello se sumó Izquierda Unida tras la cruda realidad de su fracaso en las elecciones autonómicas y generales de 2015, que con realismo y renovación de su liderazgo pasó a conformar el espacio unitario de forma equilibrada partiendo de la evidencia empírica de su menor representatividad electoral.

Por tanto, a todo este conglomerado político de fuerzas del cambio de progreso lo podemos llamar una izquierda nueva y transformadora, vinculada a una amplia izquierda social o campo progresista, aunque es distinta a otras expresiones históricas de nueva izquierda. En ese sentido, hay que admitir la necesidad de la ‘resignificación’ de la izquierda (Chantal Mouffe), aunque no desde el idealismo discursivo sino desde el realismo crítico y un enfoque sociohistórico. Además, se debe diferenciar de las tendencias centristas o de tercera vía dominantes en la socialdemocracia europea y, sobre todo, reformular sus características ante la nueva etapa histórica en la que hemos entrado, partiendo de la multidimensional experiencia popular (E. P. Thompson).

Así, en la primera parte, explico la vinculación entre las izquierdas y las guerras culturales y, en la segunda parte, analizaré la conformación del espacio violeta, verde y rojo y la combinación de esos procesos e identificaciones para la configuración unitaria de las fuerzas del cambio de progreso. 

Izquierdas y guerras culturales

El tema del carácter de las izquierdas y sus guerras culturales es importante y vuelve a estar de actualidad. Está originado por su situación de crisis, su fragmentación y su desconcierto estratégico, así como por la disparidad de sus interpretaciones.

Una aproximación con muchas ideas interesantes es la Ignacio Sánchez-Cuenca (Las guerras culturales de la izquierda), uno de los sociólogos más significativos en España. Parto de ese diagnóstico común para avanzar en lo que considero más sustantivo: en qué sentido se debe promover su renovación para hacer frente a los retos del presente y futuro; por un lado, qué rasgos son válidos y necesitan una simple adecuación y, por otro lado, qué componentes son problemáticos y hay que superarlos.

Hay una primera dificultad sobre el propio concepto y expresión de izquierda. Sintéticamente, es un campo sociopolítico con varios criterios normativos y valores: relevancia de la igualdad social, garantía de la protección social y el Estado de bienestar, regulación del mercado con importancia de lo público, defensa de la democracia, las libertades y el pluralismo, solidaridad popular. Esos ejes, compartidos en la tradición de las izquierdas democráticas (socialdemócratas y eurocomunistas), no son exclusivos de las izquierdas ni todas han sido respetuosas con ellos, por ejemplo, existen prácticas burocrático-antipluralistas. Además cabe citar tres rasgos controvertidos en el encaje de estas corrientes que, aunque antiguas, han ido adquiriendo una nueva relevancia en la pugna social y cultural con distintas sensibilidades: la igualdad de género, la conciencia ecologista y la actitud antirracista y de solidaridad internacional.

A partir de esta posición básica compartida, me permito hacer unas observaciones con ánimo constructivo sobre varios problemas analíticos y de enfoque, algunos vinculados a errores interpretativos de las ciencias sociales dominantes desde los años sesenta y setenta. Me refiero a la clasificación dicotómica de tendencias y valores materialistas y postmaterialistas, derivado de la sociología anglosajona o, en la tradición francesa, la polarización entre posiciones estructuralistas y posestructuralistas (o posmodernas). Solamente cito a un sociólogo prestigioso, el francés Alain Touraine, cuyos límites interpretativos, en el marco de la crisis social actual, señalan el techo de la sociología convencional, tal como explico en el libro “Movimiento popular y cambio político. Nuevos discursos” (2015).

Primero, ¿por qué se asocia al movimiento ecologista, el antirracista o el feminista como culturales o postmaterialistas? Su acción colectiva se fundamenta, en el caso del primero, en transformar las estructuras productivas, vitales y de consumo que amenazan la sostenibilidad (física y material, incluido su habitabilidad) del planeta y, en el caso de los otros dos, en la desigualdad de estatus derivada de la raza o grupo étnico y del género, o sea, combaten las desventajas relacionales, distributivas y de poder de las mujeres y grupos subordinados. Por no citar otros problemas de actualidad vinculados a la ‘seguridad social’, como las demandas sobre la vivienda, la protección pública, la sanidad, la educación, lo laboral (paro/ERTES/precariedad), la fiscalidad y las pensiones.

En todos ellos se combina lo distributivo y la seguridad vital con la cultura (popular) de la justicia social y el deseo de un estilo de vida libre y decente. Existe una interacción ‘social’ entre lo material y lo cultural de la gente, y la ‘agencia’ es fundamental.

Segundo, ese esquema interpretativo material/postmaterial tampoco vale para valorar el proceso de protesta social simbolizado por el movimiento 15-M o la conformación de Unidas Podemos y sus confluencias, aliados y afines… incluso el propio sanchismo, con su reafirmación socialista ante la derecha y a favor de la alianza con UP y el bloque de la investidura y aun con sus inconsistencias estratégicas y teóricas.

Elementos fundamentales de esta década para las izquierdas y el cambio de progreso han sido la justicia social, la democratización, el cambio de sistema de representación política, la plurinacionalidad y la cuestión territorial o la formación de instituciones gobernadas por una coalición progresista. Todas esas transformaciones han tenido un gran componente subjetivo, de conciencia cívica y clima sociocultural y ético, pero no son (solo) culturales: afectan a reajustes distributivos, de relaciones de fuerza y de poder, que las derechas se encargan de recordar con su oposición visceral.

Las cuestiones ‘materiales’ son ‘sociales’, con un componente importante económico-laboral y de bienestar público, que el CIS no deja de confirmar como la preocupación principal de la sociedad. Dando un paso interpretativo podemos afirmar que lo que subyace a esa realidad inmediata es una desigual relación social y de poder que es lo que se difumina en la dicotomía material/postmaterial. Y valorar esa desventajosa relación social es la clave para articular la interacción entre las dinámicas sociales y las condiciones socioeconómicas, las estructuras sociales y de poder y las expresiones culturales.

Ambos campos, empleo-economía y Estado de bienestar, son ‘materiales’ u objetivos, conectados con lo cultural, con la subjetividad, incluida la ética de la justicia social y democrática. La conexión necesaria es una identificación igualitaria-liberadora del grupo subordinado específico y del conjunto de gente subalterna. Pero esa identidad, tal como detallo en “Identidades feministas y teoría crítica”, no es solo cultural, es relacional; o sea, es reconocimiento público y práctica social para transformar el estatus desigual en las estructuras sociales. Aunque no todas desigualdades sean directamente económico-distributivas, tienen implicaciones según la clase social, el sexo, la etnia-raza...

Tercero, desde el punto de vista del análisis de clase, también hay que afinar. La mayoría de las élites de esos nuevos movimientos sociales (al igual que del movimiento sindical con el estatus de su alta burocracia), e incluido formaciones políticas como Unidas Podemos (y todos los partidos y la mayoría de las organizaciones sociales), SÍ son de clase media profesional, más o menos acomodada y muchas veces solo aspirante. Pero no lo son sus bases sociales, cuya mayoría es de clases trabajadoras. O sea, hay una variada composición interclasista (popular) en los movimientos sociales y fuerzas progresistas, y es preciso un análisis sociohistórico y relacional, tal como detallo en “Cambios en el Estado de bienestar”.

Por tanto, una vez ajustado el análisis quedaría la dinámica convergente, el proyecto común y la necesaria renovación o innovación. Es el reto de las representaciones progresistas y de izquierdas y su intelectualidad, sin caer en el economicismo de cierta izquierda ni en el culturalismo de otros sectores. Pero la solución no viene por simple adaptación socioliberal como ha hecho la mayoría de la socialdemocracia europea, factor relevante de su crisis. En ese sentido, hay que destacar su carácter ambivalente, es decir, su pertenencia a la izquierda (sobre todo su base militante y electoral) y su vinculación con los grupos de poder (parte de su aparato institucional). Ese carácter doble de la socialdemocracia y las estrategias centristas o de tercera vía son factores explicativos de las dificultades para articular una apuesta unitaria y firme.

En definitiva, hay que integrar con diálogo y realismo todas las energías sociales progresistas de las capas populares en una articulación compleja y plural, en lo que defino como ‘nuevo progresismo de izquierdas’, de fuerte componente social, ecologista y feminista. Y superar el economicismo determinista o materialismo vulgar y el culturalismo o idealismo discursivo, ambos todavía persistentes, al igual que la vía centrista liberal. Hay que investigar desde la teoría crítica, así como promover la activación cívica y elaborar una estrategia política transformadora para una alternativa, sociopolítica y cultural, igualitario-emancipadora. Es lo que necesitan las izquierdas y los sectores progresistas.

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Una izquierda nueva y transformadora