martes. 16.07.2024
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Remedios Zafra.

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Como es bien sabido, Wittgenstein cierra su Tractatus con una sentencia que le gustaba citar a mi entrañable amigo el filósofo Juan Antonio Rivera, recientemente fallecido. Hay cosas de las que no se puede hablar por su carácter inefable y serían justamente aquellas que más nos interesan, al referirse fundamentalmente a las cuestiones éticas y vitales. En su nuevo libro, titulado El informe: Trabajo intelectual y tristeza burocrática (Anagrama, 2024), Remedios Zafra se propone hablar de cuanto solemos eludir acríticamente y normalizamos porque las inercias de lo cotidiano le van dando carta de naturaleza. Kafka escribió Informe para una academia, la parodia del proceso de asimilación acometido por quien pretende adaptarse a un medio que le resulta hostil. En su centenario, Remedios Zafra le dedica un homenaje indirecto con su título, realizando un informe académico sobre los males que se ciernen sobre las instituciones académicas. Esos laberintos burocráticos que han cobrado vida propia y socava la nuestra con unas exigencias administrativas estrafalariamente kafkianas.

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Remedios Zafra. (Foto de Roberto R. Aramayo)

El ensayo es inclasificable por su riqueza de registros, algo que le hace ser tremendamente sugestivo, porque será difícil no sentirse directamente interpelado por alguno de sus capítulos, donde las anécdotas dan paso a profundas reflexiones de un gran rigor analítico que no desprecian en absoluto los azares cotidianos. Nos encontramos al comienzo con una sentida denuncia de la tiranía burocrática. Cuando llaman a la puerta, puedes temer que como en una novela distópica, vengan a buscarte para que justifiques los ínfimos gastos realizados con un proyecto hace una década. Una creciente desconfianza que todo lo contamina va incrementando los mecanismos de control y las administraciones publicas recurren a empresas privadas para realizar esa supervisión, presuponiendo unas malas prácticas que contradicen la presunción de inocencia. Mientras comisionistas e intermediarios de alto copete se las ingenian para engrosar sus patrimonios con estratagemas muy sofisticadas, los funcionarios tienen que rendir cuentas hasta la extenuación por cantidades irrisorias y justificar mediante complejos informes la compra de un simple ordenador o el humilde gasto de un ponente invitado. Quienes coordinan un proyecto deben lidiar con unas aplicaciones facilitadas por las agencias de viajes y rellenar unos absurdos formularios que deben coleccionar varias firmas electrónicas. Deambular por semejantes laberintos administrativos consume un tiempo precioso que debería destinarse a otras tareas de muy diverso género.

Las nuevas generaciones acaban plegándose a unas normativas que trazan sus itinerarios con carreras interminables

La progresiva tendencia de privatizar lo público se impone con una lógica implacable. Cunde la externalización de servicios, eligiéndose los presupuestos más bajos, al margen de la experiencia o el historial de las prestaciones. Muchas veces la suspensión de pagos impide que ninguna otra empresa con mayor seriedad y solvencia pueda sustituir a la que se llevó el gato al agua de una manera irresponsable, particularmente para con sus trabajadores, obligados a rebajar sus emolumentos para permitir esa rebaja presupuestaria. El modelo de la mayor productividad también se da por sentado incluso en aquellos ámbitos donde no hay cabida para los retornos económicos y el objetivo es prestar un servicio a la sociedad que financia por ejemplo los Institutos de humanidades dentro del CSIC, pongamos por caso. Hay continuas evaluaciones para pesar y mediar el impacto de los impactos, como si las ideas filosóficas por ejemplo no tuvieran su propio tiempo y una dinámica muy peculiar hasta permear los imaginarios colectivos. Como si la evaluación por pares no se hubiera hecho antes, pero de forma espontánea y sin tantos protocolos que distraen demasiado. Las nuevas generaciones, que no pueden contrastar ese modo de proceder con otros menos encorsetados, acaban plegándose a unas normativas que trazan sus itinerarios con carreras interminables.

Quienes tienen las condiciones y el coraje para persistir en esa carrera de fondo, alcanzan una estabilidad laboral en la cuarentena o más allá, tras atravesar un viacrucis de precariedad e incertidumbre que socava la salud mental y física. Es obvio que se debe cambiar el modelo y posibilitar que la vinculación estable sea mucho más temprana. Lo primordial es que no nacemos para trabajar y que tener un trabajo no debería ser incompatible con vivir. Al hacer balance, da vértigo comprobar cómo los mejores años de la juventud quedaron invertidos en preparar unas oposiciones y acumular los méritos que te habilitaban para conseguir la meta deseada. Incluso en los casos de mayor éxito profesional, el tiempo invertido resulta excesivo y desproporcional. Cuando rebosamos energías y la salud nos acompaña, creemos que nunca se agotará el futuro, pero no es así. Remedios Zafra nos recuerda cómo la jornada laboral ha tenido históricamente sus recortes manteniendo el mismo poder adquisitivo y que, lejos de producirse una hecatombe, hubo efectos muy beneficiosos: “Ese camino de reducción de la jornada laboral que en el Siglo XX supuso importantes logros sociales precisa ser revisado. Hacerlo permitiría avanzar hacia un futuro donde las personas pudieran dedicar la mayor parte de su tiempo a vivir y a cuidar lo que mantiene la vida: los demás, el planeta, cada uno de nosotros”.

Remedios Zafra nos recuerda cómo la jornada laboral ha tenido históricamente sus recortes y que, lejos de producirse una hecatombe, hubo efectos muy beneficiosos

Remedios Zafra nos participa detalles relativos a ese trabajo que la entusiasma, pero que ahora logra martirizarla por el insoportable peso de las cargas administrativas. Pero asimismo nos abre las puertas de su alma y nos perite transitar por los recovecos de sus cuitas más personales, relativas a su familia, el entorno y los problemas de salud que decidió arrostrar sin dejarse amilanar por semejante adversidad. Todas esas circunstancias le hacen más consciente de la importancia del tiempo y de no perderlo en cosas realmente absurdas, como izar piedras burocráticas a la cumbre de las montañas administrativas para verlas luego despeñarse y tener que volver a empezar de nuevo la misma rutina en el paroxismo del absurdo. Hay muchas formas de suicidarse y una es hacerlo en diferido, dejándonos absorber por el agujero negro del sinsentido. Como leemos al comienzo del Informe, su autora proclama lo siguiente: “me resisto a sucumbir a las lógicas que quieren robotizarme y apropiarse de mis tiempos”. Le horroriza comprobar cómo se aplazan las actividades más placenteras y elementales a un permanentemente procrastinado “cuando tenga tiempo”.

Cuán arduo nos resulta encontrar tiempo para “caminar con calma, conversar sin la urgencia del reloj, comer despacio, hacer menos y más lentamente, leer durante horas, hablar con amigos, ir al teatro, dibujar, morirse de risa y observar a la gente”, sin padecer la mala conciencia de sustraer tiempo al trabajo. Estamos hablando de uno que se caracteriza por tener una flexibilidad en los horarios, lo cual como todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Pero precisamente porque se trata de algo que se ve como un auténtico privilegio puede ponernos en guardia. Es obvio que la cosa se agrava en unos trabajos donde los derechos brillan por su ausencia. Me refiero a los trabajadores discontinuos de la hostelería o al modelo empresarial que considera inasumible las bajas médicas y persigue como apestados a quienes puedan padecer enfermedades de larga duración. Remedios Zafra entiende que su trabajo con las palabras conlleva un compromiso político y nos plantea interrogantes como esta: “¿No cree que, siendo tan breve la vida, debemos reivindicar otro uso del tiempo para concentrarnos en que no haya personas que afirmen no haberse sentido vivas?”. La obsesión por valorar ante todo lo cuantificable que pueda traducirse a datos y algoritmos, hará que la Inteligencia Artificial se baste y sobre, gracias al erróneo empeño de traducir a números lo que no admite tal conversión: el sentido, algo que no se deja medir por la eficacia o la celeridad. Poetas y filósofos -nos recuerda Zafra- coinciden en cómo el hacer con sentido releva una profunda conexión afectiva de las personas con un quehacer, así como con las relaciones que dicha labor tiene con los demás y el entorno.

Para Remedios Zafra comprometerse con un trabajo significaría relacionarse significativamente con él. Piensa en “Camus y en tatos escritores y pensadores que ahondaron en el absurdo de la vida y en las formas de hallar sentido a un mundo en apariencia irracional, en cómo rebelarse frente a la falta de sentido requería encontrar significado a nuestras acciones cotidianas”. Esta es una de las claves para resolver este crucigrama. No debemos aguardar un tiempo mejor en que se produzca cierto quiliasmo milagroso. Hay que ocuparse de lo cotidiano. Encontrar tiempo para sí, quedar con uno mismo y apreciar el compartir tiempo con los demás, porque no hay nada más primordial que cuidarnos mutuamente. La gran farsa que supone dejarnos esclavizar por trabajos deshumanizados debe ser denunciada. “En algún momento -nos dice Remedios Zafra-, una bofetada ética zarandeará el mundo por esta hipocresía, y si no llevan piedras por alma, también quienes actúan así tendrá que rendir cuentas y escuchar el clamor de un mundo que se hace más desigual y necesita vidas con sentido y vidas con tiempo no solo para el rico”.

La gran farsa que supone dejarnos esclavizar por trabajos deshumanizados debe ser denunciada

Las utopías pueden dejar de serlo cuando los agentes colectivos deciden poner en práctica ciertos cambios. El modelo de las relaciones laborales y el propio concepto de trabajo necesitan verse reformulados para no seguir deshumanizándonos. Una vez más Remedios Zafra recurre a Simone Weil para ilustrar sus propias ideas y no me resisto a terminar este breve comentario con el fragmento de una elocuente cita: “¿Qué catástrofes provocaría [reducir la jornada laboral]? Las ciudades serían menos ruidosas, miles de obreros podrían por fin respirar, disfrutar del sol, hacer otros gestos al margen de aquellos impuestos por el orden; todos esos hombres, que habrán de morir, conocerían de la vida, antes de morir, algo más que la prisa vertiginosa y monótona de las horas de trabajo, la pesadumbre del reposo demasiado breve, la miseria insondable de los días y de los años de vejez”.

Roberto R. Aramayo,

Historiador de las Ideas Morales y Políticas en el IFS-CSIC

El Informe de Remedios Zafra, un canto filosófico a la vida entre Kafka y Camus