martes. 23.07.2024
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“Todo el que recuerda su propia educación, recuerda a sus maestros, no los métodos o técnicas. El maestro es el corazón del sistema educativo.” (Sidney Hook, filósofo 1902-1989)


Decía Sócrates que la finalidad de la educación debe ser alcanzar la verdad con vistas a lograr la felicidad y la virtud. La verdad ya está dentro de cada ser humano, pero faltaría la tarea del educador, que consistiría en guiarle para que pudiera alumbrarla por sí mismo y fuera capaz de organizar su vida justamente conforme a ella. El método adecuado para este fin sería el diálogo, un diálogo entre maestro y discípulo en el que encontraríamos dos fases. En primer lugar, mediante la ironía, el discípulo caería en la cuenta (dando respuestas irreflexivas o inadecuadas), de su propia ignorancia y solo entonces estaría en disposición de comenzar el camino hacia la verdad. En segundo lugar, convenientemente guiado por el maestro, el discípulo podría culminar el proceso de aprendizaje hallando una verdad sobre algo. Dicha verdad quedaría formulada mediante una definición. Así pues, la función del maestro consistiría, sobre todo, en acompañar al alumno en el proceso de reconocer que no posee todas las respuestas y que lo que creía saber estaba errado. Y esto ya supondría una verdadera sabiduría relacionada, sobre todo, con el autoconocimiento.

No se trata de acumular conocimientos sin más, sino de revisar los que se tienen y a partir de ahí construir otros más sólidos

Aun sin avanzar nada más, ya podemos observar en las enseñanzas de este gran maestro de la antigua Grecia que se debían dar dos ingredientes fundamentales en el proceso educativo; por un lado, la disposición a aprender y por otro, la confianza en quien te guía. No se trata de acumular conocimientos sin más, sino de revisar los que se tienen y a partir de ahí construir otros más sólidos. Ha de prevalecer la modestia y entender que no se sabe todo y que no puede ser cierto eso de que “cada uno tiene su verdad”, sino que juntos hemos de llegar al consenso sobre determinadas certezas universales.

También para Platón el papel del educador resulta fundamental, ya que ha de guiar la facultad de conocimiento que se encuentra en el alma humana de manera que resulte convenientemente orientada y estimulada en la dirección adecuada para alcanzar lo verdadero. Ese acompañamiento ayudaría a apartarse de lo sensible y mundano (podríamos decir lo “fácil”) y así avanzar en el conocimiento y la virtud. Educar tiene para Platón un sentido moral y no meramente intelectual. No solo significa aumentar los conocimientos, sino también desarrollar una alta calidad moral, introducir armonía y orden internos en el alma mediante un proceso de “purificación” para moderar los apetitos y deseos corporales, ligados a lo sensible.

Posteriormente, a lo largo de la historia del pensamiento, ha habido muchos otros filósofos que han reflexionado sobre la educación, ya que se ha entendido como un proceso tan importante que es por él por el que el ser humano llega a convertirse en realmente humano y a dar lo mejor de sí mismo. Decía Kant que “solo mediante la educación el hombre puede llegar a ser hombre” y John Locke argumentaba, por ejemplo, que la mente de un niño es como una pizarra en blanco que ha de ir llenándose con experiencias y conocimientos y que los educadores deberían enseñar mediante el ejemplo y la práctica.

La labor docente ha sido reivindicada durante siglos como una de las más importantes, ya que se encarga de una función social clave; formar, enseñar, transmitir conocimientos y valores, despertar vocaciones para el futuro. Y, sin embargo, en los últimos tiempos la consideración de la misma se ve enturbiada por la falta de respeto y autoridad, por el cuestionamiento continuo.

Estamos en la era de la queja, de la amenaza ante la posible denuncia, de la intromisión en cualquiera de las facetas profesionales de los educadores

Vivimos una época en la que tenemos acceso a una cantidad de información casi inabarcable y muchos creen saberlo todo, una época que genera, paradójicamente, más incertidumbre. En ese contexto la figura del maestro se vuelve más necesaria que nunca y adquiere nuevos matices que no deberían desaprovecharse. Pero, lo cierto es que corren malos tiempos para los profesores. Los mismos a los que antes se hablaba de usted y se reconocía su valía y entrega, hoy han de aceptar los desafíos a su autoridad tanto dentro como fuera del aula, lidiar con la falta de atención e interés y con que las familias cuestionen su forma de trabajar. Además, los continuos cambios legislativos tampoco les facilitan la preparación y programación de sus clases, ha habido un increíble aumento de la burocracia y las nuevas pedagogías proponen formas de enseñar utópicas e irrealizables. A los docentes les da muchas veces la impresión de que quienes diseñan “innovaciones” y “cambios” viven en un mundo paralelo bien alejados de la realidad de las aulas donde los alumnos son un reflejo de todos los retos que la sociedad actual, las nuevas tecnologías y los medios de comunicación van planteando. Hay nuevas formas de ocio, nuevas vocaciones y profesiones, nuevas formas de hablar y los niños y jóvenes, demasiado sobreprotegidos en otros entornos, no admiten las sugerencias, recomendaciones y guías de sus maestros.

Estamos en la era de la queja, de la amenaza ante la posible denuncia, de la intromisión en cualquiera de las facetas profesionales de los educadores. Si no se tienen en cuenta la formación constante, la carga mental y burocrática, el trabajo “invisible” en tiempo de preparación, reuniones, correcciones de trabajos y pruebas escritas y, sobre todo, la vocación que hace que una persona decida realizar una carrera universitaria con vistas a dedicarse a la docencia, estaremos dinamitando uno de los aspectos en los que más energía, esfuerzos y recursos debería emplear una sociedad: la educación. Recojamos las ideas de tantos y tantos pensadores a lo largo de la historia y tengamos en cuenta que si no se respeta y apoya a los profesores, dejamos de apostar por el futuro.

La indudable sabiduría del maestro