TRIBUNA

Iker Jiménez calienta el ambiente y Torre Pacheco sufre las consecuencias

Imágenes de Torre Pacheco y del programa de Iker Jiménez.
En el programa Horizonte se propagaban incitaciones veladas al caos, a la ruptura del orden constitucional.

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En los últimos años, el presentador Iker Jiménez ha ido abandonado su papel de divulgador de misterios para convertirse en un portavoz —más o menos velado— de los discursos más radicalizados de la derecha mediática. Su programa Horizonte, emitido en Cuatro, ha dejado de ser un espacio de análisis alternativo para convertirse en un altavoz de ideas reaccionarias, disfrazadas de libertad de expresión. 

La evolución no ha sido súbita, sino gradual, cuidadosamente construida desde la sospecha hacia lo oficial, el descrédito a las instituciones y la exaltación de un supuesto “sentido común” popular que termina siendo una narrativa de resentimiento. Lo ocurrido hace pocos días — el 10 de julio de 2025— en el programa de final de temporada del programa es algo que no puede pasarse por alto bajo ningún concepto. Durante su emisión, que alcanzó récord de audiencia, se escucharon sin matiz ni réplica afirmaciones extremadamente graves por parte de varios tertulianos.

El psiquiatra José Cabrera afirmó en antena: “Esto es de barricadas… Habría que tirarse a la calle porque es tal la sinvergonzonería…”, mientras que el economista Marc Vidal  fue más allá y aseguró: “Yo soy más de salir a la calle y romperlo todo, porque ahora mismo no sabes ya con qué defenderte".

Estas frases no fueron objeto de crítica, refutación ni llamada a la responsabilidad por parte del presentador ni tampoco de la cadena. Fueron expuestas con normalidad, como si formaran parte de un debate legítimo propio de una democracia consolidada y respetuosa con las libertades y derechos. Pero no fue así y una vez más, en Horizonte se propagaban incitaciones veladas al caos, a la ruptura del orden constitucional.

La televisión, y especialmente los medios con vocación informativa, no pueden ser neutrales ante ese tipo de discursos. La libertad de expresión no contempla ni ampara la apología del desorden ni la erosión del sistema democrático. Como recordó el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en múltiples sentencias (por ejemplo, Perinçek v. Switzerland, 2013), la libertad de expresión tiene límites cuando se usa para incitar al odio o justificar la violencia. Lo que se vio y escuchó en Horizonte no fue un episodio aislado ni un error de improvisación, sino parte de una estrategia editorial que sustituye el análisis por la sospecha, el conocimiento por la conjetura, el rigor por el grito. No se trata de pluralismo, sino de intoxicación emocional.

El fascismo contemporáneo no necesita botas ni camisas pardas. Le basta con una cámara, un estudio y la emoción del espectador

El fascismo contemporáneo no necesita botas ni camisas pardas. Le basta con una cámara, un estudio y la emoción del espectador. Llega envuelto en términos como “sentido común”, “hartazgo ciudadano” o “resistencia”. Pero detrás de ese envoltorio, se esconde el mismo desprecio por la democracia, la misma voluntad de acabar con las reglas del juego, el mismo impulso autoritario de siempre. Lo peligroso no es que estas ideas existan —porque siempre han existido—, sino que se difundan sin filtros desde plataformas con millones de espectadores y sin ningún tipo de contrapunto.

Y no olvidemos que la responsabilidad no recae solo en Iker Jiménez, sino también en Mediaset, que sigue respaldando este espacio pese a los precedentes recientes. ING, uno de los patrocinadores del programa, retiró su publicidad en 2024 tras la difusión de un bulo en Horizonte sobre el supuesto veto a los católicos en un aparcamiento de Valencia. La entidad alegó “una falta de valores editoriales básicos” como motivo de la ruptura, y pese a ello, la cadena continuó con el programa sin exigir rectificación alguna. 

Cuando se permite —e incluso se aplaude— que se hable en televisión de “romperlo todo” o “salir a la calle con barricadas”, sin mediar contexto, sin voz crítica, sin rigor, se está normalizando un lenguaje y una lógica que socava los pilares mismos de la convivencia democrática. Y esa es una frontera que no puede cruzarse sin consecuencias. La democracia no puede permitir que quienes la desprecian encuentren en la televisión —bien sea pública o privada— un trampolín para su discurso. No todo vale ni puede ser dicho sin consecuencias. Si los medios no son capaces de autorregularse, pasan a ser cómplices de una degradación del espacio público que tarde o temprano tendrá costes políticos y sociales. 

Lo que ocurre hoy en la televisión de entretenimiento puede convertirse mañana en violencia en las calles

Lo que ocurre hoy en la televisión de entretenimiento puede convertirse mañana en violencia en las calles. Y entonces, los que callaron, los que se escondieron detrás del espectáculo, no podrán decir que no lo vieron venir. El riesgo de que ese discurso se traduzca en hechos ya no es una hipótesis teórica, pues anoche mismo, en el municipio murciano de Torrepacheco, en torno a las 21:30, grupos de individuos con estética nazi comenzaron a patrullar por las calles lanzando consignas ultraderechistas y exhibiendo una actitud abiertamente violenta. La tensión escaló rápidamente cuando se enfrentaron a jóvenes de origen marroquí en altercados callejeros con armas blancas, objetos contundentes y material arrojadizo.. 

El discurso ultra ya no se presenta con símbolos evidentes. Ha aprendido a seducir desde la incomodidad, a sembrar odio desde la emoción, a debilitar las certezas con frases ambiguas y consignas envolventes. El deber de una prensa libre y ética es enfrentarlo sin ambigüedades. Señalarlo, denunciarlo y proteger a la ciudadanía de su normalización. La democracia, para seguir siéndolo, necesita medios valientes, no altavoces del resentimiento.