martes 30/11/21

“Herodes vive”, ha escrito en una carta pastoral el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández. Se ha reencarnado en las malvadas feministas que atacan a la sacrosanta familia con su ideología de género y propugnan el infanticidio abortista. Ellas y los que incitan a la fornicación y apoyan la libertad de opciones sexuales, están, a través de programas médicos y educativos, difundiendo esa ideología que, advierte, “no solo mata a inocentes en el seno materno, sino que trata de mentalizar a nuestros niños”.

Así que, según el obispo, no solamente asesinan su cuerpo, sino lo que es peor, arrastran su alma hacia el abismo. Como hacía el diabólico flautista de Hamelín, que atraía a los niños con su música en procesión gozosa, camino de un terrible destino en las entrañas de la tierra. Cuento de los hermanos Grimm basado en relatos sobre la Cruzada de los Niños, que allá por los comienzos del siglo XIII, cuando ya llevaba la cristiandad un siglo descabezando moros, empujó a miles de adolescentes a embarcarse para Tierra Santa, acabando la mayoría muertos de hambre o vendidos como esclavos. Claro que aquellas almas inocentes y llenas de fervor se supone que fueron derechitas al cielo.

No como las incontables víctimas de las masacres promovidas por autoridades eclesiásticas desde que el cristianismo se convirtió en religión de Estado: herejes, judíos, musulmanes, protestantes, homosexuales, librepensadores y un largo etcétera. Aunque también hay que reconocer que al menos intentaban evitar su condenación eterna instándoles al arrepentimiento, de lo que ha quedado constancia en documentos como las actas de la Inquisición y las rigurosas estadísticas de los confesores que acompañaban a los pelotones de ejecución durante la represión franquista.

Parece que a la Iglesia siempre le ha preocupado muchísimo la infancia, sobre todo su alma. Por eso será que había monjitas dispuestas a entregar a los hijos de las reclusas condenadas a muerte o de madres descarriadas, a cristianísimas familias que les educarían como Dios manda.

Preocupación amparada en el mandato evangélico: “dejad que los niños se acerquen a mí”. Mandato que algunos frailes se han tomado con tanto celo. La preocupación excesiva es lo que tiene y la fornicación, ese maldito pecado que obsesiona a la jerarquía católica, únicamente permitido en el santo matrimonio con el fin de procrear hijos para el cielo, que decía el catecismo.

Y se ve que la familia está en peligro por culpa de la libertad de las mujeres. Las mujeres han creado problemas desde Eva, que se comió lo que no debía, hasta estas feministas que quieren cambiar la ley natural. Razón por la que la Iglesia las mantiene en su sitio: no hay ni habrá nunca ninguna mujer en la cúpula eclesiástica, ni podrán acceder al sacerdocio. Y los curas seguirán célibes también por si acaso. Porque la función de las mujeres debe estar ligada a tres conceptos: maternidad, virginidad y sumisión. Misoginia esencial que es compartida por las otras dos religiones del Libro. En el que, por cierto, figura un infanticidio muy anterior al de Herodes: la muerte, como castigo al faraón por no permitir la partida de Moisés, de todos los primogénitos egipcios, estos, al parecer, nada inocentes.

Por todo ello el obispo cordobés quiere que se vuelva a implantar en las escuelas aquella catequesis del siglo pasado, en la que nos advertían a los niños de los terribles sufrimientos del infierno al que nos podía arrastrar la excesiva proximidad a las niñas: “sin cesar, quemándoos en una eterna hoguera”.

Hoy como ayer, para la Iglesia Católica, ellas son las culpables, ellas, siempre ellas. ¡Cherchez la femme, señor obispo!

Herodes vive