jueves. 04.06.2026
TRIBUNA | SOCIEDAD GLOBAL

Haz el amor y no la guerra

Haz el amor y no la guerra se convirtió en la década de los 70 en un grito que recorrió el mundo entero.
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Manifestación pacifista contra la guerra de Vietnam (1967). Pacifistas frentes a la policía militar estadounidense. (Wikipedia)

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Haz el amor y no la guerra, ese canto hippy convertido en slogan de lo que ahora algunos desacreditan como buenismo es una soflama que hay que recuperar, reivindicar y sobre todo practicar. Es una postura política con un potencial revolucionario que ha quedado opacado por su propio éxito original de los años 70. Recordad cómo influyó en la opinión y el deseo de la ciudadanía por no inmiscuirse en asuntos de terceros y mucho menos hacerlo a toque de corneta. Vietnam y la crueldad rabiosa desplegada contra personas inocentes quedó tan expuesta que las ganas de hacer daño pasaron a ser cosa de profesionales (militares o mafiosos) que parecen actuar a su bola. Casisus Clay (Mohamed Alí) se negó a ir a las junglas porque esa gente no me ha hecho nada, decía el boxeador que volaba como una mariposa y picaba como una abeja.

Haz el amor y no la guerra se convirtió en la década de los 70 en un grito que recorrió el mundo entero

La renuncia a participar en la carnicería asiática tomó diversas formas, de la huida de jóvenes llamados a filas a países refugio como Canadá, a la desmitificación cómica de tan serio asunto rodada por Robert Altman en MASH. Todo ello y mucho más quebró la convicción de los poderosos de poder actuar continuamente en beneficio propio usando la sangre, el sudor y las lágrimas de otros. Haz el amor y no la guerra se convirtió en un grito que recorrió el mundo entero y abrazó y se dejó abrazar por una juventud que despreciaba y denunciaba el modo en el que el capital jugaba su partida.

Es gracioso que se denuncie como buenistas inertes a quienes anteponen la fuerza del amor y del respeto a los demás frente a la imposición ruda del interés propio. Los atrabiliarios defendían sus aguerridas posturas alegando una abstracta lucha global contra la insurrección comunista que llegaba en los años hippies desde la China de Mao hasta el muro de Berlín. Pero cuando cayó el muro que dividía Europa, en él se encontraban más mensajes moralizantes que guerreros, más pasos para abrazarse entre alemanes que toneladas de hormigón coronadas de concertinas, más sueños empáticos que dicterios, insultos o proclamas. Hay muchas formas de leer el colapso del comunismo y por ende del desarme del capitalismo combativo, pero para mí es el mensaje del amor al prójimo lo que acabó con la codicia sediciosa del capitalismo armado hasta los dientes de esos años.

No digo que el hipismo acabara con la barbarie capitalista, pero desarmó sus más agresivas formas de control social

No digo que el hipismo acabara con la barbarie capitalista, pero desarmó sus más agresivas formas de control social. El colaboracionismo interclasista socialdemócrata de posguerra se fortaleció con el mensaje moral que decía que además de aportar educación y sanidad, la sociedad civilizada debía avanzar en el amor a los semejantes. La rotundidad y la vis revolucionaria de este mensaje aparcó durante años la respuesta del capital, son los felices 80 que algunos añoran y otros, los más jóvenes, son incapaces de visualizar. Los malos aceptaron que el mensaje era tan poderoso que era mejor retirarse a los cuartes de invierno, invertir tiempo y dinero en buscar una trinchera desde la que reanudar su lucha, siempre su lucha. Y así descubrieron que frente al Rousseau hippy cabía oponer el Hobbes individualista que le permitiría decir a Margarte Thatcher que la sociedad no existe, existen individuos conectados por intereses particulares. Y el lugar en el que se produce dicha conexión es un templo sagrado, se llama mercado.

Una vez el mercado ha sido sacralizado, la beligerancia despiadada tantas veces aplicada ya tiene de nuevo su coartada: no estoy contra ti porque seas un sujeto socializante que ama a sus vecinos, estoy contra ti porque eres un apostata, un laico descreído que ofende al altísimo, a su santidad el mercado, creador único de todo lo que existe. Estoy contra ti porque apoyas fuerzas disgregadoras de la autonomía del mercado, porque no crees que la codicia sea la mejor de las opciones del avance de la sociedad, porque renuncias a la soberanía nacional que protege al mercado a escala local. Por todo ello eres reo de persecución política y, llegado el caso, también policial.

No, no valen paños calientes, el mundo necesita un arma revolucionaria capaz de oponerse a los desastres de las guerras

La mayor parte de los múltiples conflictos de la actualidad pueden describirse como conflictos nacionalistas, al no existir un enemigo por antonomasia como lo fue el comunismo, la nación y sus irrenunciables ascendentes históricos son madera para los fuegos que asolan el mundo. La cuestión RusIa-Ucrania, el conflicto por el califato en Oriente Medio, y hasta el procés Catalán pueden leerse en clave neo nacionalista. Y sus protagonistas están ya tan cegados por la sangre que vierten que no es posible detener su inestable locura con más locura aunque mejor temperada.

No, no valen paños calientes, el mundo necesita un arma revolucionaria capaz de oponerse a los desastres de las guerras, un argumento no adquirible en Amazon, una razón para vivir que exceda del instinto básico de supervivencia. Ese instrumento requiere un uso simple, masivo, eficaz, al alcance de todos. Yo creo que esa fuerza revolucionaria solo puede venir del amor a los demás y de ahí para arriba.

Ponerle bolas de fuego en la testuz a un pobre animal, no parece el camino adecuado.

Haz el amor y no la guerra