sábado 18/9/21
TRIBUNA

Grandezas y miserias del fútbol

La pelota no nos hizo más tontos ni más listos, nos hizo durante un tiempo limitado algo más felices en la etapa más crucial de la existencia.
estadio

Se juega en estos días de casi pospandemia el campeonato de Europa correspondiente al 2020 por mor del maldito virus. Han comenzado 24 selecciones clasificadas en fase previa y solo una será investida con el título de campeona de Europa. El fútbol hoy son muchas cosas: el deporte más visto y más practicado en el planeta, un negocio a veces miserable, un espectáculo de masas, ilusiones de niños y adolescentes en países del llamado Tercer Mundo –mundo que a veces también está en el Primero–; también una apelación al patrioterismo, etc. Esto último es de las cosas miserables, donde en el campo jugadores y aficionados cantan himnos que llaman a las armas o a dar la vida por la patria, himnos nacionalistas que se empleaban para que unos pocos empujaran y mandaran a la guerra a otros muchos, principalmente los más pobres. Afortunadamente el himno español tiene una sola virtud: no tiene letra. Lo demás es nefasto: música insoportable y recuerdos del franquismo cuando éramos junto con Portugal –y en algún tiempo Grecia– las únicas dictaduras de la Europa occidental. ¡Va siendo hora de cambiar de himno! Mejor aún, que la FIFA y la UEFA encargaran un solo himno para todos los encuentros de fútbol. Yo propongo el Imagine all the People de los inmortales Beatles, cantada con letra traducida al idioma del país donde se celebre el encuentro entre selecciones.

El fútbol se ha convertido en un negocio donde jeques árabes, rusos enriquecidos con el capitalismo mafioso en que se ha convertido la Rusia actual o chinos también con mucho dinero de la increíble China actual. Un negocio para unas élites deslocalizadas en su procedencia pero globalizadas en sus pretensiones. En España la mezcla de fútbol, poder político y construcción lo inauguró el mafioso presidente del Atlético de Madrid, el Sr. Gil y Gil, constructor en los Ángeles de San Rafael –de infausto recuerdo–, presidente del club mencionado y alcalde de Marbella con la complicidad electoral miserable de parte de los ciudadanos marbellíes. Ahora el mafioso más destacado es el Sr. Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, presidente de la constructora ACS y de otras muchas más empresas y otrora candidato a ser concejal por el PP en Madrid. Es sabido que el palco del Real Madrid se ha convertido en un lobby de presión, de negocios inmobiliarios, de promesas de licencias, palco donde confluyen políticos de derechas y, para vergüenza de la política, algunos de izquierdas y hasta de algún sindicalista. Y esto viene de lejos, en concreto de la época de la dictadura franquista, donde en el estadio Santiago Bernabeu se jugaba por obligación la final de la llamada copa del Generalísimo –con Matías Prat padre como cantor de gestas de la dictadura– jugara o no jugara la final el Real Madrid. Parece ser que era una imposición del dictador más que del propio Bernabeu. Y el equipo blanco y sus aficionados tienen que seguir soportando esta tara histórica sin opción de recibir esa herencia a título de inventario.

Y de lo anterior viene una de las estupideces más grandes que surgió, creo yo, desde el seno de la izquierda: que el fútbol atontece, como si los que no les gustara el fútbol, por solo ese hecho, les volviera más listos y con otras preocupaciones. El fútbol, como nuevo panem et circenses, solo atonta a los que vienen ya con la mochila de atontados. Es un mito publicitado por tontos de izquierda, que también lo hay.

Y al final queda su esencia, un juego y deporte que se puede jugar con algo más o menos redondo y cuatro palos y cuatro piedras. Yo viví en Vicálvaro hasta los 18 años. Mi padre practicaba el pluriempleo allá por los años 50 y 60 del siglo pasado y, a pesar de todo, solo teníamos para vivienda en alquiler, comer y algo para vestir. No tenía dinero, por supuesto, para ir a los billares, como otros hijos de padres más acomodados, aunque eran más los que estaban en peores condiciones. Pero fui feliz jugando al fútbol. También estudiando porque me gustaba aprender cosas. Y contemplando ese pasado pienso en los millones de niños de países de ese Tercer y Cuarto Mundo que nunca saldrán la mayoría de su miseria, que no tendrán en muchos casos para comer, que tendrán en los mejores casos viviendas miserables, con medios precarios sanitarios, muchas veces gracias a las denostadas ONGs, denostadas por la derecha y votantes de derecha. Pero esos niños, al menos hasta la adolescencia, serán felices dando patadas a una pelota y soñando con ser algún día Messi, Ronaldo o Neymar. Nunca lo alcanzarán, pero la diversión y la esperanza no se la podrán arrebatar durante un tiempo ni sus mayores cuando apoyan las opciones políticas egoístas e insolidarias, ni la economía libre de mercado, ni las mafias criminales, ni las tradiciones xenófobas, ni las religiones excluyentes, ni los machismos consagrados. Que jueguen a la pelota no les harán más listos ni más tontos, pero sí durante un tiempo felices. Tiempo limitado, pero tiempo suyo, robado en un robo sin delito.

Pero es que además en los deportes –sobre todo los que se juegan con pelota o algo redondo– intuimos la ciencia de la física clásica, la newtoniana. Así, comprobamos que la pelota no va en línea recta sino que traza una parábola; aprendemos que la pelota tiene dos movimientos: el de traslación y el de giro, y que eso depende en gran medida del lugar del golpeo. Es decir, contemplamos y comprobamos que el movimiento depende de la fuerza de golpeo, intuimos la segunda ley de Newton y la del momento angular. Y si nos vamos al billar, por ejemplo, intuimos lo del paralelogramo de fuerzas; también lo del momento; comprobamos –volviendo al fútbol– que cuanto más abajo se golpea el balón más sube pero acaba cayendo con más mansedumbre, mientras que si golpeamos en el centro sale con más fuerza y tarda más en caer. Intuimos el efecto de la gravedad, de los momentos de inercia, de que la fuerza provoca una aceleración y no simplemente una velocidad (como decía Aristóteles).

A los que nos gusta la música, las matemáticas, a los pocos que hemos escrito libros, que pintamos, que escribimos literatura, nos gustaría que música, ciencia, arte en general, fueran deportes de masas, que concitaran el mismo entusiasmo que el llamado deporte-rey, pero eso es un imposible porque para gustar de estas cosas se necesita tener el estómago satisfecho, vivienda digna y vestido adecuado o suficiente y un estudio previo, y eso no se da en muchas partes del planeta, tanto del Tercer Mundo como del Primero. Los que desprecian el fútbol y creen que atonta son estómagos satisfechos, aunque sea en algunos casos por méritos propios; pero los que no hemos tenido otra cosa que una pelota para divertirnos cuando éramos niños lo vemos de otra forma. La pelota no nos hizo más tontos ni más listos, nos hizo durante un tiempo limitado algo más felices en la etapa más crucial de la existencia.

Grandezas y miserias del fútbol