sábado 31/7/21
35 AÑOS DEL MEJOR GOL DE LA HISTORIA

El que no salta es un inglés

Lo recuerdo como si fuera hoy. “¡¡El que no salta es un inglés!!”, cantábamos dando saltitos, acalorados aún a pesar de los 3 grados centígrados que caían impíos sobre la Costa Atlántica.
maradona revista

La efeméride me recuerda lo que nunca hemos olvidado los millones de argentinos que lo vimos por la televisión. Los de mi quinta en el ‘86 teníamos quince años. Y hoy con cincuenta solemos repetir eso que suele decirse cuando algo queda grabado a fuego en la memoria: “Me lo acuerdo como si hubiera sido ayer”.

Era el primer día del invierno y en las calles no había un alma. La democracia recién andaba en pañales con sus tres años recién cumplidos; torpe, insegura, apenas gateando pero decidida a ponerse de pie. El olor a plomo que había dejado la dictadura aún podía sentirse. Lo seguían y lo seguirían sintiendo los sobrevivientes; las madres, las abuelas y los hijos de quienes se transformarían en rostros estampados en las banderas que, cada 24 de marzo, enarbolan esas admirables mujeres del pañuelo blanco.

Era el invierno de 1986 y las noticias que daban cuenta de la inflación galopante y de la difícil situación que atravesaba la economía en los primeros tres años del gobierno de Alfonsín (heredada –aunque no lo dijesen los medios- de un proceso de facto en el que la pobreza, la desigualdad y la deuda externa se habían disparado exponencialmente), iban a ser sepultadas debajo de un gol que se gritaría con el alma, que trascendería lo deportivo para ocupar un lugar relevante en lo cultural; que se convertiría en uno de los hechos más significativos de nuestra historia colectiva, y también de la pequeña y personal historia de cada uno de nosotros, los argentinos.  

Yo lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Era domingo. Claro que no era un domingo cualquiera. La televisión ya transmitía en directo desde las afueras del Estadio Azteca de la Ciudad de México. Notas de color. Hinchas argentinos cargando mates y banderas; y hooligans pintarrajeados, dándose puñetazos y luciendo enormes sombreros mexicanos. De cortina no dejaba de sonar aquel canto popular que los chicos entonábamos en todo momento, aún cuando estuviéramos en silencio: “Vamos vamos… Argentina/ Vamos vamos… a ganar. Que esta hinchada quilombera… no te deja no te deja de alentar”.  

Las banderas celestes y blancas adornaban las ventanas de las casas de mi barrio. Los pibes corríamos con las cabezas enfundadas en gorros de lana albicelestes. En la radio local la tanda comercial cerraba con un “¡Vamos Argentina!”. Los televisores color aún no abundaban por aquel entonces, pero unos días antes del mundial mi madre se había aparecido en casa cargando un flamante Hitachi de 22 pulgadas (sin control remoto, pero un lujo de todos modos). Ese detalle del color atrajo a dos vecinos que insistieron con venir a ver el partido a casa. Y así fue. Y sin que estuviera -al menos en mis planes-, uno de ellos se trajo a su madre.

maradonaLo recuerdo como si hubiese sido ayer. La guerra de Malvinas estaba fresca como un recuerdo recién pintado. La guerra decidida por un beodo Galtieri en una de las últimas y nefastas maniobras de la Junta Militar que se había adueñado del país desde el 76 al 83. Habíamos aprendido en dónde estaban esas islas y cómo había que amarlas. Las maestras nos habían contado por qué se peleaba en el Atlántico Sur. “Los ingleses son piratas”, decíamos. “Nos robaros las islas”, repetíamos, sin saber muy bien cuándo había sucedido eso, o por qué de un día para el otro las clases de Geografía habían pasado a ser tan importantes. El COMFER (organismo controlador de las comunicaciones audiovisuales del gobierno militar) había prohibido irradiar canciones en lengua inglesa. Y –sin que estuviera en los planes de los militares- hubo un florecer de cantores populares que llenó los espacios de la radio. La guerra había tenido miles de ribetes. Más de 640 chicos argentinos muertos en combate y otros tantos que seguirían muriendo después. Y los recuerdos de las cruces blancas en los tejados, y la propaganda de prevención que la Junta Militar divulgaba en la televisión y que las docentes replicaban en la escuela. Simulacros de ataques aéreos… “todos debajo del pupitre”, y cosas por el estilo. La televisión y las aulas fueron las escuelas en donde se nos enseñó a odiar a la Thatcher y a sus invasores. Y hubo quienes llegaron a demostrarlo materializando grandes gestos personales: La tradicional casa de materiales para la construcción “El Inglesito” cambió su nombre y su logo. Aquel joven de rasgos victorianos portando pipa y posando a lo Sherlock Holmes ofendía los sentimientos patrios. Y luego de 90 años de historia comercial en la ciudad de Mar del Plata, “El Inglesito” pasó al olvido de la proscripción. Su nuevo nombre fue “El Indiecito”;  gesto que describe una época cargada de patria, simbolismos y resentimientos.

Por todos estos condimentos aquel no iba a ser sólo un partido de fútbol. En ese campo de juego iba a disputarse algo mucho más grande y simbólico: Argentina iba por la revancha.

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer mismo. Fue en el minuto 55. Mi vieja cebaba mates. Mi abuelo no había hecho la siesta por primera vez en siglos. Tal vez por ello fue que casi cayó de espaldas al suelo cuando yo y mis vecinos que habían venido a ver el partido a color, saltamos para abrazarlo. Hoddie, Reid, Butcher, Fenwick y el arquero Shilton… todos habían quedado en el camino, viendo alejarse a un Diego Maradona que en ese instante pasaba a la inmortalidad. Y la pelota acababa de acariciar la red del arco inglés. Y si el primero había sido con la mano, pues entonces éste había valido por dos y por tres; y por cuatro y por cinco y por seis. Retumbaron los vidrios de todas las casas, saltaron los por aires todas las banderas, fundiéndose con los colores del cielo. Y el grito fue tal que se escuchó de Ushuaia a La Quiaca. Y hoy aún se escucha, aunque hayan pasado treinta y cinco años.

Yo lo recuerdo como si fuera hoy. “¡¡El que no salta es un inglés!!”, cantábamos dando saltitos, acalorados aún a pesar de los 3 grados centígrados que caían impíos sobre la Costa Atlántica. Los argentinos nos abrazábamos entre desconocidos. Como si fuésemos familiares, abuelas, madres e hijos. Nos abramos aquella vez como nunca jamás nos hemos vuelto a abrazar. Y las calles se convirtieron en una gran fiesta popular. Y todos juntos volvimos a llorar. Pero esta vez, de alegría. Y yo lo recuerdo todo como si hubiese sido hoy.

El que no salta es un inglés