miércoles. 19.06.2024

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Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo” (Tolstoi)    


Lejos de tomar en serio a Montesquieu y El espíritu de las leyes, la separación de poderes brilla por su ausencia y nadie parece dispuesto a cumplir cabalmente con el rol social que tiene asignado. Damos por sentado que jueces y magistrados actúen o elaboren sus dictámenes con arreglo a su ideología, pudiendo pronosticarse de antemano una u otra tendencia por su adscripción ideológica. Todo cobra una dimensión política en la peor de sus acepciones. Los partidos políticos han devenido algo así como clubs de fans, en donde la militancia corea y aplaude pueriles consignas como si se tratara de ganar una competición, cuando lo que interesa es propiciar acuerdos con quienes piensan de manera diferente, tal como nosotros mismos podemos hacer en un momento dado y a lo largo de nuestra vida, porque somos puro dinamismo hasta que la muerte nos troca en algo estático.

Por si no fuera bastante problemático este sin dios entre los diferentes poderes del Estado, algunos credos religiosos pretenden invadir el espacio público y utilizar alguno de sus ritos como arma política. Mientras la ciudadanía vota en los comicios europeos, alguna gente se congregará en la vía pública para mostrar su discrepancia con una ley votada por nuestro parlamento. La ley de amnistía puede considerarse un desacierto e incluso un desatino, pero demonizarla como si requiriera un exorcismo católico, se diría que no tiene cabida en un Estado aconfesional, por mucho que pudiera tener sentido en uno de corte teocrático. Al estrenarse la película Jesucristo Superstar en el madrileño cine Palafox, su acceso estaba jalonado por gente arrodillada que rezaba el rosario y exhibía las cruces de su credo. Aquello era el corolario de una época presidida por el nacionalcatolicismo franquista, pero cuesta creer que puda repetirse una escena similar medio siglo después.

Algunos credos religiosos pretenden invadir el espacio público y utilizar alguno de sus ritos como arma política

Al menos entonces aquellos católicos escandalizados mostraban su pesar por un tratamiento considerado irrespetuoso contra una figura clave para ellos, mientras que ahora exhiben su sentimiento religioso, algo que por definición pertenece a la más estricta intimidad y no debería desbordar el interior de los muchos recintos consagrados al culto, para criticar unas decisiones muy terrenales que hasta su líder espiritual reconoció al césar de turno. Esto es algo que nos retrotrae a un periodo en que los crucifijos presidían las aulas donde se impartía una Formación del Espíritu Nacional. Italia está recobrando ese camino y Europa en su conjunto sufre una peligrosa deriva que rinde culto a ideologías presuntamente desterradas por sus perversas consecuencias.

Mientras celebramos el 80 aniversario del día D, aquel desembarco de Normandía que supuso el principio del fin para la hegemonía nazi en Europa, el Viejo Continente coquetea con ideas caracterizadas por la intransigencia y las restricciones de libertades u opciones vitales como abortar, divorciarse o poder aspirar a la eutanasia. Las reivindicaciones nacionalistas pueden dar al traste con el cosmopolitismo propio del espacio europeo. Paradójicamente, las formaciones políticas menos europeístas podrían ser mayoritarias y copar los puestos clave para fijar el futuro rumbo de la Unión Europea. Todo ello en un contexto internacional donde proliferan los conflictos bélicos y la negación de las evidencias más palmarias. Los bulos más burdos hacen fortuna y hacen caer en el olvido las mayores barrabasadas. En lugar de abordar los problemas, nos dedicamos a comentar los comentarios y las interminables glosas de cuestiones absolutamente intranscendentes. La campaña electoral de las elecciones europeas va modulándose con asuntos absolutamente ajenos a cuanto se dirime.

Cuando no se logra entretejer alianzas mayoritarias, lo que toca es hacer una oposición tan responsable como colaborativa

En esta vorágine de insultos y descalificaciones únicamente salen ganando las posiciones más extremistas, que saben rentabilizar esta espiral de acciones y reacciones cada vez más disparatada. La falta de toda mesura en este desquiciamiento tan generalizado da pie a una implacable confrontación cainita cuyo desenlace no resulta muy prometedor. Las discrepancias deben mostrarse respetuosamente y no suscitar un concurso de calumnias tan gratuitas como eficaces. Cuando no se logra entretejer alianzas mayoritarias, lo que toca es hacer una oposición tan responsable como colaborativa. 

No se trata de ganar ningún campeonato y ridiculizar al perdedor, porque se gobierna para el conjunto de la ciudadanía y no sólo para los adeptos. Esto vale para el ámbito municipal y autonómico, estatal y europeo. El desafío es convencer a los más escépticos menos afines y el mejor argumento para lograrlo es comportarse lealmente con los adversarios políticos, en lugar de caricaturizarlos y considerarlos enemigos a batir mediante cualquier medio. Como dijo Tolstoi, nos empeñamos en cambiar el mundo, cuando lo suyo es comenzar ese empeño por uno mismo.

El exorcismo de un rosario politizado y el desquiciamiento de una confrontación cainita