sábado 28/11/20

Cómo enfrentarse a un apocalipsis zombi: pandemia, ciencia y nuevo humanismo

«Conócete a ti mismo» (Inscripción en el antiguo templo de Apolo en Delfos)


La situación que estamos padeciendo con todas las desgracias de toda índole que acarrea ofrece, sin embargo, una oportunidad única a los científicos sociales de las diversas especialidades académicas. Sociólogos, psicólogos, antropólogos, politólogos, pedagogos, incluso economistas, se han encontrado con la improbable oportunidad de realizar algo así como el experimento prohibido. 

En ciencias sociales, a diferencia de las ciencias naturales, resulta muy difícil llevar a cabo experimentos mediante los cuales someter a falsación las hipótesis elaboradas por los investigadores a la hora de explicar los fenómenos que estudian, según dicta el método hipotético-deductivo, característico de las ciencias positivas. Es verdad que para los hechos protagonizados por los agentes humanos también es posible diseñar experimentos, incluso dentro de las paredes de un laboratorio, como es frecuente hacer en el ámbito de la psicología experimental; pero es más difícil, por no decir imposible, cuando abordamos problemas que son objeto de la sociología, la antropología, la politología o la economía. En estos casos, el laboratorio por así decir es la historia. Es el devenir contingente de la historia, es decir, lo que los humanos hacemos en las circunstancias en las que nos desenvolvemos interactuando entre nosotros y con la siempre ineludible variable del azar, el que proporciona al estudioso las situaciones en las que observar el comportamiento de homo sapiens, y a partir de ahí, extraer conocimiento.

Pues bien, el dichoso coronavirus les ha dado a los científicos sociales el experimento hecho, un experimento imposible de diseñar e imposible de llevar a cabo, no sólo por las evidentes limitaciones de orden técnico sino también por las presumibles de orden ético.

El humanismo nacido en el Renacimiento y reforzado en la Ilustración con el ideal de la razón tiene que perfeccionarse con los aportes de las nuevas ciencias que vienen estudiando la realidad humana en toda su complejidad

El experimento es importante en ciencias. Es la forma de interrogar a la realidad para que ésta nos responda. Según el principio de falsación que el siglo pasado definió Karl Popper, forma parte esencial de la práctica científica confrontar lo que el investigador cree que puede dar cuenta de los sucesos con aquello que la cuidadosa observación experimental revela. Quiere decirse que un buen científico debe tener un alto grado de tolerancia a la frustración; su honestidad intelectual ha de sobreponerse a las ínfulas que pueda albergar su ego –cosa muy humana– por llevar la razón. Para mí uno de los ejemplos más admirables de esa virtud lo representa la figura de Johannes Kepler (1571-1630), que buscando el modelo más verdadero y hermoso del universo entonces concebido, no tuvo más remedio que abandonar su querida concepción platónico-pitagórica al no ser compatible con las evidencias empíricas aportadas por las cuidadosas observaciones atesoradas por su colega Tycho Brahe. Las tres leyes del movimiento de los planetas vieron la luz porque Kepler supo sobreponerse a la frustración que le causó que el Universo real no se pareciese al que había imaginado en su mente. Un ejemplo admirable de honestidad intelectual y una prueba de que la razón puede impedir que nos dejemos arrastrar por las tendencias naturales que nos inclinan a desear la confirmación de nuestras creencias más queridas.

Esta pandemia que a todos nos ha cambiado la vida debería ser aprovechada para mejorar nuestro conocimiento sobre el ser humano y el mundo social en que su existencia se desenvuelve. Es como si el azar nos hubiese dado la oportunidad de realizar el experimento prohibido, ese que tiene por objeto algún aspecto clave de homo sapiens, pero que los límites éticos a los que toda investigación se halla sujeta impide llevar a cabo premeditadamente. El paradigma de experimento prohibido lo constituye el de los «niños salvajes»; es decir, niños aislados de la sociedad, bien por haber sido abandonados lejos de todo contacto humano, como le pasó a Víctor de Aveyron (Le petit sauvage de la película de François Truffaut) encontrado a finales del siglo XVIII en un bosque francés, bien por haber sido confinados durante toda su infancia, que fue lo que le pasó a Genie, la niña criada en solitario cautiverio por sus propios padres hasta que fue liberada ya en la pubertad hace medio siglo. En ambos casos, la mala fortuna de estas criaturas permitió progresar en el conocimiento de la relación entre las potencialidades innatas y la relevancia de la socialización en el desarrollo pleno del psiquismo humano. De la desgracia de esas personas se extrajeron verdades que enriquecieron el conocimiento que el ser humano ha venido atesorando sobre sí mismo; también superando creencias muy queridas, pero erróneas.

Hace años un senador preguntó al Gobierno cuáles eran sus protocolos ante la posibilidad de un apocalipsis zombi. Era una manera de protestar por la poca disponibilidad del ejecutivo de entonces a someterse al control parlamentario de la oposición. No es posible hacer un experimento de esa disparatada eventualidad. Pero es que la actual pandemia, que llevamos padeciendo lo que nos parece ya demasiado tiempo, era para todos el escenario de una serie distópica antes de que aconteciera reventando las costuras de nuestra reconfortantemente predecible realidad y revelando así su esencia ilusoria. Desde el punto de vista científico, sin embargo, es una oportunidad única, ese experimento prohibido por el daño que se inflige a seres humanos. Deberíamos aprovecharla en todo lo que vale. Especialmente en lo que atañe al ámbito de estudio que compete a las ciencias sociales y humanas.

No estamos ante ningún apocalipsis zombi, pero hay suficientes señales que nos indican que nos enfrentamos como especie a retos globales que exigen una inteligencia colectiva a la altura de la magnitud de los mismos. Enumero los que recogía el filósofo Jesús Mosterín en un libro suyo de hace años: la explosión demográfica, la destrucción de la biodiversidad del planeta, el agotamiento o escasez de recursos naturales como el agua o el petróleo, nuevos métodos de control de nacimientos y muertes, posibilidades y riesgos de la ingeniería genética, globalización de los mercados y la economía, migraciones masivas, insuficiencia de los Estados nacionales como marco de la vida política, una cultura universal basada en la difusión instantánea y mundial de la información a través de los canales de comunicación. Por no mencionar el que a mi entender es la mayor amenaza para la humanidad: el cambio climático. Cualquiera de ellos es en potencia nuestro «apocalipsis zombi». Y me temo que no hay protocolo.

Mosterín tituló el libro al que me refiero con las palabras Ciencia viva. Feliz título que inspira el valor vital del conocimiento, tesoro de la humanidad que le ha permitido a nuestra especie prosperar. Beneficiarnos de él requiere racionalidad, pero también sabiduría, esa cualidad a la que otro filósofo patrio como Fernando Savater se refería en su libro Las preguntas de la vida así: «la sabiduría, que vincula el conocimiento con las opciones vitales o valores que podemos elegir, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos». Es escéptico Savater respecto a este último talento, duda de que se pueda alcanzar y enseñar. No sé. Pero, en cualquier caso, considero que es condición necesaria para siquiera aspirar a ella el conocimiento de uno mismo del que forman parte inexcusable las ciencias que estudian la realidad humana.

Apela también Mosterín en el texto citado a un nuevo humanismo, uno construido sobre los cimientos que pone el conocimiento científico. Existe ese nuevo humanismo, cuyo núcleo epistémico seguramente lo constituya la neurociencia, sin menospreciar el aporte de la economía, de la sociología y de la antropología, ni olvidar en ningún caso la historia.

Desde hace meses oímos mucho a epidemiólogos, virólogos, médicos, hablar sobre el coronavirus. Sabemos que entre quienes asesoran a los políticos que toman las decisiones hay científicos de esos gremios, pero no parece que se tenga en cuenta el factor humano, el que requiere el aporte de los que estudian la realidad humana en todos los aspectos que la conforman como algo complejo. ¿Se escucha su voz en el ágora de la opinión pública? ¿Forma parte el conocimiento atesorado en tiempo reciente en sus disciplinas del acervo cultural que tiene en cuenta el ciudadano medio, y no digamos el político, cuando juzga situaciones críticas como la actual y toma sus decisiones? ¿Hay presencia de esos nuevos humanistas en el grupo de expertos que asesoran a nuestros gobernantes?

En la primera tanda de proyectos extraordinarios de investigación que se convocó con ocasión de la pandemia y financiados a través del Instituto de Salud Carlos III, no se encontraba ninguno de los presentados desde el ámbito de las ciencias sociales y humanas. Ni que decir tiene que de esa comisión de científicos prometida por el Gobierno para evaluar lo sucedido durante la crisis de la COVID-19, cuya finalidad sería aprender de los errores cometidos e identificar las deficiencias del sistema, no deberían formar parte únicamente los científicos de las especialidades biológicas y sanitarias, sino también los que cultivan el estudio de los temas propios de las ciencias sociales sin soslayar en ningún caso la perspectiva ética. Incurrimos en un burdo reduccionismo cuando identificamos el fenómeno de la pandemia con un problema meramente biosanitario. Los hechos demuestran que su realidad es más compleja que eso, y comprende la dimensión social a la que corresponden todas las cuestiones relativas a la movilidad de las personas, a los elementos que definen el entorno urbano en el que viven, a las diferencias económicas existentes entre ellas, a sus condiciones laborales, a la toma de decisiones que requieren un análisis ético, a la manipulación mediante la desinformación, etc.

Hay que abandonar ese paradigma del conocimiento al que la filósofa Marina Garcés denomina solucionismo en su breve pero nutritivo ensayo titulado Nueva ilustración radical. De acuerdo con tal paradigma al conocimiento sólo se le atribuye valor si es «capaz de ofrecer soluciones concretas a la sociedad: soluciones laborales, soluciones técnicas, soluciones económicas. El solucionismo es la coartada de un saber que ha perdido la atribución de hacernos mejores, como personas y como sociedad». Así, el conocimiento se disocia de su poder ético (Bildung que dicen los alemanes) y vale lo que posee de eficacia técnica (en la actual coyuntura equivale a su diligente aportación de un tratamiento eficaz y/o una vacuna contra el SARS-CoV-2). Se deja sin aprovechar, pues, el inapreciable aporte que tiene para el crecimiento de la consciencia, la cual es el ancla que mantiene sujeta la mente a la realidad.

Sospecho que aún nos fiamos de un sistema de creencias que no ofrece una visión bien ajustada a la realidad de lo que somos. Y nos impide reconocernos como seres integrantes de una misma especie que comparten las mismas semejanzas fundamentales, antídoto que considero precioso contra los sectarismos identitarios que alimentan posturas ideológicas irreconciliables. Tales sospechas hallan sustento en el hecho de que en el repertorio de asignaturas que los alumnos de la enseñanza obligatoria deben estudiar a lo largo de sus años de formación, no hay apenas presencia de materias que tengan por objeto de conocimiento el ser humano en sus dimensiones psíquica, social y económica, más allá de alguna presencia testimonial en asignaturas de escaso peso curricular. Por su parte, las humanidades tradicionales se ven planteadas, a la vista de sus diseños curriculares, como un reino totalmente independiente del de las tenidas académicamente por ciencias. Es común oír, incluso entre los responsables públicos, la excusa «yo es que soy de letras» para justificar su absoluta ignorancia y falta de interés por las cuestiones que atañen al dominio científico.

El humanismo nacido en el Renacimiento y reforzado en la Ilustración con el ideal de la razón tiene que perfeccionarse con los aportes de las nuevas ciencias que vienen estudiando la realidad humana en toda su complejidad. Y ese remozado humanismo debe formar parte importante del conocimiento que consideramos valioso transmitir a las nuevas generaciones con el fin de promover en ellas la genuina inteligencia humana, es decir, reflexiva y autónoma.

Nos va la vida en ello. ¿O es que aún no hemos aceptado la posibilidad real de nuestro propio final?

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