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miércoles. 08.02.2023

Encendiendo petardos

Por Walter C. Medina | Antes de despilfarrar en estas líneas lo que de criterio aún creo conservar, debo confesar que alguna vez yo también encendí un petardo.

petardos

Antes de despilfarrar en estas líneas lo que de criterio aún creo conservar, debo confesar que alguna vez yo también encendí un petardo. Me refiero a los que por estas fechas y a cualquier hora del día suelen sacudir la calma con su estruendo; y no a esos otros que también se encienden -y no necesariamente para celebrar alguna fecha del calendario-, no explotan ruidosamente y a algunos seres de extraña naturaleza suele desvelarlos a tal extremo que aún abogan por la continuidad de su ilegalidad. Hablo pues, como ya habrá entendido estimado lector, del petardo que con su explosión anuncia la llegada de la navidad y el año nuevo, deleitando por igual a niños y adultos. Pum!.... y dale que va.

Observo desde mi ventana la felicidad que la espera del pum! dibuja en la cara de Ezequiel, el pibe de enfrente que tendrá unos 10 u 11 años. Los ojos brillosos, las manos cubriendo los oídos, la mecha que se consume en la mano de Roberto, su padre (que tendrá -lo juro por el Niño Jesús- 46 o 47 años). Y finalmente Pum!; otra vez la algarabía gana los rostros de padre, hijo y el espíritu del santo del abuelo que ve desde su silla de ruedas a dónde fueron a parar los 100 pesos que le regaló a su nieto. “Sos un santo, viejo”, le grita el hijo mientras que el pequeño Ezequiel lanza a los aires de la tarde una humeante cañita voladora.

El ser humano (y aunque quisiera no hablo -ni podría- hablar de Roberto, sino del “Ser Humano”) ha celebrado ruidosamente estas fiestas a lo largo de no muchos años si se tiene en cuenta precisamente la natividad que los cristianos conmemoraran próximamente. Es prácticamente inimaginable que este acto de jolgorio acompasado por estrépitos secos y contundentes haya sido cosa del pasado remoto. ¿Alguien puede acaso imaginar a un apóstol con un petardo en la mano? No. ¿Existen acaso indicios de que tal cosa hubiese acontecido? No. ¿Existen figuras de la iconografía cristiana en las que se observe a algún discípulo encendiendo una cañita voladora? No. Y eso que motivos los hubo de sobra. La Resurrección de Jesús, por ejemplo, supone suficiente pretexto como para un buen par de petardos. Nada más ni nada menos que una resurrección que se produce a los tres días y -como si esto fuese poco- el resucitado se eleva por los cielos y va a sentarse nada más ni nada menos que a la derecha de Dios Padre Todopoderoso. Pum!, pum y pum! Más que un buen par de razones para que alguno de los testigos de tamaño evento que en las obras pictóricas que retratan el momento aparecen con atónitas miradas, bien decidiera encender la mecha de un grueso petardo. Sin embargo no hay registro alguno que confirme un hecho como este. Por consiguiente es preciso dejar tajantemente claro que, por lo que se sabe, el fenómeno de las deflagraciones para adornar una celebración pertenece a nuestra era. Y a juzgar por otras características que identifican a ésta, nuestra época, no podía ser de otro modo. Pum! Otra vez Roberto y Ezequiel sacudiendo a la vecindad, aunque perdonados por los miembros de ésta que lo comprende e incluso lo insta a encender uno más. Pum!. Y esta vez se suma al jolgorio Jonathan, el mulatito con cara de atorrante, tercer hijo de Rosita, una treintañera costarricense que durante ocho horas friega suelos ajenos mientras ve con impotencia el deterioro del propio. Pum! Y a tenor del estruendo provocado por el petardo del negrito, allí debe haberse ido al menos una hora extra del trabajo de Rosita; pero no importa, porque la felicidad de Jonathan es lo primero, aunque su madre tenga que oír las detonaciones en las que concluyen varias horas de su vida.

Recuerdo los inicios de la Feria de Málaga y esas explosiones que iluminaban el Mediterráneo a la altura de la Playa de la Malagueta. Cientos de miles de fuegos artificiales que detonaban en el aire, llegando sus estridencias a sacudir los cristales de las Casa Mata de Pedregalejo. Al día siguiente, con la clara del alba, ya se podían apreciar, diseminadas no muy lejos de la orilla, una indefinible cantidad de plumas grisáceas. “Son las gaviotas que se vuelven toas majaretas por el ruido y se yocan entre ellas”, aseguraba Paco desde la barra del chiringo La Caceta con su Cutty Sark hasta el borde mismo del vaso. Y el zumbido de los aviones durante la celebración del día de las fuerzas armadas, y el pum! emergido de las filas de artillería, y los festejos de un triunfo futbolístico. Pum!, el triunfo de un tenista. Pum!, el primer puesto en jockey sobre sancos y cosas por el estilo. Más fuegos artificiales, y más petardos de los que explotan.

Doble pum!. Ricardo ha tenido la genial idea de entrelazar dos mechas para producir un sonido potenciado. Y los niños se han divertido a lo grande, y dos perros han salido espantados con el rabo entre las patas. Desde mi ventana los observo. Intento comprender la causa que lleva a esos seres humanos a perpetrarse en esta tarea, pero no lo consigo. Un asesino se construye en mí con cada estruendo. Es ese otro yo que razona distinto acerca de las normas de convivencia, del sentido de estas fiestas y de todas y cada una de las imbecilidades que caracterizan a nuestra triste especie. “Si se multara la imbecilidad…”, piensa,….”tambalearía en pocas horas la economía mundial”. Pum!. Y otra explosión corta la tarde al medio. 

Encendiendo petardos