sábado 27/11/21

Dentro de los nosocomios psiquiátricos, los profesionales y agentes de seguridad suelen recurrir a líneas imaginarias para controlar la circulación de los internos, y con ello detener un posible escape de pacientes en las instituciones.

“Los electroshocks son metodologías que se dejaron de usar hace mucho tiempo atrás”. Esta advertencia me fue dada por el neurólogo mientras circulábamos por los pasillos internos del neuropsiquiátrico José Tiburcio Borda en otoño de 1999.

En aquel entonces asistí al III Simposio Internacional de Terapia Ocupacional mientras cursaba esa licenciatura en la Facultad de Ciencias de la Salud y Trabajo Social en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Cuando comenzamos la visita guiada con el Subdirector Asistente de Atención Psiquiátrica, Dr. Lucio Mastandrea, me vino a la mente esa inquietud.

Hace unos días atrás justamente estaba leyendo en una revista especializada las consecuencias neurológicas que podría acarrear la utilización de esos procedimientos. Ante mi pregunta de si eran necesarios estos golpes de corriente, el doctor giró su cabeza hacia donde me encontraba, leí en sus ojos la incomodidad, luego de negarlo rotundamente pasamos por una habitación donde le estaban realizando el electroshock a un paciente. “Hay estados de excitación extrema que lo justifican”, me profirió Mastandrea.

Con la idea horrorosa que sufren estas instituciones recorrí cada una de las habitaciones, el estado de dejadez era elocuente. Los rostros de los internos lidiaban con la indiferencia de muchos de los especialistas que no lograban hacer pie ante la carencia de un estado que no acompañaba con las políticas sanitarias. Recuerdo que uno de los tantos pacientes que deambulaban por doquier y que no se cansaba de pedir monedas tomó de imprevisto el maletín que llevaba y al no conseguir sacármelo posó sus ojos sobre mí. “Acompáñeme, debe ver algo”, me pidió entre sollozos, ambos salimos caminando raudamente y nos paramos delante de un árbol. “Ella es Ernestina”, me dijo, “y aquel que usted ve allí (indicándome con su dedo índice un arbusto un poco más alejado) es Raúl”. ¿Quién estaba más loco, el que me indicaba una planta o yo que intentaba encontrar la silueta en sus ramas?

El exterior del lugar dejaba mucho que desear, los bancos de cemento habían dejado hace tiempo de simbolizar un lugar donde reposar. Mi madre me había contado la historia de La Colifata, un programa radial realizado enteramente por internos, este hombre era uno de ellos. “¿Nos escuchó ayer en la radio?, me preguntó con gran denuedo, evidentemente esperaba complicidad de mi parte en esa pregunta.

El grito de uno de los médicos llamándonos facilitó mi escabullida, de entre los diez o quince que nos encontrábamos apreciando figuras inexistentes, solo algunos lograban ver sus manos y sus pies. El atardecer se estaba llevando las pocas horas que nos quedaban por delante, logré acceder nuevamente al interior y acercarme al grupo de compañeros que estaba terminando la última ronda. Las características de los pacientes convertían al hospital en una verdadera obra de teatro griega, una extraña fusión tragicómica en los albores de un nuevo milenio. Se podían oír, desde el pasillo central, los micros fuera se despertaban de entre la penumbra de la noche porteña.

Mientras intercambiábamos nuestros números telefónicos con otros estudiantes, una de las puertas que se encontraban pasando la única cabina telefónica del lugar, comenzó a cerrarse, en ese instante tomé mi maletín y salí corriendo hacia el ingreso. Al instante un guardia de contextura mediana, pero de voz estridente, me paró en seco. “Quieto ahí”, me dijo, “manténgase detrás de la línea amarilla”. Me lo quedé observando, su mano me indicaba un sector del piso que carecía de líneas, creo que leyó en mis ojos que no encontraba esa famosa barrera. “¿Usted no es de aquí?”, me preguntó con cierta sorna, no, le respondí, soy un estudiante y ese micro que usted ve allí se está yendo sin mí.

Detrás de la línea amarilla