jueves. 20.06.2024

Se ofrece joven responsable con experiencia en diversos trabajos. Buena presencia. Disponibilidad horaria”....; “Limpio casas por hora. Amplias referencias”....; “Interna para cuidados de personas mayores”...; “Busco trabajo. Conocimientos de albañilería, mecánica automotor y carpintería”....; “Angie, 33 años, rellenita, pechos grandes, cariñosa. Completo. En tu casa o en la mia....”.

La realidad se corresponde con la escueta descripción del último aviso clasificado que transcribo en el párrafo anterior. No hay ninguna seña particular o diferencia significativa que destaque, al menos a primera vista. La fisonomía de Angie no esconde ninguna característica que no haya sido expuesta en el anuncio con el que promociona su trabajo. “De lo contrario podrían acusarme de publicidad engañosa”, dice mientras se lima las uñas con tenacidad.

Angie es trabajadora sexual desde hace cinco años. “Puta, a secas”, me sugiere como definición de su actividad laboral. “A muchas mujeres les molesta, pero a mi no. Trabajo de puta; eso es lo que soy y no tengo por qué esconder mi oficio buscándole un título que suene más bonito”. Desde los 16 años y hasta los 28, esta extremeña de ojos negros y naríz respingona pasó por toda clase de trabajos. Limpió casas, fue niñera, cuidadora de ancianos, camarera, repositora de supermercado, vendedora de cosméticos, masajista y finalmente trabajadora sexual. “!Puta!. Te lo dije hace dos segundos”, me recrimina con aspavientos y ademanes. Y es verdad. Puta. (Me lo dijo hace dos segundos). Y en cada uno de estos trabajos duró -tal como ella misma dice- “lo que dura un pedo en una mano”. Porque desde una edad muy temprana Angie fue susceptible a la usura, al abuso y a la explotación; de modo que -en cuanto advertía el peso del yugo- renunciaba inmediatamente, sin importarle las negativas consecuencias que estas acciones podían acarrearle a su vida laboral. “Yo no soy la puta de nadie”, cuenta que solía decir antes de dar el portazo final, cada vez que se iba de un trabajo.

El derrotero de Angie no difiere del experimentado por otras muchas mujeres que un día decidieron ser emperadoras de sí mismas para poder imperar sobre los demás, o que comprendieron que -como escribió Maximo Gorky- “cuando el trabajo es un placer, la vida es bella. Pero cuando nos es impuesto, la vida es una esclavitud”. “Estaba harta de trabajar todo el día para no tener más que agujetas en todo el cuerpo y a duras penas poder pagar el alquiler”, relata. “Así que un buen día decidí poner un aviso en el periódico y empezar a trabajar de puta. Llevo cinco años, he ganado mucho más dinero del que hubiera ganado limpiando casas y yo dispongo de mis horarios y de mis clientes. Soy mi propia jefa y atiendo sólo a quien yo quiero”.

Angie y un grupo de colegas se han manifestado en reiteradas ocasiones por el derecho a ser putas. “La prostitución se considera ilegal y además carga con el estigma de la moral. Pero las mujeres que elegimos este trabajo lo hacemos por la misma razón que un empleado administrativo acude todos los días a la oficina. Por dinero. Hay que saber que hay muchas mujeres esclavizadas que son víctimas de mafias y explotadores. Nosotras defendemos el derecho a ser putas porque en nuestro caso nadie nos obliga. Hemos elegido este oficio como podría ser cualquier otro”.

Angie sostiene que las putas -las que eligen serlo- son iguales a cualquier trabajador. Intercambian un rato de su tiempo y de su persona a cambio de dinero. “¿Hay acaso alguna diferencia? Los trabajadores se pasan ocho o más horas cumpliendo órdenes, incluso caprichos de un jefe. Y muchos de esos trabajadores se ven obligados a lamerle las botas a sus superiores por temor a perder su puesto de trabajo. Después llegan a sus casas cansados y sintiéndose una mierda. Y eso sí que es prostitución, pero de la peor clase. Si ser prostituta es inmoral...¿cómo llamarle entonces a eso? Y esto por no hablar de la cuestión moral. Porque a las putas se nos endilga la inmoralidad, pero hay oficios que nadie considera inmorales y que sin embargo dejan en la miseria a seres humanos. ¿Acaso las actividades de los banqueros que llevaron a la ruina a un país entero o la de los políticos corruptos son más morales que las de una prostituta? ¿Puede alguien asegurar que es más moral un diputado que una puta? Pues yo no”.

A Angie le quedan apenas tres materias para recibirse de Psicóloga. Y según dice, “mi trabajo me he servido no sólo para independizarme y ganar dinero, sino también para mi futura profesión, porque una puta también tiene que conocer un poco la psicología de sus pacientes”, asegura mientras agita la lima a gran velocidad. “¿Conoces la canción de Las Vulpes?”, me pregunta posponiendo el limado y caminando hacia una repisa repleta de discos compactos. “Pues ahí va”. Y las estrofas de esta certera declaración de principios, de este fenomenal himno reivindicativo, comienzan a esparcirse en la atmósfera de la sala de estar: “Prefiero joder con ejecutivos/ Que te dan pasta y luego vas al olvido/ Me gusta ser una zorra/ Me gusta ser una zorra”.

Como diría Galdós, “Dichoso del que gusta las dulzuras del trabajo sin ser su esclavo”.

De Putas