sábado 24/7/21
WALTER C. MEDINA

De Memoria

El foráneo acento de José Luis despierta la atención de un espontáneo que sin reparos de ninguna clase se acerca a nuestra mesa. “¿Español?”, pregunta, dirigiéndose a mi entrevistado, un madrileño de treinta y dos años que en marzo de 2012 decidió probar suerte a este lado del Atlántico. “Si, de Alcobendas”, le responde éste, extendiéndole una diestra que inmediatamente se funde con la de su paisano, otro de los muchos miles de españoles emigrados a Argentina en los últimos cuatro años.

El casual encuentro del que soy testigo tiene lugar en la capital argentina, una ciudad que incrementó su población notablemente debido a la llegada de inmigrantes de distintas partes de América Latina y de España. “Vale, ahora nos toca a nosotros”, dice José Luis cuando constata las cifras que circulan por La Red y que hacen hincapié en los motivos de estas migraciones. Porque desde el inicio de la recesión ibérica, a mediados de 2008, y hasta finales del año pasado, cuando el paro y la precariedad laboral ya no eran una simple amenaza pasajera, el flujo de emigrantes españoles creció un 25,6%. De todos los españoles que viven fuera de España –que ya son cerca de 1.700.000–, unos 307.000 se han ido en los últimos cuatro años. Y la mayoría de ellos lo ha hecho a Argentina. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística en su último PERE –Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero- los españoles residentes en este país ascendían en 2011 a más de 345.000, una cifra sólo comparable con la que los datos migratorios registraban en la década de los setenta.

Claro que José Luis no ha recorrido trece mil kilómetros para fregar platos en un chiringuito. Su formación profesional es el motivo fundamental de una esperanza que lleva a cuestas desde que pisó suelo criollo. “En España ya no se invierte en I + D. Yo no puedo dejar pasar más tiempo sin incorporarme en una empresa que valore mis conocimientos en esta materia”, explica, sin ignorar que no es sólo Investigación y Desarrollo en lo que ya no invierte España. Aprovecho entonces el tirón para preguntarle por las malas nuevas que a diario llegan desde su país natal. Y no me refiero sólo a las nulas posibilidades de jóvenes profesionales para incorporarse al mercado laboral, sino a esas cifras que alarman y que son fiel exponente del expolio que se viene cometiendo a cara descubierta desde hace más de un año. Lo interrogo acerca del estado de la educación, de la salud, de los derechos de la clase trabajadora. Le pregunto si conoce la realidad de otros inmigrantes, esos que aún giran en su tierra sin derechos de ninguna clase y convertidos -por capricho de un buen número de miserables cualificados- en simples delincuentes. La respuesta de José Luis es lúcida. “Falta de memoria”, dice, y con esto es suficiente.

La tarde porteña languidece. Como dijera Borges, “es la hora en la que al día les salen ojeras”. Desde la radio emergen las noticias de las19.00. El estado de salud de Hugo Chaves, la subida del dólar, el duelo Clarín-Cristina, el triunfo de Boca Juniors, el gol de Messi de todos los días y la corrupción que en España mantiene en vilo al partido que gobierna. “Qué verguenza”, dice José Luis. “Y yo que creía que la corrupción era patrimonio de Uganda o países así...”; una faláz creencia compartida hasta con el mismísimo Mariano Rajoy.

El viaje de José Luis hacia Buenos Aires coincidió no sólo con el de otros coterráneos que también decidieron irse en pos de una prosperidad que no veían clara quedándose, sino también con el otros muchos argentinos que retornaban por las mismas razones por las que una década atrás se habían machado. “Recuerdo que en 2002 no había bar en Madrid en dónde no te atendiera un argentino. Estaban por todas partes”, dice José Luis sin ignorar esta realidad cargada de ironía. “Yo solía preguntarles qué les había pasado para llegar a semejante extremo de tener que emigrar, sin imaginar que unos años más tarde sería yo el que emigrase a Argentina....vueltas de la vida”.

Y a mi memoria vuelven esas preguntas a las que José Luis se refiere. “¿Qué les pasó?. Un país tan rico como el vuestro....es una pena”, solían decir los locales siempre y cuando viniese a cuenta. La pregunta es hoy la misma, aunque formulada desde la otra orilla. “¿Qué les pasó?”. Y José Luis no duda en responder. “Falta de memoria”, dice, y con eso es suficiente.

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