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lunes. 26.09.2022
LA BATALLA MÁS CRUENTA DE LA GUERRA CIVIL

Testimonio vivo de un miliciano de la Batalla del Jarama

Manuel Gallego-Nicasio es el último miliciano de Castilla-La Mancha, cuyo bautismo de sangre fue en la batalla de la que estos días se cumplen 81 años.

manuel gallego nicasio2Es el último miliciano de Castilla-La Mancha, cuyo bautismo de sangre fue en la batalla del Jarama, de la que estos días se cumplen 81 años. Ya dimos noticia del mismo cuando cumplió un siglo el año pasado, su nombre Manuel Gallego-Nicasio. Este fin de semana su familia y su pueblo, Herencia (Ciudad Real), le han rendido un homenaje, oscurecido por el absurdo crimen de un joven paisano en las fiestas del Carnaval, declarado este año de Interés Turístico en la localidad. En el homenaje a este miliciano socialista, el último vivo de la Comunidad Autónoma, le han regalado una placa, y dos banderas, una la tricolor, bajo cuya sombra luchó en la guerra civil, y la roja del Partido Socialista. Es el testimonio vivo de una batalla que puede considerarse como el ensayo cruento de la II Guerra Mundial, por haber participado en ese frente, en la ribera del río Jarama, combatientes de 54 nacionalidades. Una guerra mundial en miniatura pero más cruenta, si cabe, que la grande.

Nació el 17 de febrero de 1917, hace un siglo y un año. “Y espero cumplir más años”, dice, con cierta sorna, acompañada de una sonrisa de satisfacción. Se alistó voluntario en cuanto estalló la contienda. Su bautismo de sangre fue junto a la XV Brigada Internacional en la batalla del Jarama, ensayo, como luego se demostró, de la Segunda Guerra Mundial.

Rodeado de su familia, ha celebrado su cumpleaños, mostrándose en los recuerdos como un libro abierto de la historia de esa guerra que asoló España. Es uno de los últimos combatientes republicanos de la guerra civil española. Está orgulloso de haber luchado por la República, por la libertad, y por la democracia contra el fascismo, que quería acabar con ellas. Es socialista de corazón -cada vez que pronuncia esta palabra, se toca el lado izquierdo con la única mano que le queda, la izquierda-. Estuvo en los frentes más duros, y no pudo esquivar tanta barbarie sin salir ileso: perdió un ojo, una mano, y varios dedos. Sus heridas comenzaron en el frente del Jarama, cuando el ejército republicano quiso impedir que los rebeldes fascistas llegaran a Madrid, su objetivo. Una batalla que quedó en tablas, pero con muchas pérdidas en ambos bandos.

Es uno de los últimos mártires de una guerra fratricida de la que es memoria viva.  Con veinte años llegó al frente del río, y para su sorpresa se encontró “con soldados que no hablaban castellano. Aquello era un batiburrillo de lenguas, hasta polacos había, y americanos, y rusos... que nos venían a ayudar. Una ayuda más que nada humana, que la logística no eran tan buena como la de los nacionalistas, y encima con la diferencia de lenguas, era difícil coordinar las maniobras”. Una de las batallas más cruentas de la guerra civil, caían a diario mil combatientes de uno y otro bando, cerca de 20.000 muertos en el tiempo que duró, del 5 al 17 de febrero del 37. Uno de los peores frentes en los que se sucedieron las confusiones, tanto de idiomas, por la variedad de países que participaron, como de armamento, hasta el punto de tener que construir las mujeres bombas y explosivos con latas de conserva y botellas.

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Manuel con su familia. (Fotos: Ramón Hdez. de Ávila)

Fue herido en esa batalla en un oído, que hoy ha perdido por completo, y luego fue destinado a otros frentes, donde fue dejando partes de su cuerpo. Mutilado, símbolo de la España que predijo el insigne Unamuno en Salamanca, contrarrestando el paradójico grito de ¡viva la muerte! de Millán Astray, fundador de la Legión y amigo íntimo de Franco, nuestro combatiente tuvo que buscarse la vida en una España rota, temerosa, miserable y muerta. Venciendo dificultades, hambres y miedos, ha superado el siglo en un año, y espera seguir muchos años. Todo un siglo de guerras, persecuciones y avatares, agravadas en su caso por haber perdido la contienda entre el fascismo y la libertad. “Pero al final, gané -matiza-. Perdí un ojo, me cortaron la mano derecha y perdí un dedo de la mano izquierda, aparte de la metralla que llevo adentro, pero estaba convencido de que íbamos a ganar, que ese era el precio de la lucha por las ideas, y al final, gané. ¡Aquí me tienes! El dictador tirano murió, y ha vuelto la democracia, aunque no sea como la que deseábamos, porque tenía que haberse restaurado el régimen que ese Franco se cargó, que no era otro que la República. Pero, con todo y eso, hoy podemos hablar y pensar sin que nos dirijan la vida, ni nos marquen el pensamiento, ni nos fusilen por pensar distinto. Aunque nos siguen metiendo el miedo en el cuerpo, pero no hay que tener miedo a nada, ni siquiera a que nos quiten la pensión. Si a Rajoy y a este gobierno, heredero de los fascistas, se le ocurre quitar la poca pensión que disfrutamos los viejos, y con la que en muchos casos, sostenemos a nuestros nietos, se arma una nueva, pero esta vez con fundamento... Pero tampoco interesa, ni que quiten la pensión, ni que se arme. A los americanos no les interesa una nueva contienda en España. Ni a Europa... Me siento orgulloso de haber luchado y haber ganado al fascismo, después de 40 años... Otros 40 años llevamos sin él y eso demuestra que nuestra lucha no fue en vano. Y como yo, tantos otros, media España...”.

La terrible posguerra

Acabada la guerra, no lo fusilaron porque su mujer tenía amistades “nacionales”, pero tuvo que vivir casi escondido en una finca perdida en el campo, hasta la llegada de la democracia, retirado de la sociedad, sin ninguna ayuda económica. Segregado socialmente por rojo, como los perdedores en una guerra que no tienen otra salida que el exilio o la clandestinidad, tuvo que buscarse la vida pese a sus deficiencias físicas. Con tesón, sacrificio y voluntad, sacó adelante a su prole que el fin de semana pasado lo celebró por todo lo alto participando de los regalos y el homenaje social. Nunca se rindió, y mal que bien, en la dura y larga posguerra, pudo mantener a su numerosa familia. A pesar de las heridas, de la guerra, y de la dura y penosa posguerra, que para él parecía no acabar nunca (perseguido y vigilado), se mantuvo firme, y mantiene todavía sus ideales: “Nací socialista, sigo siendo socialista y moriré socialista... Ni la guerra entonces, ni luego Franquito, pudieron conmigo”, afirma orgulloso. “Ahora, con todo este siglo mío encima, me he afianzado en mi idea: Nos ganaron la guerra, no Franco, ni su ejército, sino quienes le ayudaron... pero al final, las ideas por las que luchamos han permanecido y he podido disfrutarlas rodeado de mi numerosa familia. Cuarenta años casi escondido por un régimen nefasto y asesino, y otros cuarenta años con la alegría que da el ser libre. No hay mayor tesoro que la libertad. Esto lo compensa todo”.

manuel gallego nicasio3​En la posguerra, las pasó mal, siempre al acecho, temiendo ser descubierto y acabar en el paredón. Pero se sabe que el ser humano se aplica y se acomoda a lo que le ofrece su entorno para lograr sobrevivir. “Yo tenía sólo un ojo, pero, gracias a Dios, bien desarrollado; en cuanto veía las dos sombras a lo lejos, pensaba, “la pareja, ahí viene la pareja”, y pocas veces me equivocaba, así que me daba tiempo a alejarme del lugar y evitar que me pillaran. En aquellos años la guardia civil era cruel, disparaba, y luego preguntaba. Era otra guerra soterrada”.

Después de la guerra, durante años, hubo una terrible persecución y represión sobre los que habían combatido en el bando republicano, no sólo milicianos, sino esposas, familiares, amigos, hasta vecinos, que por el mero hecho de conocerse, eran llevados al calabozo. Otros fueron delatados. Muchos murieron fusilados. “Por eso yo digo -añade el centenario socialista- que si la guerra fue mala, la posguerra fue peor, no solo por el hambre y la miseria, sino por el desprecio y la delación de los vencedores. Era el imperio del miedo. Un miedo que yo creo que hoy perdura, por eso el pueblo, ante lo que está sucediendo en la actualidad, no quiere sacar las cosas de quicio, ni montar esas huelgas y revoluciones que harían falta, para que nuestros gobernantes cambien de actitud y miren un poco por la igualdad de todos, acaben con los abusos de las clases dominantes, y consigan el deseado bienestar para todos... Y por supuesto -concluye- que no haya más guerras, ni aquí, ni en ninguna parte del mundo”.

El último comentario, como no puede ser otro en estas fechas, es sobre sus recuerdos del Jarama: “Fue uno de los frentes más duros. Entre el galimatías de lenguas y disparos, caía la gente como conejos. Total, para qué. Fue una guerra internacional, de todos los países había soldados”.

Don Manuel, como tantos otros que aún viven, son historia viva de una memoria que no debemos olvidar. Un país que no tiene en cuenta su pasado, es un país sin futuro.

Testimonio vivo de un miliciano de la Batalla del Jarama
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