martes 30/11/21

Crónicas desde Marte

De vez en cuando, en mi cama, leyendo los poemas de un terrícola extremadamente evolucionado, culto y bueno, pensaba que no todo estaba perdido en ese lugar minúsculo del Universo, que todavía queda tiempo para reaccionar.
espacio

No fue consecuencia de un desastre nuclear. Hacía mucho tiempo que habíamos abandonado ese tipo de energía primitiva e incontrolable. Tampoco por el impacto súbito de una estrella perdida ni por la subida del nivel de las aguas del mar. La vida se extinguió poco a poco durante un siglo porque talábamos muchos más árboles de los que nacían, porque el agua dulce era cada vez más escasa y menos buena y, sobre todo, porque los causantes de esas catástrofes también habían producido otra: Un grado de desigualdad tal que el 1% de la población tenía el 99% de la riqueza y aún no estaba saciada. Durante años, sus residencias amuralladas, su policía, sus indiferentes, sus soplones y su ejército mantuvieron a los indigentes a raya. Todos los días había enfrentamientos en las zonas de exclusión, miles de muertos y heridos. Sin balas, sin metralla, utilizaban unos dispositivos iónicos de diversa intensidad que podían llegar a destruir los órganos vitales sin el más mínimo ruido. 

Todo cambió. Pese a que habían tomado medidas para descarbonizar el planeta, la destrucción de la naturaleza causada por la codicia incesante de los poderosos y la acumulación de basura imposible de reciclar, provocó la aparición de sucesivas epidemias que traspasaron los muros de las residencias infranqueables al tiempo que el aire dejó de ser respirable. Durante unos diez años poco más o menos, los más ricos lograron sobrevivir bajo inmensas cúpulas de celulosa transparente con aire purificado. Pero dejaron de tener sirvientes y no sabían hacer otra cosa que acumular riquezas. Murieron también. Habíamos logrado viajar a la velocidad de la luz y la teletransportación dentro de unas determinadas coordenadas, pero no a extraer oxígeno de la nada, ni a ser respetuosos con el medio, tampoco con nuestros semejantes. Nuestra tecnología estaba mucho más desarrollada que la que hoy existe en la Tierra, sin embargo se nos había olvidado que no se puede vivir matando, destruyendo, maltratando o eligiendo a los peores, más desaprensivos y crueles para llevar las cosas de todos. Hacía décadas que en las escuelas y universidades no se impartía filosofía, literatura, historia, geografía, arte, ética, mientras que todo el presupuesto educativo se dedicaba a márquetin, liderazgo, competitividad y digitalización.

Poco antes del desastre final, cuando ya sabíamos que el tiempo se acababa. Un grupo de ciudadanos decidimos refugiarnos en un enorme hangar situado en las proximidades de la montaña más alta. Conseguimos oxígeno, agua y víveres para un par de meses, el tiempo justo para construir una nave que nos llevase a otra parte del Universo. La velocidad de la luz puede parecer algo maravilloso para quienes no conocen las dimensiones interestelares, pero les puedo asegurar que es algo sumamente desagradable. Además de los desarreglos genéticos que produce, se pierde la noción del tiempo y necesitas varios meses para recuperar algo parecido a la normalidad. Había que ser muy cuidadoso, conocíamos la tecnología pero no sabíamos como compaginarla con nuestro tiempo limitado de existencia, con nuestra caducidad. Pese a todo, la utilizábamos para viajar por nuestro entorno, no mucho más allá de la Vía Láctea. 

Hacía más de un siglo que observábamos La Tierra. Al principio sin demasiado interés, un planeta atrasado donde los hombres todavía creían en dioses y demonios, poco interesante. Sin embargo, todo cambió cuando un día de agosto de 1945 supimos que habían arrojado bombas atómicas en dos ciudades. Todavía no habíamos encarado la recta final, pero hacía mucho que no gastábamos esa energía que nunca se había utilizado para matar. A partir de ahí, comenzamos a vigilar, atentos a cualquier movimiento que en ese sentido pudiese haber. Los tratados para controlar el uso de las bombas atómicas nos tranquilizaron, aunque ya para nosotros era demasiado tarde, quizá para ustedes también, pues habían empezado a caminar por el camino que lleva a las tinieblas. 

El primer planeta que visitamos tras la destrucción del nuestro fue La Tierra. No confiábamos demasiado en un lugar que había hecho de la guerra, la injusticia y la explotación una forma de vida y de dominio. Su tecnología arcaica y obsoleta no representaba ninguna amenaza para nosotros que ya lo habíamos perdido todo, sino para sus propios habitantes. Sabíamos del calentamiento creciente, de la destrucción de bosques y selvas, de la disminución drástica de la biodiversidad, del avance de la miseria, pero lo que más nos sorprendió después de nuestra terrible experiencia, fue confirmar que los terrícolas habían confiado su futuro y el de la especie a Donald Trump, Viktor Orbán, Boris Johnson, Vladimir Putin, Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, personas sin la más mínima formación, carentes de empatía, propensos como Hitler a aplicar las teorías de Darwin a los seres humanos, impasibles ante el sufrimiento de los hombres y de la naturaleza y capaces de afirmaciones tan brutales como que “si te llaman fascista es porque estás en el lado bueno de la historia”. Y claro, nosotros sabíamos qué había hecho el fascismo en el mundo, que había provocado una guerra de invasión y exterminio que costó la vida a más de ochenta millones de personas, de las cuales veintitrés millones eran soviéticos, es decir de un país comunista, y que fueron éstos quienes con su sacrificio inmenso lograron detener el avance del nazismo en todo el mundo.

No tardamos en abandonar la órbita terrestre por inadecuada. Sin embargo, no dejamos de preguntarnos qué había pasado en un país como España, que había sufrido una de las dictaduras más criminales del siglo XX, para que muchos de sus habitantes hubiesen depositado sus esperanzas en quienes defendían la herencia de un régimen abyecto, corrupto y desaprensivo y habían demostrado durante años de gobierno en Madrid y otros comunidades su capacidad infinita para corromperse y corromper, mentir y embaucar, aprovecharse de lo público en beneficio propio, desatender las necesidades perentorias de los más vulnerables y atender sin demora los caprichos y ambiciones de aprovechados, ventajistas, granujas y caraduras. Algo no cuadraba, pero nosotros ya habíamos pasado por eso y vagábamos por el espacio sin destino ni hora de llegada. 

De vez en cuando, en mi cama, leyendo los poemas de un terrícola extremadamente evolucionado, culto y bueno, pensaba que no todo estaba perdido en ese lugar minúsculo del Universo, que todavía queda tiempo para reaccionar: “Haced política -decía el poeta-, porque si no la hacéis alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”.

Crónicas desde Marte