martes. 23.07.2024
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En el huerto de la casa de Soledades había un ciruelo que llevaba allí toda la vida. Mi memoria de niño preemigrante a Catalunya -menos de 6 años- registra aún aquellas ciruelas amarillas, grandes como puños y dulces como la miel, según las describían mis padres. Estaban en su esplendor en la plenitud del verano, que en Soledades era muy llevadero e imponía la rebequita en cuanto declinaba el sol y la colcha como mínimo sobre las sábanas para dormir. Indefectiblemente, “coño, que estoy pillando frío …”, era el comentario de los mayores tras quince o veinte minutos de cháchara en la placeta del huerto, tras la cena, y bajo un cielo abarrotado de puntos brillantes, muchos de ellos en movimiento.

Años después, supe que a aquellas ciruelas les llamaban “claudias”, y que el ciruelo de edad inmemorial podía dar 400 o 500 kilos cada año. Producción que era para el consumo propio y para el trueque con la gente amiga de Soledades. Me explico. Era normal que nada más levantarse uno agarrara un par de ciruelas, las restregara suavemente contra la chaqueta o el pantalón del pijama y se las comiera. En ayunas, claro. Nunca oí yo comentario alguno en aquella época sobre desajustes en el tránsito intestinal; más bien al contrario. Después de unas horas en la nevera, ya fresquitas, las claudias eran el postre por excelencia en almuerzos y cenas en la casa. Y el trueque era que cada mañana o cayendo la tarde, mi madre encontraba a la puerta de entrada a la casa por el huerto unos kilos de buenas patatas, un buen puñado de huevos frescos o un conejo ya desollado. Eran de gente próxima que se había llevado un cubo de ciruelas. Fruta no hacía falta que dejara nadie pues en el huerto, además del ciruelo, y que yo recuerde, había manzanos -pereros les llaman allí-, perales, algún melocotonero, cerezo e higuera e, incluso, dos caquis que aún dan guerra y pueden destruir una camisa tendida si le cae encima alguno de esos frutos colorados y pringosos.

Y así de plácido transcurría el verano en Bacares (lo de Soledades se lo puse yo años después y por razones que ya expliqué un montón de veces). Un verano que para mí era más corto cuanto más grande me hacía y la militancia y la otra familia más me requerían. Pero nunca, nunca, falté a la cita, entre finales de Julio y principios de Agosto, con mis padres, con el ciruelo, con el Layón, con aquel aire que se respiraba mal dada su extremada pureza, con la música, con la gente celebre de Bacares -deliberadamente sin acento que es como lo pronunciaba mi padre-.

Mi padre se fue un uno de Junio del 92, en plena orgía de fastos de aquella España de los milagros: Olimpiadas, Expo de Sevilla, capitalidad cultural europea de Madrid, etc. Unos días después, desde el mismo hospital, la misma planta y la habitación contigua, se iba de este mundo El Camarón de La Isla, por una dolencia similar y distinta a la vez a la de mi padre.

Mi madre no podía barajar todo lo que quedó en Bacares: El Pilarillo, la Era Alta, el Llano, la casa, el huerto, el tractor de la discordia … Con aquella inteligencia y sentido común que la definieron siempre, concentró recursos y esfuerzos en la casa, el huerto y el Llano que tenía una producción de almendra aún notable … Mi madre se fue 14 años después a causa de un maldito accidente doméstico que la dejó paralizada por completo, salvo su mente que quedó intacta para agrandar más, si cabía, su sufrimiento.

Creo, y esto no es un recurso literario, que el ciruelo más que centenario empezó su lenta agonía tras la partida de mis padres

Creo, y esto no es un recurso literario, que el ciruelo más que centenario empezó su lenta agonía tras la partida de mis padres. Cada año yo notaba, y conmigo quienes íbamos a Bacares y lo disfrutábamos pese a las ausencias, que partes del ciruelo, de su tronco y sus ramajes enormes, iban muriendo a tramos, que las ciruelas eran muy chicas, muy escasas y poco o nada comestibles. Cuando íbamos en primavera nos aferrábamos a las pocas hojas verdes que le brotaban y evocábamos a Machado y a su viejo olmo del Duero simétrico en su extinción al viejo ciruelo del huerto de Bacares. “Mi corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera …”. No sabemos si el milagro salvó al viejo olmo de nuestro inmortal poeta, pero afirmo categóricamente que nuestro ciruelo centenario si se benefició de algo que yo, en mi ignorancia, considero que es casi un milagro. Verán:

El ciruelo murió hará unos cuatro o cinco años. Gente amiga troceó sus restos, que alimentaron la lumbre como el olmo machadiano, limpiaron sus raíces y el espacio que ocupó durante décadas en la placeta del huerto quedó vació con una sensación de ausencia agrandada por la falta de sus ramas y sus sombras.

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A quienes entienden de esto -los Juanes, José, Consuelo- les hice notar si aquel vacío, aquella ausencia clamorosa, era irreparable. Con la mayor naturalidad me contestaron que no, que a ciruelo muerto ciruelo puesto. Pero cómo, preguntaba yo. Pues muy sencillo, se planta otro. Yo pensaba, sin ocultar mi escepticismo, que no era tan fácil y que si alguna vez daba alguna ciruela yo llevaría mucho tiempo criando malvas. De escéptico pasé a negacionista cuando me explicaron en qué consistía la operación: Plantamos un almendrillo, un esqueje, y luego lo injertamos y sale un ciruelo … Les juro que pensé esta gente me toma el pelo para que no sea más cargante con el jodido ciruelo.

Y así procedieron. Había que ver el almendrillo que algún día sería ciruelo; un tronquillo y cuatro ramillas escuálidas que era impensable que aguantaran la embestida del invierno.

Yo he ido bastantes veces a Bacares en estos tres años. La verdad, siempre veía aquello muy precario, aunque quienes entienden me decían que la cosa marchaba, que confiara. Pues bueno, total ni las voy a ver ni me las voy a comer antes de abandonar este mundo… La última vez que estuve allí fue de mediados de Marzo a mediados de Abril. El híbrido almendrero-ciruelero no retrocedía, pero tampoco daba señales de ponerse a producir antes de que acabara la década.

Y hace unos días, entrado Julio, me llamó Consuelo y me cuenta que el ciruelo tiene unas treinta ciruelas, que ella ya se comió cinco, hombre de poca fe…  Le digo que parece mentira, que si las ciruelas son como las claudias de antes, que si son grandes y dulces. Me contesta que sí a todo y trasluce una mezcla de sorpresa e ilusión. Mándame fotos y algún vídeo del ciruelo y sus ciruelas y así no especulamos, le digo. Ahí las tienen. Fotos y video del ciruelo y las ciruelas del milagro.

En cuanto vuelva a Bacares, en Agosto, me va a coger el ciruelo por banda y va a invertir el sentido del poema machadiano. “Yo estoy cargado de juventud y vida -y ciruelas- y usted es un anciano al que no le nacen apenas brotes verdes en la primavera ni hay milagro que esperar que valga …”

Tomo nota, para no ser tan tonto y ser más respetuoso con la Madre Naturaleza.

El ciruelo machadiano